La aprobación de Javier Milei rompió el piso del 30% y cayó al 24% en marzo, veinte puntos menos que en octubre cuando festejó el triunfo en las legislativas. El escándalo de Manuel Adorni, que el presidente se niega a echar por miedo a quedar a merced de Karina, lo terminó de hundir ocho puntos en un mes. La negativa ya trepa al 71%. Mientras tanto, Patricia Bullrich crece, los encuestadores ya la miden arriba del Presidente, y en el PRO empiezan a mirarla con cariño para 2027. Milei sabe que Adorni es un lastre, pero también sabe que si lo raja, Karina le va a pedir la cabeza de Santiago Caputto. Y sin Caputto, queda en bolas frente a su hermana. El triángulo de hierro se está convirtiendo en un nudo corredizo.

En la Casa Rosada, donde hasta hace unos meses reinaba la euforia de las encuestas que daban a Milei como un fenómeno imparable, ahora el clima es de alarma total. Un sondeo muestra que la aprobación del presidente cayó al 24% en marzo, veinte puntos menos que en octubre del año pasado, cuando ganó las elecciones legislativas. Desde aquel momento, la negativa de Milei creció 17 puntos y ya se ubica en 71% .
Los números no son un detalle menor. Confirmaron lo que Ignacio Fidanza anticipó sobre una encuesta muy costosa que uno de los grupos empresarios más importantes del país le encargó a una consultora de primera línea. El resultado: Milei por debajo de los 30 puntos. Un piso que en política suele ser el umbral de la supervivencia.
El caso Adorni: el balde de agua fría
La imagen del presidente venía bajando desde octubre, pero en febrero se había frenado. Parecía que el gobierno había encontrado un piso. Pero marzo llegó con el escándalo de Manuel Adorni: los viajes en jet privado, el departamento en Caballito que no declaró, el auto oficial para que las empleadas hicieran las compras del supermercado, el vuelo de su esposa en el avión presidencial a Nueva York. Todo eso terminó de hundir a Milei ocho puntos más en un solo mes.
El rechazo a Adorni se disparó al 75%. Y lo más grave, según un consultor que soltó la sopa por siendo medio de comunicación, toda la caída de imagen se da entre los que eran seguidores de Milei. No son votantes opositores que se fueron. Son los propios. Los que creyeron en la motosierra. Los que bancaron el ajuste con la esperanza de que algún día llegara la mejora.
Los tres factores que explican la debacle, según el mismo consultor, son la inflación que no afloja, el desplome del consumo y las sospechas de corrupción en el entorno del Presidente. El combo perfecto para que el relato del “sacrificio necesario” empiece a sonar a verso. Que novedad, hay que ser Houdini para no verla.
El abrazo que hunde
Milei decidió abrazarse a Adorni. No lo echó cuando el escándalo explotó, no lo echó cuando los vecinos de Caballito salieron a contar que las empleadas usaban el auto oficial para ir al súper, no lo echó cuando el piloto del vuelo privado lo contradijo. Y esa decisión, que en la Rosada justifican como “lealtad”, en la calle se lee como complicidad.
Pero la razón de fondo no es la lealtad. Es la interna. la JEFA Karina puso como condición para la salida de Adorni que también echen a Santiago Caputto. Milei sabe que no puede rajar a Caputtito porque quedaría a merced total de su hermana. Sin Caputtito, el triángulo de hierro se convierte en una línea recta entre Javier y Karina, y en esa geometría, el que manda es el que siempre tuvo la lapicera y el pañal.
Patricia crece y el PRO se frota las manos
En medio de este derrumbe, Patricia Bullrich emerge como una alternativa. La senadora, que en las últimas semanas se desmarcó del gobierno con gestos calculados (faltó al acto por Malvinas para no cruzarse con Adorni, canceló apariciones mediáticas para no tener que defender al jefe de Gabinete), empezó a ser medida por las encuestas. Y los números le sonríen.
La publicación en Clarín de un sondeo que muestra a Bullrich arriba del presidente alarmó al gobierno y eso a la vende torta, tarotista, acompañante terapéutica y hermana de la Nación no le gusto, y cuando la llamaron periodistas para que comente sobre los datos que arrojo está medición más ella argumento que “está mal”. Pero el daño ya está hecho.
En un sector del PRO tomaron nota de los gestos de Bullrich y ya la miran con cariño de cara a 2027. “Patricia va a levantar la mano”, es lo que esperan las hienas amarrillas pero la PATO no lo tiene todo servido porque en el PRO hay quienes se entusiasman con la idea de que Jorge Macri pueda ir por la reelección pegado a la exministra.
El tuit que fue un boomerang
Uno de los últimos tuits de Milei, el terreno donde mejor se mueve, tiene un 99% de comentarios negativos. El presidente, que solía navegar las críticas con la soltura de un surfista profesional, ahora recibe una catarata de insultos y reproches incluso de sus propios seguidores.
La caída en las redes es el síntoma más visible de un desgaste que se profundiza. Milei ya no es el fenómeno imparable de octubre. Es un presidente que vio cómo su imagen se derrumbaba 20 puntos en cinco meses, que no puede despegarse de un jefe de Gabinete que se convirtió en un lastre, y que mira cómo su principal competidora interna le pisa le sopla la nucha.
La casta somos nosotros
Milei ganó las elecciones con un discurso anti-política, con la promesa de terminar con la casta, con la motosierra como símbolo de un ajuste que iban a pagar los políticos. Hoy, su gobierno está enredado en escándalos de corrupción, su jefe de Gabinete es el funcionario peor valorado del país, su hermana y su asesor se pelean por el control de la lapicera mientras el presidente mira sin poder intervenir.
La casta que juró eliminar, al final, resultó ser la que lo rodea. La misma que se reparte los créditos, los aumentos y los cargos. La misma que viaja en jet privado y compra departamentos que no declara. La misma que usa los autos oficiales para hacer las compras del supermercado.
Milei, que prometió poner la motosierra, la guardó en el placard. Y la casta, lejos de desaparecer, se fortaleció. Porque la casta no eran los políticos de siempre. La casta, al final, eran ellos. Milei tiene que darse cuenta. O se lo van a recordar en las urnas.



























