Las principales consultoras calculan que el IPC de septiembre se ubicará entre 1,8% y 2,1%, por encima del 1,7% de agosto. El dato más sensible vuelve a estar en la comida: alimentos y bebidas aumentaron por encima del promedio en varias mediciones privadas, mientras el consumo del rubro continúa cayendo.
La inflación argentina podría haber encontrado un nuevo obstáculo para seguir perforando el 2% mensual. Después del 1,7% registrado oficialmente en agosto, las estimaciones privadas para septiembre se concentran entre 1,8% y 2,1%, con una coincidencia importante: los alimentos volvieron a ejercer presión sobre el índice general.
EconViews estimó una inflación mensual de 1,8%; C&T Asesores e Invecq calcularon 1,9%; Analytica, Eco Go, Equilibra y la Fundación Libertad y Progreso la ubicaron en 2%, mientras que Orlando J. Ferreres & Asociados llevó su estimación al 2,1% para el Gran Buenos Aires. Las mediciones no son directamente equivalentes al IPC nacional porque utilizan metodologías y coberturas geográficas diferentes, pero el conjunto anticipa que septiembre difícilmente haya profundizado la desaceleración observada el mes anterior.
El dato definitivo llegará el martes 13 de octubre, cuando el INDEC publique el Índice de Precios al Consumidor. Hasta entonces, la discusión económica no pasa solamente por unas décimas más o menos: el interrogante es si la inflación está convergiendo hacia niveles inferiores al 2% o si comenzó a encontrar un piso difícil de perforar.
La comida vuelve a correr por encima del promedio
El relevamiento de Ferreres ofrece una de las señales más claras. Su IPC-OJF registró una variación del 2,1% en septiembre, con una inflación interanual del 30,8% y un acumulado del 22,6% durante los primeros nueve meses de 2026. Dentro de ese índice, Alimentos y bebidas aumentó 2,3% y aportó 0,8 punto porcentual a la inflación mensual.
Esto significa que casi cuatro de cada diez décimas del aumento general calculado por esa consultora provinieron del rubro alimenticio. Y el impacto distributivo es todavía mayor: los hogares de menores ingresos destinan proporcionalmente una parte más grande de su presupuesto a comida, por lo que una inflación alimentaria superior al promedio golpea con mayor intensidad a quienes tienen menos margen para sustituir gastos.
Los relevamientos semanales también mostraron fuertes oscilaciones. LCG detectó una baja de 0,7% en alimentos y bebidas durante la primera semana de septiembre, seguida por un salto del 3% en la segunda, aumentos de 0,6% y 1,7% en la tercera y cuarta semana, respectivamente, y otro 0,8% en la quinta. Hacia el cierre del relevamiento, el promedio de las últimas cuatro semanas acumulaba una variación del 4,2%.
Entre los productos que más presionaron aparecieron verduras, panificados, cereales, pastas, carnes, comidas preparadas, azúcar, miel, dulces y cacao. La composición importa porque se trata, en buena medida, de productos difíciles de eliminar completamente de la canasta familiar.
La paradoja: sube la comida mientras se compra menos
La presión de los precios ocurre además en un contexto particularmente significativo: las ventas de alimentos están cayendo.
El Índice de Ventas Minoristas de CAME mostró que Alimentos y bebidas retrocedió 3,1% interanual en septiembre, 3% durante los primeros nueve meses de 2026 y 1,7% respecto de agosto. Las familias concentraron las compras en productos indispensables, segundas marcas y presentaciones fraccionadas. Texto pegado
Es una combinación que describe mejor el problema económico que el IPC por sí solo: los precios pueden continuar aumentando incluso cuando la demanda de los hogares se debilita. La caída del consumo no necesariamente provoca una reducción general de precios porque sobre ellos también actúan costos, tarifas, combustibles, tipo de cambio, impuestos, márgenes comerciales y factores estacionales.
El comportamiento de los consumidores revela hasta dónde llegó la adaptación. En carnicerías se profundizó la sustitución de cortes vacunos por pollo, mientras crecieron las compras pequeñas y las presentaciones fraccionadas. En productos perecederos, los comerciantes debieron ajustar diariamente el stock para evitar pérdidas por mercadería que no se vende.
Por eso, una inflación de alrededor del 2% mensual y una caída simultánea de las cantidades vendidas no son datos contradictorios. La familia paga más por determinados productos mientras reduce cantidades, cambia marcas o directamente elimina otros consumos para que el presupuesto cierre.
El 1,7% de agosto tenía un componente que difícilmente podía repetirse todos los meses
El punto de comparación también requiere atención. El 1,7% de agosto había sido el registro mensual más bajo en catorce meses, pero no todos los componentes del IPC habían acompañado esa desaceleración con la misma intensidad.
Una parte de aquel resultado estuvo vinculada al comportamiento favorable de precios estacionales. Por eso, si ese componente dejó de aportar una reducción similar durante septiembre y simultáneamente aumentaron alimentos, combustibles e indumentaria, el índice general podía regresar naturalmente hacia la zona del 2%.
La cuestión más relevante será entonces qué ocurrió con la inflación núcleo, que excluye regulados y estacionales y permite observar con mayor claridad la persistencia de los aumentos. Ferreres anticipó una recuperación de ese componente. Si el dato oficial mostrara una dinámica semejante, el problema no sería únicamente un rebote provocado por verduras o productos de temporada, sino una mayor resistencia de la inflación subyacente.
El desafío para Milei: bajar del 2% sin profundizar el enfriamiento
La administración de Javier Milei convirtió la desaceleración inflacionaria en el principal indicador de éxito de su programa económico. Sin embargo, el nuevo escenario plantea una dificultad: seguir bajando la inflación mientras la actividad y el consumo muestran señales de debilidad.
El comercio minorista pyme creció apenas 0,3% interanual en septiembre, pero cayó 1,2% respecto de agosto y acumula una contracción del 2,1% en los primeros nueve meses. Además, el 55,7% de los comerciantes consultados considera que no es un momento apropiado para invertir.
La debilidad tampoco se limita al comercio pyme. Los últimos datos disponibles de supermercados mostraban una caída real interanual del 2,1% en julio y un retroceso acumulado del 2,7% durante los primeros siete meses del año.
Eso coloca al Gobierno frente a una tensión económica concreta. Mantener políticas fuertemente contractivas puede ayudar a contener la demanda y los precios, pero también puede profundizar el deterioro del consumo y de la actividad. Aflojarlas demasiado rápido, en cambio, puede aumentar la presión cambiaria y nominal antes de que la inflación haya quedado definitivamente estabilizada en niveles bajos.
El verdadero problema no son dos décimas
Si septiembre finalmente registra 1,9%, 2% o 2,1%, la diferencia estadística frente al 1,7% de agosto será pequeña. La cuestión económica de fondo es otra: si la inflación encontró un piso alrededor del 2% mensual mientras el consumo continúa debilitado.
Un 2% mensual sostenido tampoco es una inflación insignificante. Si esa velocidad permaneciera constante durante doce meses —un ejercicio matemático, no una proyección— equivaldría aproximadamente a 26,8% anual acumulado. Con 2,1% mensual constante, la tasa anualizada rondaría el 28,3%.
Y septiembre agrega una señal social especialmente incómoda: los alimentos pueden haber aumentado por encima del índice general precisamente mientras las familias compraron menos alimentos.
Esa es la contradicción que el dato oficial del 13 de octubre deberá ayudar a resolver. El Gobierno consiguió reducir drásticamente la velocidad de aumento de los precios respecto de los niveles heredados, pero la siguiente etapa es más difícil: llevar la inflación todavía más abajo sin que el mecanismo para conseguirlo sea que los hogares dejen de consumir.
Porque cuando la comida sube 2,3% mientras sus ventas caen 3,1%, la estabilidad de precios todavía está lejos de convertirse en recuperación del poder de compra.


























