Érika Hilton, la mujer negra que hizo historia con 1,6 millones de votos

Negra, trans y expulsada de su casa durante la adolescencia, sobrevivió durante años en las calles antes de retomar sus estudios y entrar en política. El 4 de octubre obtuvo 1.596.472 votos y se convirtió en la mujer más votada de la historia de Brasil para la Cámara de Diputados. Detrás del récord aparece otra historia: la de una mujer negra que llegó a espacios de poder donde las brasileñas afrodescendientes continúan estando subrepresentadas.

Érika Hilton hizo historia en las elecciones brasileñas del domingo 4 de octubre de 2026. La diputada del Partido Socialismo y Libertad, PSOL, fue reelegida por São Paulo y se convirtió en la mujer con mayor votación de la historia de Brasil en una elección para la Cámara de Diputados. En el estado fue, además, la segunda candidatura a diputado federal más votada en términos absolutos: solamente quedó detrás de Lucas Pavanato, del Partido Liberal, que consiguió 3.038.438 votos.

El número alcanza para construir un titular. Su historia, en cambio, obliga a mirar bastante más lejos: hacia una sociedad en la que las mujeres negras constituyen una parte enorme de la población y, sin embargo, continúan encontrando barreras mucho más altas para llegar a los espacios donde se toman las decisiones.

Hilton tiene 33 años. Nació el 9 de diciembre de 1992 en Franco da Rocha, en el estado de São Paulo. Es negra, trans, pedagoga y diputada federal. En 2022 había llegado a la Cámara con 256.903 votos. Cuatro años después multiplicó aquella votación por más de seis.

Pero mucho antes del Congreso hubo calle.

Durante su adolescencia, después de conflictos familiares relacionados con su identidad de género, Hilton quedó fuera de su casa. Ella misma ha relatado públicamente los años posteriores: vivió en situación de calle y recurrió al trabajo sexual para sobrevivir.

No es un detalle destinado a dramatizar una biografía. Es parte de una estructura social brasileña en la que raza, género, pobreza y oportunidades continúan profundamente entrelazados.

Hilton consiguió posteriormente reconstruir el vínculo con su madre, regresó a los estudios y terminó la educación secundaria. Más tarde ingresó a la Universidade Federal de São Carlos. La ficha oficial de la Cámara de Diputados registra su profesión como pedagoga.

Su entrada a la militancia política tampoco comenzó buscando un cargo. Comenzó reclamando algo mucho más elemental: su nombre.

Cuando intentó obtener una tarjeta de transporte estudiantil con su nombre social, encontró obstáculos burocráticos. La disputa terminó acercándola al activismo y posteriormente al PSOL. Aquella pelea administrativa por el derecho a ser reconocida como ella misma terminó siendo uno de los primeros pasos de una carrera que años después llegaría al Congreso Nacional.

En 2018 participó de Bancada Ativista, una experiencia de mandato colectivo que obtuvo representación en la Asamblea Legislativa de São Paulo. Dos años después se presentó a concejala de la capital paulista y recibió 50.508 votos. Fue la candidatura más votada para la Cámara Municipal de São Paulo.

En 2022 dio el salto al Congreso federal.

Obtuvo 256.903 votos y pasó a formar parte de una Cámara donde mujeres, personas negras y sectores populares continúan sin ocupar espacios equivalentes a su peso dentro de la sociedad brasileña.

Cuatro años después volvió a las urnas y multiplicó por más de seis aquel respaldo.

El resultado adquiere otra dimensión cuando se observa desde la cuestión racial. Brasil tiene una población mayoritariamente negra —categoría que en las estadísticas oficiales brasileñas reúne a quienes se identifican como pretos y pardos—, pero esa mayoría demográfica nunca se trasladó proporcionalmente hacia las estructuras del poder político, económico y empresarial.

Las mujeres negras cargan particularmente con esa desigualdad. Están sobrerrepresentadas en empleos peor remunerados y trabajos de cuidados y subrepresentadas en los lugares donde se toman decisiones. El Congreso no escapa a esa estructura.

Por eso el récord de Hilton no puede entenderse únicamente como un acontecimiento de representación LGBTQIA+. También pertenece a la historia mucho más extensa de las mujeres negras brasileñas intentando atravesar estructuras sociales construidas durante siglos sobre las consecuencias de la esclavitud, el racismo y la desigualdad.

Su trabajo parlamentario también permite escapar de la reducción de su figura a una única agenda.

Hilton participa activamente de la discusión para terminar con la denominada escala laboral 6×1, el régimen bajo el cual millones de brasileños trabajan seis días y descansan solamente uno. La propuesta para reducir la jornada convirtió el tema en uno de los grandes debates laborales de Brasil y reunió a trabajadores, sindicatos, movimientos sociales, especialistas, empresarios y representantes gubernamentales.

La discusión toca particularmente a quienes viven de empleos de baja remuneración, comercio y servicios, sectores donde las desigualdades de raza, género y clase aparecen con especial fuerza.

Hilton también destinó recursos parlamentarios a asistencia hospitalaria, universidades públicas, promoción de la igualdad racial, derechos humanos y acceso a la Justicia. Su actividad legislativa incluye además políticas contra la violencia hacia las mujeres y mecanismos para producir información pública sobre discriminación y violencia.

Desde el 11 de marzo de 2026 preside la Comisión de Defensa de los Derechos de la Mujer de la Cámara de Diputados. Su elección, sin embargo, mostró hasta qué punto su presencia en ese espacio genera resistencia política.

En una primera votación recibió 10 votos y no alcanzó la mayoría absoluta necesaria. Fue necesario realizar un segundo escrutinio. Allí obtuvo 11 votos favorables frente a 10 votos en blanco y quedó proclamada presidenta de la comisión.

Al asumir dejó también una definición que permite entender qué mujeres pretendía representar. Hilton incluyó expresamente entre las prioridades de la comisión a las madres solas, las trabajadoras, las mujeres negras y las indígenas.

La mención importa porque permite mirar su actividad política más allá de una única identidad. La defensa de los derechos LGBTQIA+ constituye una parte central de su trayectoria, pero su discurso político también cruza raza, clase, trabajo, violencia y desigualdad.

Su llegada a la presidencia de la comisión tampoco terminó con la disputa.

Diputadas conservadoras presentaron formalmente una moción de repudio contra su designación. La controversia alrededor de Hilton muestra una de las paradojas de su trayectoria: mientras una parte de la política brasileña cuestiona su legitimidad para representar institucionalmente a las mujeres, las urnas acaban de convertirla en la mujer con mayor cantidad de votos de la historia para integrar la Cámara.

La violencia tampoco quedó encerrada en el Congreso.

Durante la propia jornada electoral del 4 de octubre, Hilton recibió por correo electrónico una amenaza de muerte que incluía datos personales y expresiones discriminatorias. El episodio obligó a reforzar su seguridad y modificó el horario en que fue a votar. La diputada presentó una denuncia policial.

Horas después llegaron los votos.

No fueron mil.

No fueron cien mil.

Fueron suficientes para romper un récord que ninguna mujer había alcanzado antes en una elección para la Cámara de Diputados brasileña. Hilton se convirtió, además, en apenas la segunda mujer que supera el millón de votos para diputada federal en la historia electoral del país, después de Joice Hasselmann en 2018.

Después de la elección volvió a producirse otro episodio. Maria Eduarda Campopiano Monteiro, concejala de Praia Grande por el PL y electa diputada estadual de São Paulo el mismo 4 de octubre, publicó expresiones sobre Hilton que derivaron en una presentación ante el Ministerio Público paulista.

Sofia Favero, psicóloga, escritora y activista del PSOL, también electa diputada estadual de São Paulo en estas elecciones, pidió al Ministerio Público investigar las expresiones de Campopiano por posible transfobia y violencia política de género. Corresponderá a las autoridades determinar jurídicamente el caso.

El resultado electoral, mientras tanto, ya está escrito.

Hilton obtuvo su récord dentro de un Brasil donde las disputas alrededor de raza, desigualdad, derechos laborales, género y representación política atraviesan prácticamente todos los espacios institucionales.

Y su recorrido obliga a evitar una lectura cómoda.

No llegó al Congreso porque Brasil haya dejado atrás el racismo. Tampoco su resultado demuestra que las mujeres negras hayan alcanzado igualdad política. Precisamente porque esas desigualdades continúan existiendo, su recorrido resulta significativo.

Brasil fue el último país de América en abolir formalmente la esclavitud, en 1888. Las consecuencias de más de tres siglos de explotación de población africana y afrodescendiente no desaparecieron con una firma. Permanecieron en la distribución de la riqueza, la propiedad, la educación, el mercado laboral, la violencia y el acceso al poder.

Las mujeres negras quedaron muchas veces en la base de esa estructura.

Trabajadoras domésticas, cuidadoras, vendedoras, madres sosteniendo hogares, trabajadoras informales y mujeres que durante generaciones realizaron trabajos indispensables para una sociedad que pocas veces les permitió ocupar las mesas donde esa misma sociedad decidía su futuro.

Por eso la historia de Érika Hilton no necesita convertirse en un cuento de superación individual.

Sería incluso injusto contarla así.

Porque el problema nunca fue que millones de mujeres negras necesitaran esforzarse más para alcanzar el poder. Muchas llevan generaciones haciéndolo. El problema ha sido la cantidad de puertas que encontraron cerradas antes de llegar.

Hilton consiguió atravesar algunas.

De la expulsión familiar a la calle. De la calle nuevamente a la escuela. De reclamar su nombre en una tarjeta de transporte a reclamar derechos desde una banca. De un mandato colectivo a la Cámara Municipal. De São Paulo al Congreso Nacional.

Érika Hilton es una mujer trans y esa identidad forma parte de su vida, de las violencias que sufrió y de las causas que representa. Pero también es una mujer negra nacida en un país cuya historia todavía se escribe sobre profundas desigualdades raciales.

Reducirla exclusivamente a cualquiera de esas dimensiones sería contar solamente una parte.

El 4 de octubre, una mujer que alguna vez tuvo que pelear para que una institución reconociera su propio nombre consiguió que casi 1,6 millones de personas escribieran ese mismo nombre en una urna.

Érika Hilton.

Y esta vez Brasil tuvo que contarlos.

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    Melina Orquidea

    Melina Orquídea, antes firmaba sus artículos periodísticos como Melina Schweizer, soy periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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