El presidente de Estados Unidos acaba de llamar «cobardes» a los países de la OTAN porque no quieren mandar sus barcos al Estrecho de Ormuz. La respuesta europea fue un «esto no es nuestra guerra» que suena a portazo. En Argentina, mientras tanto, el gobierno sigue insistiendo con que «está claro dónde estamos parados». Pero el problema no es dónde estamos parados. El problema es que los europeos se corrieron, Trump está furioso, y acá todavía no nos preguntaron si queremos ocupar el lugar que ellos dejaron vacío.
Donald Trump está furioso. No con Irán, no con China. Con sus propios aliados. La OTAN, ese invento de la Guerra Fría que los europeos usan como paraguas cuando les conviene, le dijo que no. Le dijo que no a una misión de escolta en el Estrecho de Ormuz. Y Trump, que no es de los que tragan sapos, explotó.
El tigre de papel
«Sin Estados Unidos, la OTAN es un tigre de papel», escupió en Truth Social. Y para que no queden dudas, los llamó «cobardes». «Cobardes, y lo recordaremos», agregó. Porque en el universo Trump, la lealtad se mide con barcos y soldados. Y los europeos, esta vez, no pusieron nada.
La respuesta de Bruselas fue un clásico europeo: diplomacia tibia con frase de fondo. Kaja Kallas, la encargada de la política exterior de la UE, dijo que «Europa no tiene ningún interés en una guerra sin fin». Y soltó una perla que debería estar en todas las portadas: «Esta no es la guerra de Europa, pero los intereses de Europa están directamente en juego».
Traducción al criollo: nos importa, pero no tanto como para poner soldados. O sea, la misma postura que mantienen desde que empezó el quilombo.
El lugar que quedó vacante
Acá está el punto: los europeos se corrieron. Dijeron no. Le dijeron no a Trump. Y Trump, que necesita barcos y soldados para su guerra en el Golfo, ahora tiene un problema: los que siempre estuvieron, esta vez no están.
Y ahí aparece el gobierno argentino, con la mano levantada, repitiendo que «está claro dónde estamos parados». El problema no es esa frase. El problema es qué viene después. Porque cuando un socio se corre, otro puede ocupar su lugar. Y la pregunta que nadie hace en la Rosada es si queremos ser ese otro.
La guerra que eligieron otros
Los europeos tienen claro que no es su guerra. Lo dijeron sin vueltas. Acá, en cambio, el gobierno la presenta como si fuera la nuestra. Patricia Bullrich lo intentó justificar con los atentados a la AMIA y la Embajada. «Esta guerra tiene raíces acá», dijo. «Estamos yendo contra alguien que atacó a la Argentina».
Es un argumento con peso. Pero también es una trampa. Porque si la guerra contra Irán es nuestra por los atentados del 92 y el 94, entonces debería ser nuestra desde hace 30 años. Y no lo fue. Hasta que Trump necesitó barcos.
Lo que falta
Los europeos tienen parlamentos que debaten estas cosas. Tienen prensa que pregunta. Tienen sociedades que se movilizan cuando les quieren meter soldados en una guerra que no entienden. Acá, en cambio, todo se define en un par de tuits y una entrevista de canciller.
Trump insultó a sus aliados porque no quieren poner los barcos. Los europeos respondieron que no es su guerra. Y el gobierno argentino sigue ofreciéndose como el amigo que nunca falla. Pero nadie, en todo este tiempo, explicó si queremos ser ese amigo. Nadie explicó cuánto cuesta. Nadie explicó qué ganamos. Nadie explicó si vale la pena.
Nos leemos pronto.



























