El fundador de La Libertad Avanza publicó una carta abierta para exigir la salida de Manuel Adorni y advirtió que el oficialismo corre riesgo de autodestruirse por proteger a un funcionario cuestionado. La pelea ya no viene desde la oposición: ahora explota dentro de la propia familia libertaria.
La política argentina tiene una regla no escrita bastante sencilla. Cuando los enemigos empiezan a criticarte, todavía hay margen para resistir. Cuando los propios comienzan a pedir cabezas, significa que el problema dejó de ser un escándalo y se transformó en una crisis.
Eso es exactamente lo que acaba de ocurrir con Manuel Adorni.
La novedad ya no es que el peronismo quiera echarlo. Tampoco que el radicalismo le retire respaldo. Ni siquiera que el PRO empiece a tomar distancia como quien abandona discretamente una fiesta que terminó mal.
La novedad es otra.
Ahora son los libertarios los que empiezan a pedir que se vaya.
Y no cualquier libertario.
Ramiro Marra, uno de los fundadores originales de La Libertad Avanza, publicó una carta abierta dirigida a Javier Milei donde le pide que eche a Adorni y le deja una advertencia que retumba mucho más fuerte que cualquier discurso opositor.
«El proyecto empieza a morir por dentro».
La frase duele porque viene de alguien que estuvo adentro.
De alguien que conoce las internas.
De alguien que fue expulsado por Karina Milei cuando todavía nadie imaginaba que el principal problema del gobierno terminaría siendo un funcionario incapaz de explicar su patrimonio sin provocar más preguntas que respuestas.
La ironía es espectacular.
Marra fue expulsado en nombre de la disciplina.
Adorni es sostenido en nombre de la lealtad.
Dos varas.
Dos velocidades.
Dos manuales distintos para una misma fuerza política.
Y eso es precisamente lo que denuncia el ex legislador.
Porque detrás de la carta hay una acusación mucho más profunda que la situación personal de Adorni. Lo que Marra pone sobre la mesa es algo que muchos libertarios murmuran en privado desde hace semanas: la sensación de que el proyecto político terminó convirtiéndose en un club cerrado donde las reglas cambian según el apellido del involucrado.
Si el castigado es un dirigente periférico, la motosierra funciona.
Si el cuestionado pertenece al círculo íntimo, aparecen las excepciones.
El problema para Milei es que ese argumento resulta difícil de refutar.
Durante años construyó su identidad política alrededor de una promesa brutalmente simple: terminar con los privilegios de la casta.
Ahora enfrenta una acusación igual de simple.
Estar fabricando la propia.
Por eso la carta de Marra tiene un efecto político más corrosivo que muchas denuncias opositoras. Porque no discute desde afuera. Discute desde la decepción.
No dice que el proyecto libertario fracasó.
Dice algo peor.
Que corre el riesgo de parecerse demasiado a aquello que prometió combatir.
Mientras tanto, en la Casa Rosada siguen aferrados a Adorni con una obstinación que ya desconcierta incluso a sectores oficialistas. Cada día aparecen nuevas revelaciones, nuevas investigaciones, nuevas explicaciones contradictorias y nuevos dolores de cabeza parlamentarios.
Pero el problema dejó de medirse en expedientes.
Ahora se mide en costos políticos.
Y esos costos empiezan a multiplicarse.
La oposición amenaza con una moción de censura.
Los gobernadores se cansan de defender lo indefendible.
Los aliados parlamentarios piden una solución urgente.
Y ahora hasta uno de los fundadores del espacio sale públicamente a reclamar la salida del funcionario.
La pregunta ya no es cuánto resiste Adorni.
La pregunta es cuánto está dispuesto a perder Milei para sostenerlo.
Porque cada gobierno tiene su funcionario intocable.
Y la historia argentina está llena de presidentes que confundieron lealtad con terquedad.
Casi ninguno terminó agradeciendo la diferencia.
Por eso la carta de Marra tiene algo de aviso y algo de epitafio anticipado.
No habla solamente de Adorni.
Habla de un gobierno que empieza a descubrir que las crisis más peligrosas no son las que llegan desde enfrente.
Son las que nacen adentro de casa.
Y hacen ruido desde el comedor.


























