La interna libertaria dejó de ser un murmullo de pasillo. Tras la purga en Olivos, Karina Milei empezó a mostrar autonomía, habilitó negociaciones en el Congreso para frenar parte del ajuste y chocó con Luis Caputo. El Presidente quería motosierra; la hermana miró los votos y descubrió que también hacen falta diputados.
La familia presidencial entró en esa etapa de toda convivencia en la que ya no se discute quién dejó los platos sucios, sino quién manda en la casa.
El cortocircuito habría arrancado con la purga de Olivos. Javier Milei desplazó personal vinculado a Karina sin consultarle y, mientras el Presidente se fue de viaje, su hermana respondió de una manera bastante menos esotérica que de costumbre: reunió al gabinete.
Él echó a los de ella de la Quinta. Ella le ocupó políticamente el living.
Pero el problema serio no pasa por los mozos ni por quién corta el pasto. Detrás de la pelea doméstica aparece una discusión bastante más cara: el ajuste previsto sobre discapacidad y universidades.
Según el análisis de Ignacio Fidanza, para las universidades se habían acordado $11 billones, pero el Presupuesto terminó contemplando $7 billones. Una diferencia de cuatro billones que difícilmente pueda explicarse diciendo que se cayó detrás del sillón.
Con discapacidad apareció además un problema todavía más incómodo para un Gobierno acostumbrado a considerar la negociación parlamentaria una enfermedad de la casta: no estaban los votos.
Karina reunió a Diego Santilli, Patricia Bullrich y los Menem. El diagnóstico del ala política fue sencillo: si insistían con el ajuste tal como estaba planteado, el Congreso podía mandarlos a freír churros. Entonces habilitó la negociación que terminó en un dictamen con los bloques dialoguistas para reponer fondos.
Una conducta revolucionaria dentro del mileísmo: contaron senadores antes de mandar la ley.
Ahí apareció Luis Caputo, que desconoció esa negociación y llevó la discusión hasta Milei. Según el relato publicado, el ministro planteó que él representa la línea verdaderamente libertaria mientras los Menem construyen su propio proyecto político. Del lado de Caputo quedaron Mario Lugones y María Ibarzabal.
El Gobierno que venía a terminar con la casta consiguió finalmente algo mucho más tradicional: una interna con alas, operadores, traiciones y gente contando porotos.
La diferencia de fondo empieza a quedar bastante clara. Milei y Caputo quieren sostener el ajuste. Karina parece haber descubierto que entre querer recortar una partida y conseguir que el Congreso levante la mano existe esa vieja molestia llamada política.
Y justo ahora, además, tiene encima la organización de la visita del Papa. No parece el mejor momento para recibir al pontífice explicándole que el equilibrio fiscal requería ajustar discapacidad porque Toto tenía que cerrar el Excel.
Por eso la hermana presidencial empezó a comportarse como lo que hasta hace poco el Gobierno despreciaba: una política pragmática. Negocia, mide fuerzas, habla con gobernadores, cuenta votos y retrocede cuando sabe que pierde.
Javier, en cambio, conserva la pureza doctrinaria junto a Caputo. Una pureza mucho más fácil de sostener cuando las derrotas parlamentarias las paga otro.
La pelea todavía está abierta. Karina despliega poder propio, los Menem negocian, Caputo resiste, Bullrich juega su partido y Milei queda en medio de una estructura que ya no parece obedecer automáticamente cada vez que prende la motosierra.
Prometieron dinamitar la política.
Al final la política les explotó adentro de la familia.


























