Donald Trump decidió volver a un clásico de la política exterior estadounidense: Cuba como amenaza. Esta vez no con discursos abstractos, sino con una orden ejecutiva que declara una “emergencia nacional” y habilita aranceles contra los países que vendan petróleo a la isla. El mensaje es simple, aunque brutal: asfixia energética como herramienta de disciplinamiento geopolítico.
La orden, difundida por la Casa Blanca, sostiene que “las políticas, prácticas y acciones del Gobierno de Cuba están diseñadas para perjudicar a Estados Unidos” y que la situación de la isla representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior estadounidense. Bajo esa premisa, Trump afirma: “Declaro una emergencia nacional con respecto a esa amenaza”.
La sátira se escribe sola: una isla bloqueada desde hace más de seis décadas, sin capacidad militar ofensiva real, es presentada como peligro extraordinario para la mayor potencia del planeta. No es paranoia: es retórica funcional.
El golpe apunta donde más duele. Con Venezuela fuera de juego tras la intervención estadounidense en Caracas y la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, Cuba enfrenta un escenario crítico. Según estimaciones del Financial Times, la isla dispone de petróleo para apenas 15 a 20 días. La emergencia no es cubana: es inducida.
Trump no ocultó el objetivo político. Desde la Casa Blanca afirmó que “Cuba no podrá sobrevivir” y que se trata de “una nación al borde del colapso”. El colapso, en este caso, no es un riesgo a evitar sino un resultado buscado.
La orden ejecutiva no se limita a Cuba: exporta el castigo. Establece un sistema de aranceles para cualquier país que provea “directa o indirectamente” petróleo a La Habana. El blanco inmediato es México, hoy el principal proveedor de crudo de la isla.

La presidenta Claudia Sheinbaum sostuvo que los envíos mexicanos responden a ayuda humanitaria y a contratos de Pemex, la petrolera estatal. Según datos oficiales, en los primeros nueve meses de 2025 México exportó 17.200 barriles diarios, un 3,3% de sus exportaciones totales. Sin embargo, Pemex suspendió los envíos a mediados de enero, pocos días después de la incursión estadounidense en Caracas. La amenaza funciona incluso antes de aplicarse: eso también es poder.
Sheinbaum aseguró que la ayuda humanitaria continuará y negó que el tema haya sido parte de una conversación reciente con Trump. En la práctica, el mensaje de Washington ya surtió efecto: el cerco se estrecha sin necesidad de disparar un solo arancel.
Otros proveedores tampoco aparecen en escena. Rusia envió su último buque en octubre y Argelia no despacha crudo desde febrero del año pasado. El bloqueo, viejo conocido, entra en una fase quirúrgica: menos épica, más eficiente.
Desde el Departamento de Estado, el secretario Marco Rubio ensayó una aclaración ante el Senado que roza el cinismo diplomático. Washington, dijo, no busca un cambio de régimen en Cuba. Luego agregó: “Nos gustaría, pero eso no significa que vayamos a provocarlo, aunque nos encantaría verlo”. La frase condensa la doctrina: no empujamos, pero celebramos si cae.
El endurecimiento del bloqueo no responde a una amenaza concreta, sino a una lógica de castigo ejemplificador. Se gobierna por sanción, se ordena por hambre y se legitima todo bajo la etiqueta flexible de “seguridad nacional”. La emergencia no describe la realidad: la fabrica.
En clave satírica —pero no tanto—, el guion es conocido: cuando los problemas internos aprietan, Cuba vuelve a escena. Funciona como enemigo histórico, como reliquia útil, como recordatorio de que el poder estadounidense aún puede cerrar válvulas ajenas.
El resultado es menos ideológico que práctico: asfixia económica, presión regional y advertencia a terceros. No es diplomacia. Es administración del daño.
Infonegro: Verdad sin concesiones.






