Hombres como jarrones

El viernes 12 de junio, en el Museo de la Mujer, Andrea Gigante presentó una muestra que invierte una de las convenciones más persistentes de la historia del arte: los hombres ocupan el lugar de quienes son observados. Entre pintura, conversación y reflexión colectiva, la propuesta invita a pensar quién mira, quién es mirado y qué sucede cuando esa dirección cambia.

A Andrea Gigante la conocí hace unos años, en una marcha del 8M. Estaba sosteniendo un cartel intervenido con carboncillo y pintura sobre cartón. Había una firma. La busqué, la seguí y le agradecí. Desde entonces me convertí en una observadora de sus formas de ver. De esas formas que aparecen cuando alguien logra nombrar algo que una todavía no había encontrado, cuando el arte abre una grieta por donde mirar el mundo desde otro lugar.

El viernes 12 de junio fui a uno de los últimos días de su muestra, que cerró el 16 de junio en el Museo de la Mujer, ubicado en el pasaje Dr. Rodolfo Rivarola. La convocatoria no era solamente una visita a la exposición. Andrea la había pensado como un encuentro entre amigas, una conversación sobre pintura, sobre la práctica artística de las mujeres y sobre aquello que ocurre cuando ciertas posiciones históricamente establecidas empiezan a moverse. Por eso, cuando llegué cerca de las cuatro y media de la tarde, ya tenía la sensación de que algo importante iba a suceder. No porque existiera una promesa de espectáculo ni porque flotara una atmósfera extraordinaria, sino porque podía percibirse un deseo compartido de reunirse, conversar, observar y dejarse atravesar por aquello que el arte provoca cuando realmente nos interpela.

Mientras las personas recorrían la sala y se detenían frente a los cuadros, fui entendiendo que la propuesta de Andrea no se agotaba en la pintura. Había una conversación más profunda sucediendo detrás de las imágenes. La muestra gira alrededor de una decisión aparentemente sencilla: Andrea pinta hombres. Los observa, los estudia, los retrata y los convierte en protagonistas de una mirada femenina que históricamente fue desplazada a los márgenes. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Durante siglos, la historia del arte convirtió a las mujeres en objetos de contemplación. Fueron musas, modelos, cuerpos desnudos, figuras alegóricas y personajes construidos para ser observados. Los hombres miraban y las mujeres eran miradas. Esa dirección de la mirada terminó naturalizándose hasta volverse casi invisible.

Lo interesante de la obra de Andrea es que no responde a esa tradición desde la revancha. No se trata de invertir una jerarquía para construir otra. Lo que propone es algo más complejo y más potente: evidenciar el mecanismo. Al colocar hombres en el lugar históricamente reservado para las mujeres, nos obliga a mirar aquello que normalmente permanece oculto. Nos obliga a preguntarnos quién tiene derecho a mirar y quién está acostumbrado a ser observado.

La curadora Cecilia Custodio desarrolló una de las ideas más interesantes de la tarde al hablar de los jarrones. Durante gran parte de la historia del arte occidental, las mujeres artistas fueron relegadas a ciertos géneros considerados apropiados para ellas: flores, naturalezas muertas, escenas domésticas y objetos decorativos. Mientras tanto, los hombres ocupaban los espacios destinados a representar la historia, la política, la religión, la guerra o el cuerpo humano. Los jarrones dejaron entonces de ser simples objetos para convertirse en una metáfora de los límites impuestos. Una metáfora de aquello que se permitía representar y de aquello que permanecía vedado.

Por eso el título conceptual de la muestra resulta tan poderoso. Cuando Andrea decide colocar a los hombres en ese lugar de contemplación, esos cuerpos masculinos se transforman simbólicamente en los nuevos jarrones de la escena artística. No porque sean reducidos a objetos, sino porque permiten exponer una estructura que durante siglos funcionó sin demasiados cuestionamientos. La artista desplaza el eje y nos obliga a mirar aquello que la tradición había naturalizado.

Lo primero que me llamó la atención al recorrer las obras fue la ausencia de cualquier gesto heroico. Los hombres retratados no aparecen construidos desde la fuerza ni desde la autoridad. No están representados como conquistadores ni como figuras de poder. Andrea parece interesada en otra cosa. Los encuentra en momentos de introspección, de silencio, de vulnerabilidad. Son hombres alejados de las representaciones tradicionales de la masculinidad. Hombres que dudan, que sienten, que permanecen quietos. Hombres que se dejan observar.

La obra que más tiempo me retuvo fue Primer y segundo ruido. Varias personas permanecieron frente a ella durante largos minutos. El cuadro muestra a un hombre escuchando los latidos de su propio corazón mediante un estetoscopio. La imagen parece sencilla, pero contiene una enorme carga simbólica. Andrea contó que la idea surgió de una manera muy simple: un día pensó que quería pintar a un hombre escuchándose el corazón, solo, en una habitación. Sin embargo, aquello que parece sencillo abre una serie de preguntas profundas. ¿Qué ocurre cuando la masculinidad deja de estar asociada exclusivamente a la fortaleza? ¿Qué aparece cuando entran en escena la sensibilidad, la fragilidad, la escucha o la duda? ¿Qué sucede cuando el cuerpo masculino deja de ser únicamente sujeto de acción para convertirse también en territorio de contemplación?.

La conversación derivó inevitablemente hacia las masculinidades y la relación de los hombres con la cercanía emocional. Hablamos de la dificultad que todavía existe para dejarse ver, para reconocer las propias emociones y para construir formas más amables de habitarse a uno mismo. También hablamos de escucha. De la escucha hacia el otro y de la escucha hacia uno mismo. Porque, en definitiva, eso parecía condensar aquella pintura: la posibilidad de detenerse y prestar atención a aquello que sucede en el interior.

Cuando la actividad terminó me quedé un rato más recorriendo la sala. Algunas personas seguían conversando entre los cuadros. Otras regresaban a determinadas obras antes de marcharse. La sensación era la de haber participado de algo más amplio que una inauguración artística. Lo que había ocurrido allí no era solamente una exposición de pintura. Era una conversación sobre la mirada, el género, el poder, el deseo y las formas en que aprendemos a observarnos mutuamente.

Al salir del Museo de la Mujer seguí pensando en esos hombres convertidos en jarrones. No porque la muestra los transforme en objetos, sino porque nos obliga a reconocer cuántas veces las mujeres ocuparon históricamente ese lugar sin que nadie pareciera advertirlo. Andrea Gigante consigue algo que pocas exposiciones logran: volver visible aquello que permanecía naturalizado. Y cuando el arte consigue alterar la dirección de la mirada, también altera la forma en que entendemos el mundo.

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