Santiago Oría, estratega digital del Gobierno, respondió a las burlas por su declarada fascinación con la influencer artificial Lucía Libertaria comparando el episodio con el agravio que vincula sexualmente a Javier Milei con su hermana Karina. El hombre encargado de cuidar la narrativa presidencial encontró una manera novedosa de apagar un incendio: prender fuego el dormitorio del jefe.
Todo empezó cuando The New York Times contó al mundo que Oría había quedado fascinado con Lucía Libertaria, una influencer fabricada con inteligencia artificial. El estratega la había definido como “inteligente” y “relinda” y hasta había propuesto darle mayor protagonismo. El detalle técnico es que Lucía no existe. Cupido tampoco, pero por lo menos nunca pidió presupuesto para redes.
La revelación convirtió al especialista en comunicación digital en materia prima de aquello que supuestamente debería saber administrar: internet. Durante dos días le llovieron memes, cargadas y comentarios sobre su romance imposible. El arquitecto del relato terminó demolido por un personaje que necesita electricidad para existir.
Jorge Rial directamente lo llamó “pajero”. Oría decidió entonces demostrar por qué ocupa un lugar estratégico y contestó: “Me llegó el momento ‘Milei se coge a su hermana’”. Magnífica defensa. Lo acusaron de enamorarse de una computadora y respondió involucrando sexualmente al Presidente y a la secretaria general de la Presidencia. Si ése era el control de daños, menos mal que no maneja Defensa Civil.
La comparación buscaba presentar las burlas como una operación similar a los ataques que recibe Milei. El problema es que, para explicar que los periodistas cruzan límites, Oría cruzó uno con zapatillas, tomó carrera y dejó el límite tres barrios atrás. En comunicación política existe la recomendación de no repetir aquello que uno quiere desactivar. Oría eligió imprimirlo, subrayarlo y ponerle los nombres de sus empleadores.
Después acusó al “95%” de los periodistas de ser “mentirosos, operadores y basura de personas” y aseguró que las reacciones demostraban su punto. Es un razonamiento hermético: si se ríen, tiene razón; si lo critican, también; y si nadie responde, seguramente el silencio confirma una conspiración. Un sistema argumental tan perfecto que ya podría reemplazar a Lucía como inteligencia artificial.
Pero todavía faltaba la crueldad tecnológica. Lucía Libertaria salió a cuestionar al New York Times y, según la información publicada, ni siquiera correspondió públicamente al hombre que había quedado encandilado con ella. El estratega digital consiguió así algo estadísticamente difícil: ser friendzoneado por alguien que no nació.
La historia tiene una belleza especial porque ocurre en un gobierno que presenta a la inteligencia artificial como una de las grandes fronteras del futuro argentino. Finalmente apareció un caso concreto de aplicación estatal: la IA ya genera contenido, militancia y corazones rotos. Tres ministerios por el precio de un servidor.
Oría quiso convertir las burlas en una denuncia contra el periodismo y terminó regalando una frase muchísimo más incómoda para Milei y Karina que cualquier meme sobre Lucía. El estratega que debía defender al Presidente consiguió que su propia respuesta desplazara el debate desde una novia virtual hasta el dormitorio presidencial imaginario.
Y Lucía, mientras tanto, siguió siendo un algoritmo.
Primera novia libertaria que no pide cargo y aun así consiguió que echaran culpas a la prensa.



























