Córdoba perdió 2.187 empresas en un año y Santa Fe registra una de las mayores caídas industriales del país. Mientras Milei conserva altos niveles de apoyo en sus principales bastiones electorales, la actividad metalúrgica opera con apenas el 39,8% de su capacidad instalada y ya acumula miles de empleos perdidos.
Existe una escena que se repite cada vez que un modelo económico empieza a mostrar grietas. Primero desaparecen los números incómodos de los discursos. Después desaparecen las empresas. Más tarde desaparecen los empleos. Y finalmente aparece un funcionario explicando que en realidad todo forma parte de una transición hacia un futuro maravilloso que, curiosamente, siempre llega el año que viene.
Córdoba y Santa Fe están empezando a conocer esa película.
Y no precisamente desde la platea.
Las dos provincias que más entusiasmo mostraron por Javier Milei durante el balotaje ahora observan cómo parte de su entramado productivo empieza a desarmarse tornillo por tornillo. La paradoja tiene algo de tragicomedia nacional. Los territorios que aportaron algunos de los márgenes electorales más amplios para el proyecto libertario aparecen hoy entre los más golpeados por el cierre de empresas, la caída industrial y la destrucción de empleo.
La estadística es brutal.
Más de 26.000 empresas desaparecieron en el país desde la llegada de Milei a la Casa Rosada.
Y Córdoba ocupa un lugar destacado en ese ranking que nadie quiere liderar.
La provincia gobernada por Martín Llaryora perdió 2.187 firmas en apenas un año. No son números abstractos. Detrás de cada empresa que baja la persiana hay talleres, transportistas, proveedores, empleados administrativos, contadores, vendedores y familias enteras que descubren que la libertad de mercado no siempre viene acompañada de clientes.
Lo más interesante es que el derrumbe no ocurre en sectores marginales.
Golpea el corazón productivo del interior.
Autopartes.
Maquinaria agrícola.
Metalurgia.
Industrias vinculadas al agro.
Exactamente los sectores que durante años fueron presentados como la locomotora económica de la región central.
Ahora esa locomotora parece haberse quedado sin combustible.
Los datos de ADIMRA son bastante menos optimistas que los discursos oficiales. En Córdoba la actividad metalúrgica cayó 4,1%. En Santa Fe el retroceso alcanzó el 5,1%. La utilización de la capacidad instalada ronda apenas el 39,8%. Traducido al castellano productivo: seis de cada diez máquinas están prácticamente detenidas.
Una fábrica diseñada para producir cien trabaja como si tuviera cuarenta pedidos.
Y nadie contrata personal para mirar máquinas apagadas.
Por eso el empleo también empezó a caer.
Lo notable es que mientras las fábricas cuentan suspensiones, cierres y reducción de turnos, desde Buenos Aires siguen celebrando indicadores financieros que poco tienen que ver con la economía real. El mercado sonríe. Los bonos festejan. Wall Street aplaude. En Córdoba cierran talleres.
Dos Argentinas.
Dos velocidades.
Dos realidades.
El problema político para Milei es que Córdoba y Santa Fe no son distritos cualquiera. Son territorios donde construyó buena parte de su legitimidad electoral. Provincias que compraron la promesa de que el ajuste era doloroso pero necesario. Que había que aguantar. Que primero venía el sacrificio y después la prosperidad.
El asunto es que las empresas no suelen sobrevivir alimentándose de promesas.
Necesitan ventas.
Crédito.
Demanda.
Producción.
Y ahí empiezan las dificultades.
Porque mientras la economía financiera encuentra motivos para brindar, la economía que emplea personas sigue esperando noticias.
La imagen es casi perfecta.
Los mercados celebran.
Las fábricas apagan luces.
Los bonos suben.
Las persianas bajan.
Los operadores financieros hablan de confianza.
Los industriales hablan de supervivencia.
Y en medio de todo eso aparecen Córdoba y Santa Fe, dos provincias que votaron masivamente por el cambio y ahora empiezan a descubrir que las transformaciones económicas no siempre golpean a los mismos.
Durante años escucharon que el problema era el Estado.
Ahora descubren que también existe algo llamado falta de consumo.
Falta de crédito.
Falta de producción.
Falta de clientes.
Y esas variables tienen una costumbre desagradable.
No se arreglan con cadenas nacionales.
Ni con posteos en redes sociales.
Ni con discursos sobre la libertad.
Se arreglan con actividad económica.
Y por ahora la actividad económica parece estar tomando otro camino.
Uno bastante más cercano al cierre de empresas que a la prometida revolución productiva.
Porque la motosierra podrá ser una herramienta eficaz para cortar gastos.
El problema aparece cuando empieza a cortar las ramas sobre las que se sostiene la economía real.
Y en Córdoba y Santa Fe cada vez son más los que empiezan a escuchar ese ruido.


























