El New York Times puso los ojos sobre la apuesta argentina por una inteligencia artificial con pocas regulaciones y terminó encontrando una historia bastante más criolla: Santiago Oría, estratega digital de Javier Milei, quedó fascinado con Lucía Libertaria, una influencer que no existe. Al menos esta vez nadie puede clavarlo en visto por decisión propia.
Argentina quería exportar al mundo una revolución tecnológica y terminó exportando un señor enamorado de un algoritmo. El New York Times publicó una nota sobre la intención del gobierno de Javier Milei de convertir al país en un territorio amigable para el desarrollo de inteligencia artificial y, en el camino, reparó en Santiago Oría y su entusiasmo por Lucía Libertaria, una militante virtual fabricada con IA.
“Es inteligente, es relinda”, había dicho Oría sobre Lucía. Dos requisitos que la muchacha cumple con una ventaja competitiva importante: no puede levantarse e irse de la cita.
Lucía Libertaria tiene apariencia, publicaciones, militancia y hasta preferencias cuidadosamente construidas. Según el material difundido, cuando bebe en el metaverso elige Campari. No tiene hígado, pero ya tiene mejor estrategia de branding que varios funcionarios.
Oría incluso propuso darle mayor protagonismo: “Hay que traerla”. El pequeño inconveniente logístico es que Lucía no vive lejos: directamente no vive.
La historia alcanzó un nivel de surrealismo que Manu Jove, al cruzarse con el estratega, fue directamente al asunto: “¿Cómo viene el noviazgo con la IA, gordo? ¿Ya concretaron?”.
Pregunta técnicamente compleja. Para consumar semejante romance harían falta actualizaciones que probablemente todavía no figuran en el presupuesto.
La escena tiene algo perfectamente contemporáneo: mientras medio planeta discute si la inteligencia artificial va a quitar empleos, alterar elecciones o reemplazar actividades humanas, acá conseguimos adelantarnos al debate.
Ya estamos viendo si reemplaza a la novia.
Y quizá Lucía sea finalmente la compañera perfecta para la política argentina: nunca contradice delante de las cámaras, puede cambiar de discurso con una actualización y, si algún día pregunta adónde va la relación, se desenchufa el router.

Lucía suele elegir Campari cuando bebe en el metaverso



























