La jefa del bloque libertario faltó a la convocatoria de Manuel Adorni en Casa Rosada y, al mismo tiempo, sus aliados cordobeses impulsan proyectos para reclamar su destitución. Mientras Milei intenta salvar a su jefe de Gabinete, Patricia parece practicar un deporte que domina desde hace décadas: estar adentro, afuera y arriba de la mesa al mismo tiempo.
La política argentina tiene una fauna extraordinaria. Están los militantes, los operadores, los traidores, los leales, los conversos y después está Patricia Bullrich, una categoría zoológica aparte que logró atravesar medio siglo de gobiernos sin quedar nunca debajo de los escombros. Cambian los presidentes, cambian las ideologías, cambian los slogans y cambian las camisetas. Patricia siempre aparece del lado donde todavía queda oxígeno.
Por eso nadie en Buenos Aires creyó la historia de los «problemas de agenda».
Manuel Adorni organizó una ronda de reuniones en Casa Rosada para intentar juntar respaldo político antes de que el Senado lo convierta en el primer jefe de Gabinete de la historia en conocer de cerca la palabra destitución. Necesitaba fotos, gestos, abrazos, palmadas en la espalda. Necesitaba demostrar que todavía tenía amigos.
Patricia decidió no ir.
Formalmente tenía compromisos.
Políticamente tenía otras prioridades.
Y en la Rosada entendieron perfectamente el mensaje.
Porque cuando un político falta a una reunión importante puede ser casualidad. Cuando Patricia Bullrich falta a una reunión importante suele ser un comunicado de prensa.
La ministra sabe que Adorni dejó de ser un funcionario y empezó a convertirse en un problema contable. Cada semana aparece un dato nuevo, una factura nueva, una declaración nueva o un familiar nuevo explicando de dónde salió una fortuna que parece reproducirse más rápido que los conejos.
La defensa oficial ya se parece a una temporada perdida de Netflix.
Primero fueron los bitcoins.
Después las casas.
Después las sábanas.
Después el flipper.
Después el country.
Después el tío.
Después la caja de zapatos.
A este ritmo falta que aparezca un pergamino templario explicando que los dólares fueron enterrados por los jesuitas.
Y Patricia, que podrá cambiar de partido como quien cambia de carril en la Panamericana, pero nunca perdió el olfato para detectar cadáveres políticos, ya empezó a tomar distancia.
Lo interesante es que no necesita atacar.
Le alcanza con correrse.
En política el silencio también mata.
Mientras ella se ausentaba elegantemente de la convocatoria de Adorni, sus aliados en Córdoba avanzaban para reclamar su salida. Oscar Agost Carreño impulsa proyectos contra el jefe de Gabinete y presiona para que los legisladores acompañen una eventual remoción.
La escena tiene una belleza quirúrgica.
Patricia no empuja el piano.
Simplemente se asegura de que nadie lo sostenga cuando empiece a caer por la escalera.
En la Casa Rosada ya hay funcionarios que observan la situación con una mezcla de preocupación y resignación. El problema no es solamente Adorni. El problema es que muchos empiezan a sospechar que el Gobierno está gastando más energía en defender a un funcionario cuestionado que en gobernar.
Y cuando eso ocurre, la política entra en una fase peligrosa.
La fase donde todos empiezan a pensar en el día después.
Los aliados parlamentarios calculan costos.
Los gobernadores toman distancia.
Los ministros cuidan sus propios territorios.
Los operadores buscan nuevos jefes.
Y los amigos descubren compromisos impostergables en la agenda.
Es exactamente lo que está ocurriendo.
Por eso la verdadera noticia no es que Patricia haya faltado.
La verdadera noticia es que ya nadie parece escandalizarse por su ausencia.
Porque todos entendieron lo mismo.
Bullrich ya está actuando como si Adorni fuera pasado.
Y cuando Patricia empieza a comportarse como si alguien fuera pasado, generalmente es porque lleva varias estaciones de ventaja respecto del resto.
La ironía es magnífica.
La Libertad Avanza llegó prometiendo terminar con las conspiraciones de la vieja política, las operaciones palaciegas y las puñaladas internas.
Dos años después están protagonizando una colección completa de clásicos nacionales.
Lealtades que duran hasta la próxima encuesta.
Aliados que se vuelven prescindibles.
Funcionarios convertidos en fusibles.
Y dirigentes que descubren repentinamente que tienen agenda justo cuando el barco empieza a hacer agua.
Mientras tanto, Adorni sigue recorriendo despachos intentando juntar respaldos.
Lo hace con la misma expresión de quien busca voluntarios para cargar un piano durante una inundación.
El problema es que muchos de los que deberían ayudarlo ya están ocupados tomando medidas para las cortinas de la oficina que quedará vacante.
Y Patricia, desde una distancia prudente, observa el espectáculo con la tranquilidad de quien lleva décadas sobreviviendo a naufragios ajenos.
Después de todo, en la política argentina hay funcionarios que construyen poder.
Y hay otros que sirven para explicar por qué existen los fusibles.


























