Cuando la fe deja de ser consuelo y se convierte en herramienta de dominación, lo sagrado se vuelve peligroso. Un discurso, una historia, una idea: el poder también se construye desde lo invisible. ¿Quién narra la verdad cuando creer puede ser una forma de obedecer?.
La fe como relato: el poder de las historias
No hay sistema de poder que no haya comprendido, en algún momento de su consolidación, que la fuerza no siempre se ejerce desde la violencia explícita sino desde la construcción de sentido, desde la capacidad de instalar relatos que no solo expliquen el mundo sino que lo ordenen, lo jerarquicen, lo vuelvan inteligible bajo una lógica que, aunque parezca natural, es profundamente política; en ese sentido, la fe —entendida no únicamente como práctica religiosa sino como forma de creencia— ha sido históricamente uno de los dispositivos más eficaces para organizar subjetividades, para moldear conductas, para legitimar estructuras de dominación que, de otro modo, resultarían difíciles de sostener.
El discurso analizado en la conferencia del profesor Jiang Xueqin no se limita a una reconstrucción histórica de figuras como Jacob Frank, sino que propone algo más inquietante: una lectura de la fe como herramienta de manipulación, como mecanismo capaz de reconfigurar la percepción de la realidad a través de narrativas que, al repetirse, se vuelven verdades incuestionables, instalándose en la mente como “semillas” que crecen y terminan determinando no solo lo que pensamos, sino también lo que consideramos posible o imposible.
Esa idea —la de la historia como dispositivo educativo y de control— no es nueva, pero adquiere una densidad particular cuando se la vincula con la religión, porque en ese cruce lo simbólico se vuelve absoluto, lo narrativo se transforma en mandato, y la interpretación deja de ser una opción para convertirse en norma.

Jacob Frank y la inversión del orden moral
La figura de Jacob Frank emerge en este contexto como una anomalía inquietante, no tanto por su carácter histórico como por la lógica que encarna, una lógica que no busca simplemente reinterpretar la religión sino subvertirla desde adentro, proponiendo una inversión radical de sus principios: si la tradición religiosa sostiene que la ley es el camino hacia lo divino, Frank plantea que es precisamente en la transgresión donde se encuentra la verdadera libertad; si la moral establece límites, él los presenta como obstáculos artificiales diseñados para mantener a las personas en una posición de subordinación.
Esta inversión no es inocente ni ingenua, porque desplaza el eje de la espiritualidad hacia una ética del poder, donde el conocimiento no se obtiene a través de la obediencia sino de la ruptura, donde el aprendizaje no se construye desde la disciplina sino desde la experiencia directa, incluso cuando esa experiencia implica atravesar zonas consideradas prohibidas. La provocación es clara: si las leyes son construcciones humanas, entonces pueden ser ignoradas; si la moral es un acuerdo social, entonces puede ser desafiada; si la realidad es una ilusión compartida, entonces quien logre ver más allá de ella podrá dominarla.
Pero lo verdaderamente perturbador no es la propuesta en sí, sino su capacidad de seducción, su forma de presentarse como una liberación frente a estructuras opresivas, cuando en realidad introduce una nueva forma de dominación que se sostiene, paradójicamente, en la idea de libertad.
El engaño como método: manipular la percepción
Uno de los aspectos más reveladores del discurso analizado es la insistencia en la manipulación como herramienta legítima de poder, una estrategia que no se basa en la imposición directa sino en la capacidad de alterar la percepción del otro, de utilizar sus propias creencias en su contra, de explotar aquello que considera verdadero para conducirlo hacia conclusiones que refuercen la autoridad del manipulador.
La anécdota del cuchillo —en la que un simple truco es suficiente para convencer a un erudito de la supuesta divinidad de Frank— funciona como una metáfora de ese mecanismo: no es necesario demostrar el poder, basta con producir la ilusión de que ese poder existe; no es necesario destruir la fe, basta con reconfigurarla; no es necesario imponer una verdad, basta con hacer que el otro dude de la suya.
Este desplazamiento es clave, porque sitúa el control no en la coerción sino en la narrativa, en la capacidad de construir relatos que reorganizan la realidad de tal manera que la dominación se vuelve invisible, naturalizada, incluso deseada.
Fe, transgresión y el mito de la liberación
La propuesta de Frank se presenta como una forma de emancipación frente a un sistema religioso que, según su lectura, oprime a los individuos a través de normas arbitrarias y limitaciones morales, pero esa promesa de libertad está atravesada por una contradicción fundamental: la liberación no se construye en comunidad ni en igualdad, sino en la acumulación de poder individual, en la capacidad de “romper las reglas” para obtener ventaja sobre otros, en la idea de que el mundo es un espacio que puede —y debe— ser conquistado.
Aquí la fe deja de ser un vínculo con lo trascendente para convertirse en una justificación de la dominación, en un argumento que legitima la desigualdad bajo la apariencia de una verdad superior, en una narrativa que convierte la transgresión en virtud y la empatía en debilidad.
El peligro de este tipo de discursos no radica únicamente en su contenido explícito, sino en su capacidad de infiltrarse en otras formas de pensamiento contemporáneo que, bajo distintos nombres —individualismo extremo, meritocracia, autoempoderamiento— reproducen lógicas similares, donde el éxito se mide en términos de poder y la ética se subordina a la eficacia.
La realidad como construcción: entre la imaginación y el control
Una de las ideas más radicales del discurso es la afirmación de que la realidad es, en última instancia, una construcción colectiva, una especie de alucinación compartida sostenida por acuerdos sociales que, al ser aceptados, adquieren la apariencia de verdad objetiva; desde esta perspectiva, quien logre reconocer el carácter artificial de esas estructuras estaría en condiciones de reconfigurarlas, de imponer nuevas reglas, de crear su propia versión del mundo.
Esta noción, que en ciertos marcos filosóficos puede resultar liberadora, se convierte aquí en una herramienta de control, porque si todo es construcción, entonces no hay límites éticos que no puedan ser cuestionados, no hay normas que no puedan ser descartadas, no hay responsabilidades que no puedan ser relativizadas.
La consecuencia de este razonamiento es inquietante: la verdad deja de ser un horizonte compartido para convertirse en una herramienta de poder, en algo que puede ser moldeado, manipulado, utilizado estratégicamente para sostener una posición de dominio.
Cuando creer deja de ser inocente
Lo verdaderamente perturbador de este recorrido no es la existencia de discursos que intentan instrumentalizar la fe, sino la facilidad con la que pueden ser aceptados, la manera en que encuentran resonancia en contextos donde la incertidumbre, el miedo y la necesidad de sentido abren la puerta a narrativas que prometen respuestas simples a preguntas complejas.
Porque creer nunca es un acto neutro, nunca es una decisión aislada de las condiciones materiales y simbólicas en las que se produce, y cuando la fe se convierte en un dispositivo de poder, cuando las historias dejan de ser relatos compartidos para transformarse en herramientas de dominación, lo que está en juego no es solo la interpretación del mundo, sino la posibilidad misma de habitarlo de manera justa.
En ese punto, la pregunta deja de ser teológica o filosófica para volverse profundamente política:
no qué creemos,
sino quién se beneficia de que lo creamos.




























