Hay algo profundamente sofisticado en la política bonaerense: podés necesitar aliados para aprobar una ley y al mismo tiempo salir a pegarle a esos mismos aliados con una convicción que roza el autosabotaje, como si la estrategia fuera espantar votos antes de contarlos, y en ese arte fino se inscribe Sebastián Pareja, que salió a cruzar al radicalismo por impulsar la Boleta Única mientras él mismo intenta aprobar esa misma reforma en la Legislatura, una jugada que en términos matemáticos podría expresarse así:
Reforma electoral = votos propios (insuficientes) + votos ajenos (necesarios) − críticas públicas (innecesarias).
Pareja, referente libertario en la provincia de Buenos Aires, decidió marcar territorio con una frase que suena a pase de factura histórica pero también a advertencia presente: hay sectores que “pasaron décadas mirando para otro lado” y ahora quieren “colgarse” de una reforma que, según él, tiene autoría libertaria, una forma elegante de decir que la Boleta Única no es una política pública sino una propiedad intelectual, casi una marca registrada, como si la democracia fuera un emprendimiento y no un sistema, y ahí aparece la primera ironía estructural, porque mientras acusa a la UCR de subirse tarde a la agenda, necesita que esa misma UCR se suba a la votación.
Del otro lado, el radicalismo —con menos músculo legislativo que en otros tiempos pero con suficiente presencia como para incomodar— intenta abrir la discusión de una reforma electoral más amplia, no sólo Boleta Única sino también financiamiento de partidos, continuidad de las PASO con modificaciones y algo que llaman “autonomía provincial”, que en castellano llano significa separar la elección bonaerense de la nacional para ordenar su propio tablero, es decir, no es que se “cuelgan”, es que quieren discutir el paquete completo, pero en la lógica de la política actual discutir es casi una provocación.
Mientras tanto, en el oficialismo bonaerense la escena es aún más interesante, porque en el entorno de Axel Kicillof deslizan la posibilidad de un acuerdo con los libertarios que tiene la elegancia de un trueque explícito: Boleta Única a cambio de reelecciones indefinidas para intendentes y legisladores, una ecuación que podría escribirse sin demasiado maquillaje como:
Boleta Única + reelecciones sin límite = acuerdo posible (si alguien junta los votos),
y ahí es donde la teoría choca con la práctica, porque Kicillof no controla la totalidad del peronismo, los bloques están atravesados por internas, las lealtades son variables y lo que en una oficina parece viable en el recinto puede convertirse en otra cosa completamente distinta.
El problema central, que nadie dice pero todos padecen, es que no hay un interlocutor claro, los libertarios no saben con qué sector del peronismo negociar, el peronismo no termina de ordenar su propia interna y el radicalismo aparece como actor necesario pero incómodo, entonces el mapa legislativo se parece más a un tablero fragmentado que a una mesa de acuerdos, y en ese contexto cada declaración pública tiene un peso específico mayor al habitual, porque no es sólo un posicionamiento, es una señal de cómo se va a jugar la negociación.
Por eso el movimiento de Pareja no es menor, porque en lugar de tender puentes decide marcar diferencias, en lugar de sumar interlocutores decide cuestionarlos, en lugar de construir mayoría decide ordenar el relato, como si el problema fuera quién tuvo la idea primero y no quién junta los votos después, una lógica que en la política argentina suele terminar igual: muchas declaraciones, pocos acuerdos y reformas que quedan atrapadas en el laberinto de la interna.
Mientras tanto, la Boleta Única —ese sistema que todos dicen querer pero nadie termina de implementar sin condiciones— sigue flotando como una solución que depende menos de su mérito técnico y más de la capacidad política de quienes la impulsan, porque en definitiva no se trata de si es mejor o peor que el sistema actual, sino de si alguien logra armar la mayoría necesaria en un escenario donde cada bloque está más preocupado por su propia interna que por el resultado final.
Entonces la escena se ordena sola, aunque nadie lo diga en voz alta: un libertario que necesita aliados discute con los aliados potenciales, un radicalismo que busca instalar agenda es acusado de oportunista, un oficialismo que podría negociar no tiene garantizados sus propios votos y una reforma que todos mencionan sigue sin avanzar porque nadie logra cerrar la cuenta política.
Y ahí, en ese punto donde la aritmética legislativa se convierte en una coreografía de egos, relatos y especulaciones, la política bonaerense vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir lo posible en improbable.



























