La dirigente del Frente de Izquierda crece en las encuestas porteñas y alimenta especulaciones sobre acuerdos opositores para 2027. Sin embargo, desde su entorno descartan cualquier alianza con el peronismo o el radicalismo y ratifican la apuesta presidencial.
La política argentina tiene una costumbre entrañable: cuando un dirigente empieza a medir bien en las encuestas, inmediatamente aparecen diez operadores proponiéndole que abandone todo lo que dijo durante veinte años para sumarse a algún armado de ocasión. Es una especie de servicio de mudanzas ideológicas express que funciona las veinticuatro horas.
Esta vez le tocó a Myriam Bregman.
Como la referente del Frente de Izquierda comenzó a mostrar números interesantes en la Ciudad de Buenos Aires, en algunos despachos ya empezaron a fantasear con acuerdos, frentes amplios, coaliciones progresistas, experimentos electorales y otras criaturas exóticas que suelen aparecer cuando la oposición entra en pánico.
Pero la respuesta de Bregman fue bastante menos romántica.
No.
Ni PJ.
Ni radicalismo.
Ni rejunte antioficialista.
Ni foto de unidad para las cámaras.
Ni abrazo colectivo para espantar a Milei.
Nada.
La negativa cayó como un balde de agua fría sobre algunos sectores que imaginaban una especie de Arca de Noé electoral donde pudieran convivir peronistas, radicales, progresistas, socialistas, desencantados, ex macristas reciclados y cualquier ser vivo que lograra respirar políticamente más de cinco minutos seguidos.
El problema es que la izquierda argentina tiene muchos defectos, pero hay uno que jamás pudo resolver.
Su incapacidad genética para mezclarse con quienes considera parte del problema.
Mientras algunos dirigentes cambian de partido con la facilidad de quien cambia de compañía telefónica, en el trotskismo las conversiones repentinas suelen ser vistas con la misma simpatía que una inspección de la AFIP.
Por eso en el PJ observan la situación con una mezcla de fascinación y frustración.
Fascinación porque Bregman crece.
Frustración porque no pueden sumarla.
En algunos sectores del peronismo llegaron a ilusionarse después de la visita de la dirigente a Cristina Kirchner. Como suele ocurrir en Argentina, una reunión se transformó inmediatamente en una teoría política, después en una operación mediática y finalmente en una negociación imaginaria.
Pero la realidad parece mucho más aburrida.
La izquierda sigue siendo izquierda.
Y el peronismo sigue siendo peronismo.
Una noticia que, sorprendentemente, todavía genera sorpresa.
Mientras tanto, la verdadera discusión ocurre en otro lado.
Bregman no está pensando en la Ciudad.
Está pensando en la Casa Rosada.
El objetivo del Frente de Izquierda no pasa tanto por conquistar gobiernos como por ampliar representación parlamentaria, fortalecer estructuras provinciales y consolidar un espacio político que viene sobreviviendo a todas las modas electorales desde hace años.
En ese esquema, una candidatura presidencial funciona como locomotora.
No necesariamente para ganar.
Sí para arrastrar votos, bancas, legisladores y presencia territorial.
Y ahí aparece otra ironía maravillosa de la política argentina.
Mientras buena parte de la dirigencia pasa los días especulando cómo unirse para sobrevivir, la izquierda apuesta a seguir sola.
Mientras unos buscan alianzas para no desaparecer, otros prefieren perder siendo ellos mismos antes que ganar disfrazados de otra cosa.
Es una estrategia discutible.
Pero al menos tiene una ventaja.
Nadie necesita preguntarse dónde termina Bregman y dónde empieza el resto.
Algo que, en una época donde abundan los dirigentes capaces de cambiar de discurso más rápido que de corbata, ya constituye una rareza política digna de estudio.
Por ahora, la diputada escucha ofertas, rechaza rumores y deja que otros fantaseen con acuerdos imposibles.
Después de todo, en la política argentina hay dirigentes que cambian de partido, de ideología, de aliados y hasta de enemigos.
La izquierda, para bien o para mal, sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía discuten cómo hacer la revolución antes que cómo repartir los cargos.
Y eso, en tiempos de marketing electoral permanente, resulta casi tan exótico como un unicornio cruzando la Avenida Corrientes.


























