El director de Inteligencia Nacional encabezará la nueva “Fuerza de Superinteligencia”, creada para asegurar el dominio tecnológico de Estados Unidos frente a China. El organismo tendrá 120 días para evaluar riesgos, pero Trump insiste en dejar la seguridad en manos de acuerdos voluntarios con las empresas.
Donald Trump creó la llamada “Fuerza de Superinteligencia”, un grupo federal que coordinará la política de inteligencia artificial de Estados Unidos y reportará directamente al presidente y a su jefa de gabinete, Susie Wiles. La conducción quedó en manos de Jay Clayton, director de Inteligencia Nacional y supervisor de las agencias de espionaje estadounidenses.
El nombramiento revela que la Casa Blanca ya no observa la inteligencia artificial únicamente como una industria tecnológica. La considera una herramienta estratégica vinculada con la seguridad nacional, el poder militar, el control de infraestructura crítica y la competencia global con China.
“La Fuerza de Superinteligencia tiene la tarea de coordinar los esfuerzos del Gobierno federal para garantizar que Estados Unidos siga liderando el mundo”, afirmó Trump a través de Truth Social. Según el mandatario, esta tecnología podría tener un impacto superior al de la Revolución Industrial y al de internet.
Clayton actuará como nuevo “zar de la IA” y tendrá 120 días para presentar un informe sobre los riesgos, las oportunidades y el papel que debe desempeñar el Estado en el control de esta tecnología. Es el segundo funcionario que ocupa ese lugar durante el nuevo mandato de Trump, después del empresario de capital de riesgo David Sacks.
“Superinteligencia”: una operación política antes que científica
Trump ordenó a su administración reemplazar progresivamente la expresión “inteligencia artificial” por “superinteligencia”. El cambio pretende mejorar la percepción pública de una tecnología que acumula cuestionamientos por sus consecuencias laborales, ambientales, militares y sociales.
La denominación es técnicamente engañosa. Dentro de la investigación científica, “superinteligencia” describe habitualmente un sistema hipotético capaz de superar ampliamente las capacidades humanas en prácticamente todas las tareas cognitivas. No existe evidencia pública de que las empresas hayan alcanzado ese nivel.
La Casa Blanca utiliza el término para referirse al conjunto de sistemas actuales de inteligencia artificial, incluidos los modelos generativos y los agentes autónomos. La modificación funciona, por lo tanto, como una estrategia de comunicación: no demuestra que haya aparecido una nueva tecnología, sino que rebautiza la existente.
El cambio ya consiguió adhesiones empresariales. Elon Musk anunció que renombrará la división SpaceXAI como SpaceXSI para adaptarse a la expresión promovida por Trump.
La operación semántica busca asociar el desarrollo tecnológico con superioridad, poder y liderazgo nacional. Al mismo tiempo, desplaza del centro del debate palabras como automatización, vigilancia, desplazamiento laboral, desinformación y consumo energético.
Los servicios de inteligencia toman el mando
La elección de Jay Clayton como jefe del organismo es uno de los aspectos más relevantes del anuncio. Como director de Inteligencia Nacional, Clayton coordina y supervisa a las agencias que integran la comunidad de inteligencia estadounidense.
La Fuerza también contará con Andrew Ferguson, presidente de la Comisión Federal de Comercio; Emil Michael, responsable tecnológico del Pentágono; y Scott Kupor, director de la Oficina de Gestión de Personal.
La composición combina inteligencia, defensa, regulación comercial y administración pública. El grupo deberá relacionarse con compañías tecnológicas, consumidores, organizaciones de interés público, comunidades religiosas y proveedores de infraestructura crítica.
Según la Casa Blanca, la estructura buscará proteger a los estadounidenses y mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, la presencia del Pentágono y las agencias de inteligencia muestra que la prioridad no será solamente civil.
Clayton sostuvo que el riesgo de que Estados Unidos no llegue primero es demasiado alto y que perder la carrera aumentaría las amenazas conocidas y desconocidas procedentes de los adversarios. La referencia apunta principalmente a China, considerada por Washington como su principal competidor tecnológico.
La nueva estructura también incluirá a funcionarios de alto nivel, entre ellos el vicepresidente JD Vance, el secretario de Defensa Pete Hegseth y responsables del Tesoro, además de asesores externos y representantes de la industria.
Una carrera tecnológica con aplicación militar
La creación de la Fuerza de Superinteligencia se produjo pocos días después de que el Pentágono anunciara el Comando de Guerra Autónoma, una estructura dedicada a expandir el uso militar de drones, robots y sistemas de inteligencia artificial.
El nuevo comando militar buscará acelerar la incorporación de armas autónomas y sistemas capaces de seleccionar, perseguir o atacar objetivos con diferentes grados de intervención humana. La experiencia de la guerra entre Rusia y Ucrania mostró el impacto de los drones baratos y de la automatización sobre los conflictos contemporáneos.
El Pentágono pretende combinar armamento tradicional de alto costo con grandes cantidades de equipos autónomos más económicos. El objetivo declarado es aumentar la velocidad de respuesta y sostener la capacidad militar estadounidense frente a China y otras potencias.
Esta convergencia entre inteligencia artificial, espionaje y sistemas de armas constituye uno de los puntos más sensibles del proyecto. Una competencia basada en llegar primero puede reducir las evaluaciones de seguridad y acelerar el despliegue de tecnologías cuyos errores resultan difíciles de revertir.
La automatización militar también plantea preguntas todavía sin respuesta: quién asume la responsabilidad cuando un sistema selecciona un objetivo equivocado, qué nivel de control humano será obligatorio y cómo se impedirán ataques provocados por información falsa, fallas técnicas o manipulación externa.
Un acuerdo de seguridad sin sanciones
Antes del anuncio, Trump reunió en la Casa Blanca a ejecutivos de Google, xAI, Anthropic, Meta, Nvidia y OpenAI. Las empresas firmaron un compromiso voluntario que contempla controles internos, auditorías externas y mecanismos para informar sobre riesgos.
Entre los participantes estuvieron Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai, Dario Amodei, Jensen Huang y Greg Brockman. El acuerdo incluye revisiones de modelos, vigilancia sobre capacidades imprevistas y medidas contra el uso de los sistemas para ejecutar ciberataques.
Trump describió el pacto como “moralmente vinculante”. Sin embargo, no establece sanciones, multas ni consecuencias legales para las compañías que decidan incumplirlo.
La diferencia es decisiva: un acuerdo voluntario depende de que las mismas empresas interesadas en lanzar productos rápidamente reconozcan sus fallas, permitan auditorías suficientes y posterguen desarrollos cuando detecten riesgos.
El Gobierno sostiene que las normas obligatorias pueden frenar la innovación y entregar ventaja a China. Los especialistas en seguridad responden que una competencia sin límites puede empujar a las compañías a reducir controles para no quedar detrás de sus rivales.
Una encuesta reciente indicó que el 75% de los estadounidenses considera que las empresas tecnológicas no están haciendo lo suficiente para evitar los daños de la inteligencia artificial. La creciente preocupación está relacionada con la pérdida de empleos, los fraudes automatizados, los contenidos falsos, la vigilancia y el comportamiento inesperado de los agentes autónomos.
El Gobierno evaluará a una industria que también lo asesora
La Fuerza de Superinteligencia deberá definir el papel del Estado en la regulación de empresas con enorme poder económico y acceso privilegiado al Gobierno. Varias de esas compañías son, al mismo tiempo, contratistas federales, proveedoras del Pentágono y participantes directas en el diseño de las políticas que deberían controlarlas.
Ese cruce genera un conflicto evidente. Las empresas poseen el conocimiento técnico y la infraestructura necesarios para evaluar los modelos, pero también tienen incentivos económicos para minimizar los peligros, evitar regulaciones estrictas y acelerar la llegada de nuevos productos al mercado.
La participación de la Comisión Federal de Comercio podría incorporar una mirada sobre competencia, privacidad y protección de consumidores. Sin embargo, todavía no se conocen las facultades concretas de la nueva fuerza, su presupuesto, sus mecanismos de transparencia ni la forma en que resolverá los conflictos de intereses.
Tampoco está claro si el informe de Clayton derivará en legislación, órdenes ejecutivas o una nueva agencia permanente. La estructura podría disolverse después de entregar sus recomendaciones, ampliar su mandato o trasladar sus funciones a otro organismo federal.
Estados Unidos quiere llegar primero, aunque no sepa adónde
Trump presenta la inteligencia artificial como una carrera que Estados Unidos debe ganar. Esa lógica convierte cualquier regulación en una demora y cualquier advertencia en una posible ayuda para China.
La creación de la fuerza reconoce, sin embargo, una contradicción que el propio Gobierno intentaba minimizar: si la tecnología fuera solamente una herramienta beneficiosa, no necesitaría un organismo dirigido por el jefe de los servicios de inteligencia, con participación del Pentágono y acceso directo al presidente.
Estados Unidos pretende asegurar su dominio tecnológico mientras deja gran parte de los controles en manos de las compañías que compiten por alcanzarlo. El Gobierno tendrá 120 días para estudiar los riesgos de una carrera que ya decidió acelerar.
Trump cambió el nombre de la inteligencia artificial, pero no resolvió sus peligros. La llamó “superinteligencia”, la puso bajo conducción de sus espías y salió a competir por el futuro antes de establecer quién responderá si ese futuro se descontrola.


























