Esta semana, la plataforma volvió a hacer de las suyas. Le bajó el pulgar a medios y cuentas que se animan a contar lo que no quieren que se sepa. La excusa fue la misma de siempre: «contenido engañoso» o «violación de normas». La realidad: la plataforma es una empresa yanqui que protege intereses yanquis. Mientras tanto, periodistas independientes, activistas y laburantes digitales ven cómo sus cuentas desaparecen sin explicación, sin apelación, sin derecho a pataleo. El algoritmo no es neutral: es geopolítica.
Hay un momento en que la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en un arma. Ese momento es cuando una empresa privada decide qué se puede decir, quién lo puede decir y cuánto tiempo va a durar su voz en el aire. Instagram lleva años haciendo eso. Y esta semana, como tantas otras, volvió a demostrar de qué lado está.
El algoritmo que no es neutral
No es una decisión técnica. Es una decisión política. Instagram es una empresa estadounidense. Su dueño, Meta, tiene sus oficinas en California y sus intereses alineados con los de Washington. Cuando el gobierno yanqui señala a un medio o a una cuenta como «desinformación», la plataforma no duda: le baja la persiana. No hay juicio, no hay apelación, no hay chance de que un ser humano revise si la denuncia tiene sentido. El algoritmo ejecuta y punto.
El algoritmo que mata
El caso más visible es el de los medios que se animan a contar lo que Occidente no quiere mostrar. Pero atrás quedan los miles de cuentas de periodistas independientes, activistas de derechos humanos, organizaciones sociales, laburantes digitales que un día se levantan y descubren que su cuenta no existe más. O que su alcance se desplomó sin motivo. O que los comentarios ya no llegan. O que el explorador dejó de mostrar su contenido.
Eso se llama shadowban (baneo fantasma). No te avisan. No te explican. Solo ves cómo tus números caen, cómo tu laburo de años se desvanece. Y cuando intentás preguntar, te encontrás con un robot que te responde con un mensaje genérico. Si tenés suerte.
La trampa de la libertad de expresión
Los dueños de las plataformas se llenan la boca con la libertad de expresión cuando les conviene. Elon Musk, el dueño de X, le dice «tirano» al presidente de España por querer regular las redes. Pero después le restaura la cuenta a Trump y le cierra la boca a periodistas que no le gustan.
Instagram no es diferente. Dicen que combaten la desinformación, pero lo que hacen es proteger intereses. Dicen que cuidan a los usuarios, pero lo que cuidan es su negocio. Dicen que son neutrales, pero la neutralidad no existe cuando el algoritmo lo escribe una empresa que depende de la publicidad de los mismos Estados que quieren silenciar al adversario.
¿Qué hacer?
Mientras las plataformas sigan siendo un espacio sin regulación estatal, esto va a seguir pasando. No hay derecho a réplica, no hay tribunal al que apelar, no hay nada que hacer más que empezar de cero, rogar que un humano te lea, o mudarte a otra red donde el proceso se repite.
La censura no es una teoría conspirativa. Es un hecho. Instagram la ejerce todos los días, en nombre de una «comunidad» que nunca votó esas reglas, en defensa de unos «intereses» que no son los nuestros. Mientras tanto, los que no tienen poder, los que no tienen un abogado que le ponga una multa millonaria a Meta, se quedan sin voz.
Mañana puede ser la tuya. O la de tu vecino. O la de ese periodista que cuenta lo que los medios grandes no cuentan. El algoritmo no perdona. El imperio no olvida. Y mientras no haya reglas claras, mientras las empresas sigan siendo juez y parte, esto no va a terminar.
Expediente O´Connor abierto.





























