El mundo se está repartiendo en tres zonas de influencia. América Latina quedó del lado estadounidense. Pero el mecanismo de dominación ya no es solo la marina de guerra: es una red digital que conecta Miami, Tel Aviv y Buenos Aires, y que convierte elecciones en operaciones de inteligencia. Israel no es un espectador. Es un proveedor clave.
El mundo se divide
La cumbre de Putin y Trump en Anchorage, en agosto de 2025, fue el punto de partida visible. El alto el fuego en Gaza, en octubre del mismo año, fue el segundo. La incursión militar estadounidense en Caracas el 3 de enero de 2026, que terminó con Nicolás Maduro y su esposa en una cárcel de Brooklyn en menos de veinticuatro horas, fue el tercero. Tres hechos, un mismo mensaje: las grandes potencias están negociando el mundo sin pedir permiso.
El analista ruso Andrei Martyanov publicó un mapa que circula en círculos estratégicos: el planeta dividido en tres bloques. América para Estados Unidos. Eurasia para Rusia. Asia-Pacífico para China. Ningún gobierno lo ha reconocido oficialmente. Pero las acciones lo van validando.
El columnista César Taj lo describió con precisión: no hay un acuerdo formal de reparto, pero sí una lógica implícita de esferas de influencia que opera «sin las restricciones de las reglas construidas después de 1945». Las potencias están haciendo lo que hacían en el siglo XIX, pero sin los tratados que entonces ponían límites.
Para Washington, América Latina no es una región entre otras. Es territorio propio. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2025 lo dice sin ambigüedad: «Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe y reconstruirá su posición dominante en el hemisferio occidental». Trump le puso un nombre más pegadizo: «Donroe» —Donald + Monroe—.
El giro a la derecha no es espontáneo
Entre 2025 y 2026, América Latina viró a la derecha de forma casi sincronizada.
Argentina: Milei ganó las legislativas de octubre de 2025 contra todos los pronósticos. Antes de la votación, su gobierno había asegurado un swap de 40.000 millones de dólares con el Tesoro estadounidense. El mensaje de Washington fue explícito: si Milei perdía, el respaldo financiero se retiraba.
Honduras: Nasry Asfura ganó por un margen mínimo tras una campaña en la que Trump usó su red Truth Social para atacar a la candidata progresista y respaldar al derechista.
Colombia: Abelardo de la Espriella, un abogado sin experiencia de gobierno, derrotó al petrismo en la segunda vuelta de 2026. Trump lo había respaldado «total y completamente» antes de la primera vuelta. Once congresistas demócratas denunciaron «interferencia abierta» en el proceso electoral.
Perú: Keiko Fujimori fue proclamada presidenta electa en julio de 2026. Su cuarto intento. Esta vez lo logró en un contexto de desafección total, con más de 2,3 millones de votantes jóvenes sin memoria del fujimorismo de los noventa. El 30% del electorado decidió su voto en la última semana.
El patrón es claro: no importa la ideología del candidato, importa su disposición a alinearse con Washington. El analista Decio Machado lo llamó «el mínimo indispensable»: Estados Unidos ya no puede controlar el planeta entero, pero puede asegurarse el control del barrio. Y lo está haciendo.
El factor que casi nadie nombra: Israel
Aquí entra el elemento que la mayoría de los análisis omite. La ofensiva estadounidense en América Latina tiene un socio silencioso: Israel.
Desde el estallido de la guerra en Gaza en 2023, Israel quedó aislado en buena parte del mundo. Varios países latinoamericanos rompieron relaciones: Bolivia, Colombia, Chile, Honduras. La Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Netanyahu. El Sur Global, en bloque, condenó la ofensiva israelí.
Pero en 2026, la situación se invirtió.
Colombia: De la Espriella no solo restauró relaciones con Israel. Trasladó la embajada a Jerusalén y se convirtió en el segundo país del mundo, después de Estados Unidos, en reconocer la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.
Bolivia: El gobierno de Rodrigo Paz restableció vínculos diplomáticos, eliminó el requisito de visa para israelíes y entregó la gestión del agua a Mekorot, la empresa estatal israelí.
Venezuela: Tras la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses, el gobierno de transición aceptó restablecer relaciones consulares con Israel.
La académica mexicana Marta Tawil Kuri lo explicó sin rodeos: «Hay una nueva generación de derechas latinoamericanas que utiliza la cercanía con Israel como una forma de demostrar alineamiento con Washington.»
En otras palabras: Israel dejó de ser un tema de política exterior y se convirtió en un mecanismo de certificación. Si un gobierno latinoamericano quiere probar que es «occidental», «moderno» y «aliado», normaliza relaciones con Israel. Es una contraseña.
Los «Acuerdos de Isaac»: el marco
En abril de 2026, Milei y Netanyahu anunciaron la creación de los «Acuerdos de Isaac», presentados como un foro de cooperación entre «naciones judeocristianas».
El texto oficial habla de cultura, comercio y seguridad. El contenido real incluye:
- Compras militares: Perú confirmó la adquisición de sistemas de cohetes israelíes PULS. Otros países negocian drones y sistemas de vigilancia.
- Privatización de agua: Mekorot opera ya en Argentina y Bolivia. La empresa israelí es especialista en desalinización y gestión de recursos hídricos en zonas áridas.
- Alineamiento diplomático: Los países firmantes se comprometen a votar con Israel y Estados Unidos en foros internacionales.
El nombre no es casual. «Isaac» evoca el sacrificio bíblico y la promesa de descendencia. Es una narrativa que apela a un mesianismo político compartido por sectores evangélicos y derechistas en América Latina.
La maquinaria digital: Cerimedo y compañía
El componente más disruptivo de esta ofensiva es el ecosistema digital.
El operador argentino Fernando Cerimedo es el nombre que más suena. Su historial:
- 2022: difundió la mentira del fraude electoral en Brasil para favorecer a Bolsonaro.
- 2023: armó la estrategia digital de Milei.
- 2024: operó para el bloque «Rechazo» en Chile.
- 2026: asesoró a Rodrigo Paz en Bolivia.
Cerimedo tiene sede en Miami, conexiones directas con el secretario de Estado Marco Rubio, y un modus operandi que la académica chilena Soledad Vallejos describió con precisión: «Fabrica una falsa sensación de consenso, y luego la convierte en noticia.»
Funciona así: bots y cuentas coordinadas amplifican un mensaje hasta que los algoritmos de las plataformas lo detectan como «tendencia». Luego los medios tradicionales lo cubren. Luego los políticos responden. Una ficción digital se convierte en realidad política.
Un estudio académico que analizó casi 32.000 publicaciones en Facebook e Instagram durante elecciones en 12 países iberoamericanos encontró algo revelador: el estilo populista es el predictor más fuerte de engagement. No importa si el candidato es de izquierda o derecha. Importa si habla en el idioma de la indignación, la simplificación y el enemigo común. Eso es explotable. Y se explota.
Venezuela: la demostración
El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó una operación militar en Caracas, capturó a Nicolás Maduro y a su esposa, y se los llevó. No fue una invasión en el sentido clásico. Fue algo más quirúrgico: una extracción. En mayo, aviones militares estadounidenses volvieron a sobrevolar Caracas y aterrizar en la embajada. Los vecinos de la capital salieron a las calles a gritar «¡Yanquis, fuera!».
Lo que ocurrió en Venezuela no fue una intervención. Fue una demostración. La demostración de que Estados Unidos puede entrar a cualquier país del continente, llevarse a su presidente y salir sin consecuencias. El mensaje no era para Caracas. Era para Brasilia, Bogotá, Buenos Aires y Ciudad de México. El mensaje era: ustedes son los siguientes.
Cuba: el agotamiento como política de Estado
Cuba no está en crisis por casualidad. Está en crisis porque alguien decidió que así sea.
En mayo de 2026, el ministro de Energía cubano anunció que el país había agotado completamente sus reservas de diésel y fuel oil. La Habana enfrentaba cortes de electricidad de 20 a 22 horas diarias. El gobierno de Trump había firmado en enero una orden ejecutiva amenazando con aranceles a cualquier país que vendiera petróleo a Cuba. México y Venezuela, los proveedores históricos, dejaron de enviar.
El presidente cubano lo llamó «bloqueo energético genocida». Tres expertos de Naciones Unidas hablaron de «hambruna energética». Los hospitales funcionan a medias. Las escuelas, también. La vida cotidiana se ha convertido en una gestión permanente de la escasez.
Mientras tanto, China construye parques solares en la isla a velocidad récord. No por altruismo. Por geopolítica. Cuba se ha convertido en un peón en el tablero entre Washington y Pekín. Y los cubanos, en rehenes de esa partida.
Bolivia: el laboratorio
Bolivia es el caso más reciente y quizás el más ilustrativo. El gobierno de Rodrigo Paz llegó al poder con una campaña diseñada desde Miami. Restableció relaciones con Israel. Entregó el agua a Mekorot. Y celebró elecciones subnacionales en 2026 con debates organizados por el Tribunal Supremo Electoral, prohibición de ataques personales y exhortaciones a evitar la «guerra sucia».
Un esfuerzo loable. Pero el partido ya estaba jugado en el terreno digital, donde las reglas del TSE no llegan. La infraestructura transnacional de influencia político-mediática de derecha, denunciada por el canciller cubano Bruno Rodríguez en agosto de 2026, tiene en Bolivia uno de sus laboratorios más activos.
El mecanismo completo
Todo esto no es una serie de incidentes aislados. Es un sistema.
La International Progressive denunció en Bogotá en enero de 2026 una «escalada de ataques, sanciones e injerencias» de Estados Unidos contra América Latina, que calificó como parte de un «patrón histórico» de presión política, económica y militar. El documento menciona Cuba, Venezuela, Honduras y Argentina. Y advierte: «Estas acciones no son hechos aislados, sino parte de un mismo proyecto de dominación».
El proyecto tiene varias patas:
- Militar: despliegues navales, bombardeos a lanchas en el Caribe, operaciones de extracción como la de Caracas.
- Económica: sanciones, bloqueos, condicionalidad de ayuda, aranceles.
- Digital: redes de operadores como Cerimedo, plataformas en Miami, coordinación de campañas presidenciales.
- Diplomática: el «Escudo de las Américas», que busca bloquear la cooperación Sur-Sur.
- Israelí: la normalización de relaciones con Israel como certificado de alineamiento con Washington.
El objetivo final lo describió Decio Machado sin rodeos: convertir América Latina en una «gigantesca maquila» al servicio de la acumulación estadounidense y de su disputa con China.
Lula tiene razón
Cuando Lula dijo en la ONU que «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», no estaba haciendo retórica de tribuna. Estaba describiendo una realidad: la de un continente que se niega a ser territorio de tránsito entre dos superpotencias.
Pero Lula también sabe que Brasil es la excepción. Brasil tiene tamaño, tiene recursos, tiene un ejército que no es decorativo. Puede darse el lujo de decir «no». Perú no puede. Bolivia no puede. Cuba no puede. Argentina no quiere.
Y ahí está la tragedia. No es que Estados Unidos sea invencible. Es que encuentra socios locales dispuestos a hacer el trabajo. Milei en Buenos Aires. Keiko en Lima. Cerimedo en Miami. Los operadores digitales en cada capital. La cadena de suministro de la sumisión funciona porque hay eslabones dispuestos.
Reflexión final: el patio y sus cuidadores
El mundo se ha dividido en tres, es cierto. Pero la división no es solo geográfica. Es vertical. Arriba, las potencias. Abajo, los patios. Y en el medio, una capa de intermediarios —políticos, consultores, medios, algoritmos, empresas de seguridad israelíes— que se encargan de que la voluntad popular llegue a la urna ya domesticada.
Israel encontró en América Latina un mercado para su tecnología de vigilancia y su narrativa de «civilización contra barbarie». Estados Unidos encontró en Israel un socio que no compite por territorio ni por recursos, sino que provee servicios: inteligencia, software, doctrina de contrainsurgencia, certificación ideológica.
La alianza funciona porque es complementaria. Washington pone el músculo. Tel Aviv pone la inteligencia. Miami pone los servidores. Buenos Aires pone la cara visible. Y los votantes latinoamericanos ponen los votos, convencidos de que eligen libremente.
Lula lo dijo. Milei lo encarna. Cuba lo sufre. Venezuela lo probó. Perú lo acaba de confirmar. Bolivia lo está viviendo.
El patio existe. Y hay quienes cobran por cuidarlo.



























