La cápsula sustraída contiene Cesio-137, un material radiactivo utilizado en medicina nuclear. Aunque su nivel de actividad es muy inferior al que provocó la tragedia de Goiânia en 1987, especialistas advierten que manipularla o dañarla podría provocar lesiones por radiación y activar una emergencia sanitaria.
La desaparición de una fuente radiactiva de Cesio-137 utilizada para calibrar equipos de medicina nuclear encendió las alarmas en todo el país y obligó a activar protocolos de emergencia radiológica mientras continúa la búsqueda del material sustraído en un instituto médico de Rosario.
El caso generó preocupación inmediata entre organismos de control, especialistas en seguridad nuclear y autoridades sanitarias debido a la naturaleza del material involucrado. Aunque los expertos remarcan que la fuente robada posee niveles de actividad considerablemente inferiores a los de otros accidentes históricos, la sola pérdida de control sobre una sustancia radiactiva constituye un evento de máxima sensibilidad para cualquier sistema de protección radiológica.
La investigación se desarrolla bajo estricta reserva mientras fuerzas de seguridad y organismos especializados intentan determinar cómo se produjo el robo y dónde se encuentra actualmente la cápsula.
La noticia inevitablemente reavivó el recuerdo de uno de los peores accidentes radiológicos de la historia fuera de una instalación nuclear: la tragedia de Goiânia, ocurrida en Brasil en septiembre de 1987.
Aquel episodio comenzó cuando dos hombres ingresaron a un centro de radioterapia abandonado y retiraron un equipo médico que contenía Cesio-137. Sin comprender el riesgo que representaba, desarmaron el aparato para vender sus componentes como chatarra.
Durante el proceso descubrieron una sustancia azul brillante que llamó su atención.
Lo que parecía una curiosidad terminó convirtiéndose en una catástrofe sanitaria.
El material radiactivo fue compartido entre familiares, vecinos y amigos. Muchas personas manipularon el polvo contaminado sin saber que estaban exponiéndose a niveles extremadamente peligrosos de radiación ionizante.
Las consecuencias fueron devastadoras.
Cuatro personas murieron por síndrome agudo de irradiación, 249 resultaron contaminadas y más de 112.000 habitantes debieron someterse a controles radiológicos. Decenas de viviendas fueron demolidas y toneladas de residuos contaminados tuvieron que ser confinadas bajo estrictas medidas de seguridad.
El accidente de Goiânia se transformó desde entonces en uno de los casos paradigmáticos estudiados por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para demostrar los riesgos asociados a la pérdida de control de fuentes radiactivas.
Sin embargo, especialistas argentinos insisten en que el episodio de Rosario presenta características muy diferentes.
La fuente robada no contiene polvo radiactivo libre ni material fácilmente dispersable. Según explicaron profesionales del Consejo Profesional de Química de la Provincia de Buenos Aires, el Cesio-137 se encuentra encapsulado en forma de gel dentro de un sistema de protección diseñado específicamente para impedir fugas o liberaciones accidentales.
Además, la actividad radiactiva de la cápsula sustraída es significativamente menor que la involucrada en la tragedia brasileña.
Esa diferencia reduce considerablemente el riesgo de contaminación masiva.
Pero no elimina el peligro.
Los especialistas advierten que cualquier intento de abrir, perforar, cortar o dañar el blindaje podría generar exposición directa a radiación ionizante capaz de provocar lesiones graves en quienes manipulen el dispositivo.
Por eso las autoridades emitieron una recomendación categórica: cualquier persona que encuentre un objeto con el símbolo internacional de radiactividad debe evitar tocarlo y comunicarse inmediatamente con la policía, bomberos o servicios de emergencia.
El caso también abrió interrogantes sobre los mecanismos de seguridad existentes en instalaciones que utilizan materiales radiactivos con fines médicos, industriales o científicos.
Argentina posee uno de los sistemas nucleares más desarrollados de América Latina y cuenta con organismos especializados como la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN), encargada de supervisar el uso seguro de materiales radiactivos en todo el territorio nacional.
Sin embargo, el robo de una fuente de Cesio-137 vuelve a poner sobre la mesa una discusión recurrente entre especialistas: la necesidad de reforzar controles físicos, auditorías periódicas y sistemas de trazabilidad para evitar pérdidas, robos o desvíos de materiales potencialmente peligrosos.
La preocupación no se limita únicamente a la posibilidad de un accidente.
A nivel internacional existe una vigilancia permanente sobre este tipo de sustancias debido a que podrían ser utilizadas para construir los denominados «dispositivos de dispersión radiológica», conocidos popularmente como bombas sucias. Aunque los expertos consideran extremadamente improbable ese escenario en el caso rosarino, la desaparición de cualquier fuente radiactiva activa protocolos de seguridad reforzados.
Mientras tanto, la búsqueda continúa.
Las autoridades mantienen cautela y evitan especulaciones sobre el destino del material sustraído. La principal hipótesis sigue siendo que quienes participaron del robo desconocían la naturaleza del objeto y lo sustrajeron sin comprender los riesgos asociados.
Precisamente ese fue uno de los factores que convirtió el accidente de Goiânia en una tragedia histórica.
La diferencia entre un incidente controlado y una emergencia sanitaria de gran escala suele depender de una variable tan simple como decisiva: que nadie intente abrir aquello que no comprende.
Por eso, más allá del desenlace de la investigación, el episodio de Rosario volvió a recordar una lección que el mundo aprendió de la peor manera hace casi cuatro décadas en Brasil: cuando una fuente radiactiva desaparece, el verdadero peligro comienza cuando alguien decide manipularla.


























