Con el respaldo explícito de Donald Trump, el ultraderechista Abelardo de la Espriella quedó a un paso de la presidencia de Colombia. Mientras la izquierda impugna 33.000 actas y espera el escrutinio definitivo, el continente suma otro dirigente dispuesto a pedir permiso en Washington antes de decidir qué desayuna.
Durante años Colombia exportó café, flores y cantantes.
Ahora parece haber decidido exportar soberanía.
Abelardo de la Espriella, el abogado mediático que construyó su campaña prometiendo mano dura, ajuste, bombardeos internos, megacárceles y alineamiento total con Estados Unidos, quedó a un paso de convertirse en presidente tras imponerse por una diferencia mínima sobre Iván Cepeda en el conteo rápido de la segunda vuelta. La izquierda denunció irregularidades e impugnó 33.000 actas, mientras espera el escrutinio definitivo.
Pero más allá del resultado final, hay algo que ya quedó claro.
Colombia encontró su versión local del dirigente que confunde política exterior con relaciones públicas de la Casa Blanca.
Porque De la Espriella no necesitó disimular demasiado.
Donald Trump lo respaldó públicamente durante la campaña.
Marco Rubio salió a felicitarlo incluso antes de que terminara el proceso institucional.
Javier Milei celebró su triunfo como si hubiera ganado un equipo propio.
Y Daniel Noboa lo saludó como un compañero de ruta ideológica.
Parecía una elección presidencial colombiana organizada por una franquicia internacional.
La escena tiene algo de tragicomedia latinoamericana.
Mientras millones de colombianos discutían salarios, empleo, violencia, educación o salud, los padrinos internacionales debatían seguridad hemisférica, alineamientos geopolíticos y quién será el próximo alumno ejemplar del curso acelerado de obediencia continental.
De la Espriella promete defender la Constitución.
También promete gobernar mediante una catarata de decretos apenas asuma.
Promete respetar la democracia.
Y al mismo tiempo habla de enemigos internos, fumigaciones masivas y cruzadas nacionales.
Es una combinación curiosa: el discurso de la libertad administrado con manual de instrucciones bastante autoritario.
Nada demasiado novedoso.
La región ya conoce esa película.
Cambian los protagonistas.
Cambia el acento.
Cambia la bandera.
Pero el libreto suele ser el mismo.
Primero aparece el candidato que asegura venir a combatir a la casta.
Después llegan los aplausos de Washington.
Más tarde aparecen los asesores extranjeros.
Finalmente desembarca la vieja receta de siempre: ajuste para abajo, privilegios para arriba y patriotismo de exportación.
La verdadera paradoja es que buena parte de estos dirigentes construyen su identidad política hablando de independencia nacional.
Y terminan recibiendo felicitaciones antes de ser proclamados oficialmente por las autoridades de su propio país.
La izquierda colombiana creció.
Movilizó millones de votos.
Consolidó una estructura política inédita en la historia reciente del país.
Pero volvió a encontrarse con un problema que atraviesa a gran parte de América Latina: una derecha que puede estar dividida durante meses, pero que se ordena disciplinadamente cuando llega la hora de defender intereses compartidos.
Si el resultado se confirma, Colombia no habrá elegido solamente un presidente.
Habrá elegido una orientación política.
Una donde las decisiones estratégicas parecen redactarse mirando más hacia Miami que hacia Bogotá.
Una presidencia que se presenta como profundamente patriótica mientras recibe ovaciones de quienes históricamente consideran a América Latina su patio trasero.
Nada nuevo bajo el sol.
Simplemente otro capítulo de esa vieja tradición regional donde algunos gobernantes se envuelven en la bandera nacional para terminar funcionando como representantes comerciales de intereses ajenos.
Con una diferencia.


























