El presidente Luiz Inácio Lula da Silva lidera la primera vuelta con el 45% de los votos válidos, pero no alcanza el 50% necesario para evitar la segunda vuelta. Su rival, el senador Flávio Bolsonaro, lo sigue con el 40%. La definición se estirará hasta el 25 de octubre, donde todas las encuestas muestran un empate técnico.
Más de 158 millones de brasileños están convocados a las urnas este domingo 4 de octubre para elegir presidente, gobernadores, senadores y diputados federales y estatales. Es la elección más reñida de los últimos años y tiene en vilo a toda Sudamérica.
Un primer round sin ganador
Las encuestas de la recta final, como las de Datafolha y Quaest, coinciden en un punto: Lula gana la primera vuelta, pero no le alcanza para evitar el balotaje. El presidente ronda el 45% de los votos válidos, mientras que Flávio Bolsonaro se ubica en torno al 40%. Los terceros candidatos quedan muy lejos, con menos del 5% cada uno. Para ganar en primera vuelta se necesita más del 50% de los votos válidos, así que la definición queda para el domingo 25 de octubre.
La segunda vuelta: empate técnico
Acá está el corazón de la nota. Todas las encuestas muestran un empate técnico entre los dos candidatos. Datafolha da 48% a Lula y 45% a Flávio, mientras que Quaest los empata en 42%. Analistas de Eurasia Group describen la contienda como «50% y 50%». La diferencia, en cualquier caso, cae dentro del margen de error.
Los factores que definirán la elección
Los indecisos serán clave: entre un 5% y un 17% de los votantes todavía puede cambiar de voto, y ese grupo será el centro de la campaña en las tres semanas que separan la primera vuelta del balotaje.
La abstención también juega un rol decisivo. El voto es obligatorio en Brasil, pero la abstención puede superar el 20%. Los analistas advierten que una abstención alta perjudica más a Lula, porque su electorado se concentra en los sectores de menores ingresos, que históricamente se abstienen más.
El mapa regional completa el panorama. Lula tiene una ventaja enorme en el nordeste, cerca del 65% en estados como Pernambuco, mientras que Flávio lidera en Río de Janeiro y el Distrito Federal. En São Paulo, el mayor colegio electoral del país, están cabeza a cabeza.
Qué ofrece cada candidato
Lula apuesta a la continuidad de su gestión. Sus medidas para controlar las apuestas online y el programa de renegociación de deudas, conocido como Desenrola, buscan captar votos de la clase media baja, sobre todo de las mujeres, y parecen haber dado resultado en las encuestas. En política exterior insiste en el multilateralismo: «Brasil no es el patio trasero de nadie», dijo ante la ONU.
Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, se presenta como el candidato del cambio. Tiene la seguridad pública como eje central y se muestra más dispuesto a acercarse a Estados Unidos. Los observadores recuerdan que su padre ya hizo concesiones importantes a Washington durante su mandato, entre 2019 y 2023, aunque varias de esas promesas nunca se concretaron.
Las injerencias internacionales
La elección brasileña no se juega solo en las urnas. Desde hace meses, el gobierno de Lula denuncia una creciente injerencia de Estados Unidos en la campaña, y las señales se acumulan en varios frentes.
El primero es el de la inteligencia. La Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) elaboró un informe en el que califica como «crítico» el riesgo de interferencia estadounidense. El documento sostiene que la estrategia de Washington apunta a frenar la influencia de China en Brasil y a condicionar el resultado electoral a sus propios intereses estratégicos en la región.
El segundo frente es el financiero. Una investigación periodística reveló que el Departamento de Estado de Estados Unidos planea destinar alrededor de un millón de dólares a un fondo para proyectos de «defensa de la democracia» en Brasil, orientado a organizaciones que cuestionan fallos del Tribunal Supremo. El gobierno brasileño reaccionó de inmediato: la Abogacía General de la Unión pidió a la Policía Federal y a la Fiscalía que investiguen si esos fondos violan la ley, que prohíbe a gobiernos extranjeros financiar actividades políticas internas.
El tercer frente es el diplomático. La designación de Darren Beattie como responsable para asuntos brasileños en el Departamento de Estado de Estados Unidos generó un fuerte rechazo en Brasilia. Beattie tiene antecedentes de vínculos con grupos de ultraderecha y, tras intentar visitar Brasil sin coordinación con el gobierno, se le retiró la visa. Lula fue tajante: «Que no se meta en nuestros asuntos».
A esto se suma el frente comercial. Washington aplicó aranceles adicionales a productos brasileños, y en las negociaciones quedó sobre la mesa una lista de exigencias que, según el canciller Mauro Vieira, incluyen la apertura irrestricta de sectores clave de la economía brasileña a cambio de alivios arancelarios. Para Brasilia, se trata de una presión que excede lo comercial y busca incidir en el clima político de la elección.
El propio Donald Trump alimentó la sospecha al declarar que sigue «muy de cerca» la elección brasileña. Flávio Bolsonaro, por su parte, se reunió con él en la Casa Blanca y su entorno mantiene contactos fluidos con la derecha estadounidense. El oficialismo presentó esas reuniones ante la justicia electoral como indicios de una coordinación que, sostiene, busca favorecer al candidato opositor.
El contexto internacional
La elección tiene una fuerte carga geopolítica. Se la observa como una contienda entre la izquierda de Lula y una derecha alineada con figuras como el expresidente estadounidense Donald Trump. Brasil, quinto país más grande del planeta, es un gigante agrícola rico en recursos naturales, con tierras raras, vastos recursos hídricos y enormes reservas de petróleo. Por eso, lo que pase este domingo y el 25 de octubre no solo define el rumbo de Brasil, sino también el equilibrio de poder en toda Sudamérica.



























