Alejandra Monteoliva festejó su cumpleaños en un quincho de Gendarmería, con más de 100 invitados y la banda de la fuerza tocando para la ministra. En medio de reclamos por los bajos salarios de los uniformados, quedó una pregunta bastante menos alegre que Desde el puente carretero: quién pagó el catering.
Milei se fue a París y Monteoliva interpretó que la patria quedaba en modo cumpleaños. La ministra de Seguridad celebró en una dependencia de Gendarmería y tuvo música en vivo a cargo de la propia fuerza. Una solución extraordinariamente eficiente: cuando usted administra miles de hombres armados, descubre que algunos también saben tocar el violín. Federales para la calle, gendarmes para el cumpleaños y la austeridad cuidando coches afuera.
El video es una pequeña obra maestra de la Argentina contemporánea. Monteoliva aparece entre globos dorados cantando Desde el puente carretero, mientras tres gendarmes vestidos de gala la acompañan con guitarra y violín. Después de años escuchando que el Estado debía limitarse a sus funciones esenciales, finalmente conocemos una de ellas: hacerle segunda voz a la ministra.
A la fiesta también se sumó el director nacional de Gendarmería, Claudio Brilloni, que bailó, se agachó, ensayó la mímica de un abrazo y espió el atril para no perderse la letra. El jefe máximo de la fuerza demostró así una capacidad fundamental para la seguridad nacional: saber dónde está parado aunque necesite leerlo.
Más de cien personas participaron del festejo. No fue precisamente comprar una chocotorta, apagar las luces del despacho y gritar “sorpresa”. Hubo dependencia oficial, banda en vivo, invitados y catering. Para ser un gobierno enemigo del gasto público, las velitas tenían una logística que ya quisiera una frontera.
Y entonces apareció la pregunta que suele arruinar las mejores fiestas: ¿quién puso la guita? Un alto mando de Gendarmería expresó su bronca y preguntó quién había pagado el catering, especialmente porque dentro de las fuerzas existen reclamos por los bajos salarios. El contraste tiene una delicadeza casi quirúrgica: quizás no alcance para mejorar el sueldo, pero siempre se puede mejorar el cumpleaños del superior.
Hasta ahora, según la información conocida, no quedó aclarado quién afrontó esos gastos. Si Monteoliva pagó de su bolsillo, alcanza con mostrarlo y se terminó el misterio. Si participaron recursos públicos, la torta necesitará algo más difícil de conseguir que velitas: comprobantes. Porque soplar puede soplar cualquiera; rendir cuentas ya requiere entrenamiento especial.
La escena tiene además la belleza ideológica de los grandes momentos. El oficialismo construyó buena parte de su identidad denunciando privilegios, ñoquis, cajas, gastos superfluos y funcionarios que confundían lo estatal con el quincho de la casa. Después llegó al poder y descubrió que efectivamente era un escándalo. Sobre todo porque el quincho ya estaba ocupado por otros.
Dos días después del festejo, Monteoliva envió cartas documento a tres periodistas que habían difundido versiones sobre supuestos planes de matrimonio con Brilloni. Para desmentir asuntos sentimentales hubo velocidad de comando táctico. Sobre quién pagó la comida para más de cien personas, en cambio, todavía se espera información. Cupido recibió carta documento; la factura permanece prófuga.
Todo ocurrió mientras Javier Milei estaba en París. El Presidente recorría Francia hablando de inversiones y vendiendo al mundo una Argentina donde el Estado se achica. Técnicamente no mintió: mientras él estaba afuera, el Estado entró entero en un quincho.
Monteoliva cumplió años, los invitados comieron, Brilloni bailó y la banda tocó. Puede que finalmente todo tenga una explicación impecable y cada peso haya salido de bolsillos privados. Será cuestión de aclararlo.
Mientras tanto quedó una enseñanza para los aspirantes a ingresar a Gendarmería: además de estado físico, disciplina y vocación de servicio, conviene ir practicando el “Cumpleaños feliz”.
Porque al final la casta no desapareció.
Le pusieron globos dorados.



























