El PRO confirmó que votará la remoción de Manuel Adorni si Milei insiste en sostenerlo. A la presión del peronismo se suman sectores del radicalismo y hasta aliados parlamentarios del Gobierno, mientras la Casa Rosada busca desesperadamente una salida antes de que el Senado convierta el escándalo en una derrota histórica.
Durante meses Manuel Adorni fue presentado como uno de los soldados más leales del mileísmo. El vocero que defendía cada ajuste, cada decreto, cada pelea y cada crisis con la convicción de quien cree que el barco jamás se va a hundir. El problema es que cuando el agua empezó a entrar por todos lados, los primeros en buscar un bote salvavidas fueron precisamente los pasajeros de primera clase.
La novedad ya no es que la oposición quiera echarlo.
La novedad es que los aliados también.
Y esa diferencia es letal.
Porque cuando el kirchnerismo pide una cabeza, el oficialismo puede denunciar persecución política. Cuando lo hace la izquierda, puede hablar de ideología. Cuando lo hacen los sindicatos, puede acusar corporativismo. Pero cuando empiezan a pedir tu salida quienes te votaban hace seis meses, el problema deja de ser una operación y se convierte en una autopsia.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo con Adorni.
La declaración de Martín Goerling fue apenas la confirmación pública de algo que en los pasillos del Congreso ya se comenta sin demasiado disimulo. El PRO dejó de discutir cómo defender al jefe de Gabinete y empezó a discutir cuánto daño provoca seguir sosteniéndolo. Mauricio Macri ya bajó la orden. Los senadores la escucharon. Y los diputados más cercanos al expresidente también comenzaron a moverse en la misma dirección.
La imagen es bastante cruel.
Hace apenas unos meses Adorni aparecía como el funcionario estrella de la administración libertaria.
Hoy se convirtió en una mochila que nadie quiere cargar.
Lo más humillante para la Casa Rosada es que el problema ya ni siquiera gira alrededor de la causa judicial, los bitcoins milagrosos o los agujeros patrimoniales. El problema es político. Los bloques aliados empiezan a advertir que mientras Adorni siga sentado en la Jefatura de Gabinete cualquier sesión corre riesgo de transformarse en un juicio público.
Y nadie quiere quedar atrapado en ese escenario.
Por eso el radicalismo también empezó a hablar.
Las declaraciones de Maxi Abad tienen la delicadeza de una topadora. Cuando un senador afirma que existe unanimidad sobre la necesidad de que un funcionario se vaya, lo que está diciendo es que la discusión ya terminó. Lo único pendiente es la fecha de salida.
La tragedia para Milei es que el Presidente quedó atrapado en una de sus peores características políticas: la obstinación.
Porque cuanto más se deteriora la situación de Adorni, más difícil le resulta admitir que se equivocó.
Y cuanto más tarda en resolver el problema, más grande se vuelve el costo.
Mientras tanto, en el Senado empiezan a contar votos.
Y contar votos es una actividad que suele generar pesadillas en los gobiernos.
Sobre todo cuando los números no cierran.
En Balcarce 50 todavía intentan convencer a propios y extraños de que el escándalo está contenido. El Congreso parece pensar exactamente lo contrario. De hecho, el dato que más preocupa al oficialismo no es la oposición. La oposición hace lo que se espera que haga.
Lo que asusta es la velocidad con la que se está evaporando la voluntad de defenderlo.
El PRO se corre.
La UCR se corre.
Los aliados provinciales se corren.
Incluso dentro del propio oficialismo aparecen cada vez más dirigentes que, en privado, sostienen exactamente lo mismo que dicen los opositores en público.
Que Adorni ya es insostenible.
La política tiene una regla sencilla.
Cuando un funcionario empieza a convertirse en un problema para todos, deja de ser un activo y pasa a ser una emergencia.
Y las emergencias se resuelven rápido.
O explotan.
Por eso la pregunta ya no es si Manuel Adorni continuará en el gobierno.
La pregunta es cuántos dirigentes más se animarán a pedir su salida antes de que Milei finalmente acepte una realidad que el Congreso parece haber entendido hace tiempo.
Que la defensa cerrada terminó.
Y que ahora, alrededor de Adorni, ya no se está formando un escudo.
Se está formando una fila, pero para pegarle.


























