Soledad Palameta Miller tenía 36 años, un doctorado en Ciencias, un posdoctorado en virología, y acceso a uno de los laboratorios de alta seguridad más importantes de Brasil. También tenía, según la Policía Federal, 24 cepas de virus en sus congeladores que no deberían estar ahí. Dengue, zika, chikungunya, herpes, Epstein-Barr, coronavirus humano, H1N1, H3N2. El material apareció después de un allanamiento, cuando los agentes encontraron las muestras en su laboratorio de la Facultad de Ingeniería de Alimentos y también en la basura, parcialmente descartadas, con los rótulos adulterados. Las cámaras de seguridad del campus registraron a su esposo, Michael Miller, entrando al laboratorio NB-3 en horarios incompatibles con su trabajo. Soledad está en libertad provisional, con prohibición de salir de Brasil y de acercarse a los laboratorios. La defensa dice que es una persecución. La comunidad científica dice que es un escándalo. La pregunta que nadie responde es qué carajo iba a hacer con 24 virus en su poder.
Hay un momento en que la ciencia deja de ser un camino de hormigas para convertirse en una serie de Netflix. Ese momento es cuando una científica argentina reconocida, doctora en Ciencias, radicada en Brasil, es acusada de robar 24 cepas de virus de un laboratorio de alta seguridad. Y cuando la Policía Federal encuentra las muestras en los congeladores de su propio laboratorio y en la basura, con los rótulos arrancados.
Soledad Palameta Miller nació en Rosario. Es biotecnóloga, doctora en Ciencias por la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp), trabajó en terapias oncológicas, desarrollo de vacunas, vigilancia epidemiológica. Tenía una carrera impecable. Hasta que en febrero, en el Instituto de Biología de la Unicamp, alguien notó que faltaba material viral. Mucho material. Material sensible. Material que no se lleva cualquiera.
El laboratorio de alto riesgo
El lugar de donde salieron las muestras no era un laboratorio cualquiera. Era un área NB-3, nivel de bioseguridad 3, el segundo más alto del mundo para trabajar con patógenos peligrosos. Allí se guardaban cepas de dengue, zika, chikungunya, herpes, Epstein-Barr, coronavirus humano, y los virus de la gripe tipo A H1N1 y H3N2, los mismos que causaron la pandemia de 2009. En total, 24 cepas diferentes.
Según la investigación, Soledad no tenía acceso autorizado a ese laboratorio. Necesitó ayuda para entrar. Y según las cámaras de seguridad, su esposo, Michael Edward Miller, un veterinario estadounidense de 37 años, estuvo entrando y saliendo del área restringida en horarios poco habituales. El 24 y 25 de febrero, las cámaras lo registraron cargando cajas. Las imágenes también mostraron que la pareja frecuentaba el laboratorio desde noviembre de 2025, en momentos en que no había otros investigadores presentes.
El allanamiento y los congeladores
La denuncia llegó a la Policía Federal. El 23 de marzo allanaron la universidad. Encontraron las muestras en dos lugares: en los congeladores del laboratorio que Soledad coordinaba en la Facultad de Ingeniería de Alimentos, y en la basura, parcialmente descartadas, con los rótulos adulterados. Según la acusación, después del allanamiento, la científica volvió al laboratorio e intentó destruir evidencias.
Fue detenida, pasó una noche en el Centro Penitenciario Femenino de Mogi Guaçu, y al día siguiente quedó en libertad provisional. La Justicia le impuso condiciones: no puede salir de Brasil, no puede acercarse a los laboratorios de la Unicamp, debe pagar una fianza y presentarse cada vez que la citen. Su esposo, Michael Miller, no fue detenido pero sigue bajo investigación.
La empresa de biotecnología y los virus
Soledad y Michael son socios en Agrotrix Biotech Solutions, una startup incubada en el propio parque tecnológico de la Unicamp. La empresa se especializa en técnicas microbiológicas aplicadas a la producción agrícola. En su perfil de LinkedIn, Michael Miller declaraba tener experiencia en el manejo de virus de bioseguridad nivel 2 y 3, incluyendo cepas de influenza H1N1, H3N2 y H5N1. Exactamente el tipo de material que desapareció del laboratorio.
La pregunta que los investigadores se hacen es si las muestras iban a parar a la empresa. La hipótesis del terrorismo biológico fue descartada por la Policía Federal, que cree que la motivación está vinculada a investigaciones internas del casal. Pero nadie explicó todavía qué negocio podía tener una empresa de soluciones agrícolas con cepas de dengue, zika y coronavirus humano.
La defensa y la denuncia
La familia de Soledad salió al cruce. Un familiar dijo a los medios que «una persona no idónea hizo una denuncia con interés propio de perjudicar a Soledad». Que confían en la Justicia y esperan que se diga la verdad.
Pero los hechos son los hechos: 24 cepas de virus salieron de un laboratorio de alta seguridad sin autorización. Terminaron en los congeladores de una científica que no tenía acceso al lugar y en la basura, con los rótulos arrancados. Las cámaras de seguridad registraron movimientos sospechosos. Y la empresa que la pareja fundó justo un año antes del robo trabajaba con material biológico de alta complejidad.
Lo que viene
La Unicamp abrió una investigación interna y calificó el episodio como «un caso aislado». La rectoría salió a decir que los laboratorios NB-3 operan con protocolos rígidos de seguridad, que todo el material fue recuperado y que no hubo riesgo de contaminación externa.
Pero la comunidad científica sigue con la lupa puesta. Porque el caso expone algo que nadie quiere admitir: los controles en áreas sensibles pueden fallar. Que alguien con credenciales pueda llevarse 24 virus en una mochila, guardarlos en sus congeladores y que nadie se dé cuenta hasta que una denuncia interna lo destapa.
Soledad Palameta Miller espera en Brasil, con pasaporte retenido y prohibición de acercarse a los laboratorios que antes manejaba. Su esposo, bajo investigación. Y 24 cepas de virus que estuvieron donde no debían estar, por razones que nadie termina de explicar.
Nos leemos pronto.



























