En Argentina, 6 de cada 10 personas pobres tienen trabajo y solo el 7,4% está desempleado.
Más del 50% de estos trabajadores lo hace en la informalidad, sin derechos ni ingresos suficientes. El desmantelamiento de programas sociales agrava un problema estructural del mercado laboral.
El problema no es la falta de trabajo sino su calidad: un mercado laboral que produce pobreza incluso con empleo
El diagnóstico es incómodo porque rompe una idea instalada desde el poder: la pobreza en Argentina no está asociada principalmente a la falta de trabajo, sino a las condiciones en las que ese trabajo se desarrolla. Según datos relevados en informes recientes, el 59% de las personas pobres en edad laboral ya está inserta en actividades económicas —principalmente en construcción, comercio e industria—, mientras que solo el 7,4% se encuentra desocupada. Esto desplaza el eje del debate: el problema no es la inactividad, sino la precarización estructural.
El dato se vuelve más contundente cuando se observa la calidad del empleo. Entre los trabajadores no pobres, más del 80% accede a empleo formal; entre los pobres, ese porcentaje apenas supera el 40%, lo que implica salarios más bajos, ausencia de derechos laborales y mayor vulnerabilidad frente a crisis. No es un fenómeno marginal, es una configuración del mercado laboral que ya no garantiza salir de la pobreza incluso trabajando jornadas completas o superiores al promedio.

El ajuste sobre ingresos complementarios no corrige el problema, lo profundiza en un contexto de informalidad creciente
La decisión del gobierno de desmantelar programas como “Volver al Trabajo” —que alcanzaba a cerca de un millón de trabajadores informales— se inscribe en una narrativa que responsabiliza al individuo por su situación económica. Sin embargo, los datos muestran que ese complemento representaba apenas una fracción del salario mínimo y funcionaba como amortiguador en un sistema donde el empleo formal no absorbe la demanda laboral.
La historia económica argentina ofrece antecedentes claros. Tras la crisis de 2001, la expansión de programas de transferencia directa respondió a la incapacidad del mercado de generar empleo registrado suficiente. Dos décadas después, ese problema no solo persiste, sino que se complejiza: emerge una economía popular que sostiene la reproducción social en condiciones de informalidad, sin reconocimiento pleno del Estado.
El resultado es una paradoja estructural: más horas trabajadas, menor ingreso real. En promedio, las personas en situación de pobreza trabajan incluso más horas semanales que quienes no lo están, pero en condiciones que no permiten cubrir una canasta básica. El discurso del “esfuerzo” pierde sentido frente a un sistema que no remunera adecuadamente ese esfuerzo.

Pobreza laboral y desigualdad estructural: el límite de un modelo que no redistribuye ni formaliza
El fenómeno de los trabajadores pobres no es exclusivo de Argentina, pero adquiere características particulares en un país donde la informalidad supera la mitad de los empleos en sectores vulnerables. A esto se suma una desigualdad creciente: el 1% más rico concentra 55 veces más riqueza que la mitad más pobre, lo que evidencia que el problema no es solo laboral, sino distributivo.

INDEC: ¿de qué fecha son los datos?
Los datos oficiales más recientes disponibles vienen de:
- Primer semestre de 2025 (publicado en septiembre 2025)
- Pobreza: 31,6%
- Proyecciones del propio gobierno (basadas en microdatos INDEC):
- Tercer trimestre 2025: 26,9%
👉 Clave:
El INDEC no publica directamente el dato “trabajadores pobres 59%”.
Publica pobreza e ingresos; el cruce “pobre + trabaja” surge de análisis sobre la EPH (Encuesta Permanente de Hogares).
Futuros Mejores: ¿de qué fecha es?
El informe citado en tu material:
- Es un informe privado reciente (2025-2026) trabajado sobre:
- Microdatos de la EPH (INDEC 2024–2025)
- No es una serie histórica oficial, sino un procesamiento propio de datos públicos
Los datos no provienen de una única medición oficial, sino del cruce de microdatos del INDEC —principalmente la EPH 2025— procesados por equipos de investigación como Futuros Mejores.
La ausencia de políticas de formalización, de reconocimiento del trabajo de cuidados —que recae mayoritariamente en mujeres— y de actualización de herramientas de medición de pobreza profundiza un escenario donde el empleo deja de ser garantía de movilidad social. En ese marco, el debate ya no puede centrarse en si las personas trabajan o no, sino en qué tipo de trabajo ofrece la economía.
Porque cuando trabajar no alcanza para vivir, el problema deja de ser individual y pasa a ser estructural.




























