China fabricó cerca del 90% de los robots humanoides comercializados en el mundo durante 2025, mientras la inversión global en el sector superó los 2.650 millones de dólares, más que todo lo acumulado entre 2018 y 2024. El lanzamiento de la plataforma Isaac GR00T de Nvidia marca el avance de una nueva etapa tecnológica: la inteligencia artificial deja los centros de datos para instalarse directamente en máquinas, vehículos y dispositivos físicos.
Durante más de una década, la disputa tecnológica global pareció girar alrededor de una pregunta relativamente sencilla: quién controlaba los datos y los centros de datos. Las grandes plataformas digitales construyeron imperios económicos sobre la capacidad de almacenar información, procesarla en gigantescas nubes informáticas y convertirla en poder económico. Sin embargo, algo comenzó a cambiar silenciosamente. La inteligencia artificial ya no quiere vivir únicamente en servidores remotos. Ahora busca habitar el mundo físico.
La presentación de la plataforma robótica Isaac GR00T por parte de Nvidia durante la feria Computex 2026, celebrada en Taipéi, constituye uno de los indicadores más claros de esta transformación. No se trata solamente de un nuevo desarrollo tecnológico ni de otro anuncio corporativo destinado a captar titulares. Lo que está en juego es un cambio de paradigma: la migración de la inteligencia artificial desde la nube hacia los dispositivos físicos que interactúan cotidianamente con las personas y los entornos productivos.
Durante años, la llamada inteligencia artificial en la nube concentró el procesamiento en enormes centros de datos controlados por un reducido grupo de corporaciones tecnológicas. Cada consulta, imagen o instrucción recorría internet hasta llegar a servidores ubicados a miles de kilómetros de distancia, donde era procesada antes de regresar al usuario. Ese modelo permitió que empresas como Google, Microsoft, Amazon o Alibaba concentraran un enorme poder económico y tecnológico.
La denominada «IA embebida» o Edge AI modifica radicalmente esa lógica. En lugar de depender constantemente de la nube, los dispositivos incorporan capacidades de procesamiento directamente en sus chips. Un automóvil, un robot humanoide, una cámara de seguridad o una máquina industrial pueden analizar información, tomar decisiones y ejecutar acciones localmente, reduciendo la dependencia de conexiones externas y aumentando la autonomía operativa.
Desde una perspectiva geopolítica, este desplazamiento tiene consecuencias profundas. Si la inteligencia artificial en la nube otorgaba poder a quienes controlaban los servidores y las redes, la inteligencia artificial embebida fortalece a quienes fabrican chips, diseñan dispositivos y producen máquinas físicas. Es precisamente en ese terreno donde China ha construido una ventaja estratégica durante la última década.
Los datos son elocuentes. En 2025, cerca del 90% de los robots humanoides comercializados a nivel mundial fueron fabricados en China. Empresas como Unitree Robotics y Agibot produjeron más de 5.000 unidades cada una en un solo año. Paralelamente, la inversión global en startups de robótica humanoide superó los 2.650 millones de dólares, una cifra superior a todo lo invertido en el sector entre 2018 y 2024.
La ventaja china no surgió de manera espontánea. Es el resultado de políticas industriales sostenidas orientadas al desarrollo de manufactura avanzada, robótica, materiales estratégicos y cadenas de suministro tecnológicas. Mientras Estados Unidos dominó durante años el software, los modelos de inteligencia artificial y los servicios en la nube, China consolidó una posición privilegiada en la producción física de dispositivos inteligentes.
El caso de Isaac GR00T refleja esta interdependencia. La plataforma presentada por Nvidia combina un cuerpo fabricado por la empresa china Unitree Robotics con sistemas de procesamiento desarrollados por la compañía estadounidense. La aparente competencia entre ambas potencias convive con una realidad más compleja: sus cadenas de producción continúan profundamente entrelazadas.
En el centro de esa relación aparece Taiwán, territorio que se ha convertido en el principal símbolo de la guerra tecnológica contemporánea. Allí se fabrican gran parte de los semiconductores avanzados que hacen posible tanto los sistemas estadounidenses como los chinos. No resulta casual que Nvidia eligiera precisamente Taipéi para presentar una tecnología que podría redefinir la próxima etapa de la inteligencia artificial.
Sin embargo, la discusión trasciende a China, Estados Unidos o Taiwán. La expansión de la IA física plantea interrogantes urgentes para regiones como América Latina. Actualmente, la mayoría de los países latinoamericanos no fabrican semiconductores avanzados, no producen robots humanoides a escala industrial y tampoco controlan los grandes modelos de inteligencia artificial. En consecuencia, participan de esta transformación principalmente como consumidores de tecnología o proveedores de materias primas estratégicas como litio, cobre y tierras raras.
La pregunta que emerge es si la región permanecerá limitada a ese papel o si logrará desarrollar capacidades propias para intervenir en la definición de las nuevas reglas tecnológicas. La inteligencia artificial física no solo implica innovación; también redefine relaciones de dependencia, cadenas de valor y estructuras de poder.
La verdadera disputa ya no consiste únicamente en quién desarrolla el mejor modelo de lenguaje o el chatbot más sofisticado. La batalla se traslada al control de millones de objetos inteligentes que comenzarán a poblar fábricas, hospitales, hogares, vehículos y ciudades. Quien controle esos dispositivos controlará también enormes flujos de datos, procesos productivos y decisiones cotidianas.
La inteligencia artificial está dejando de ser un software para convertirse en infraestructura. Y como ocurre con toda infraestructura estratégica, la pregunta fundamental no es tecnológica, sino política: quién la controla, quién obtiene sus beneficios y quién queda subordinado a ella.




























