Desde la entrada en vigor del alto el fuego en octubre de 2025, más de mil palestinos murieron en la Franja de Gaza, entre ellos al menos 121 mujeres y 253 niños. Mientras Israel sostiene que sus operaciones apuntan contra Hamás y zonas consideradas de riesgo militar, organismos humanitarios denuncian que la tregua se convirtió en una ficción para una población que continúa viviendo bajo bombardeos, bloqueo y desplazamiento forzado.
La palabra «alto el fuego» suele asociarse con el fin de las hostilidades. Sin embargo, en Gaza ocurre exactamente lo contrario. Ocho meses después de la entrada en vigor de la tregua anunciada en octubre de 2025, el territorio palestino continúa registrando muertes diarias, ataques aéreos, disparos de artillería y operaciones militares israelíes que ya dejaron más de mil fallecidos. Entre las víctimas se encuentran al menos 121 mujeres y 253 niños, cifras que reflejan el peso desproporcionado que la guerra sigue teniendo sobre la población civil.
La situación expone una de las principales contradicciones del conflicto actual. Formalmente existe un cese de hostilidades, pero sobre el terreno la violencia nunca desapareció. Israel sostiene que sus fuerzas actúan contra miembros de Hamás o contra personas que ingresan en áreas militares restringidas, especialmente en torno a la denominada «Línea Amarilla», la franja de seguridad establecida por las Fuerzas de Defensa de Israel dentro del enclave palestino. Sin embargo, la magnitud de las víctimas civiles alimenta cuestionamientos crecientes de organismos internacionales, gobiernos europeos y organizaciones de derechos humanos.

El caso de los hermanos Abdullah y Salah al-Abed, de 9 y 12 años, asesinados junto a otro adolescente mientras jugaban frente a una mezquita en abril, se convirtió en uno de los símbolos de esta nueva etapa del conflicto. También lo hizo la muerte de Islam Karsou, embarazada de gemelos, junto a sus dos hijos pequeños tras el impacto de un misil sobre su vivienda. Son historias que se repiten una y otra vez en un territorio donde prácticamente no existen espacios seguros.
La crisis humanitaria continúa agravándose porque la tregua nunca vino acompañada de un levantamiento efectivo del bloqueo. Israel mantiene el control de los accesos terrestres, marítimos y aéreos a Gaza, lo que limita severamente la entrada de alimentos, combustible, medicamentos y materiales para la reconstrucción. Diversas agencias humanitarias han advertido durante los últimos meses sobre el riesgo de hambrunas localizadas, el colapso de hospitales y la expansión de enfermedades prevenibles entre una población sometida a desplazamientos constantes.
La dimensión de la tragedia adquiere todavía mayor relevancia si se analiza dentro del contexto político más amplio. El gobierno de Benjamin Netanyahu ha dejado claro que su objetivo estratégico no se limita a responder a ataques de Hamás. Durante los últimos meses, distintos funcionarios israelíes defendieron públicamente una presencia militar prolongada en Gaza y el establecimiento de nuevas zonas de control permanente. Incluso Alemania, uno de los aliados históricos de Israel en Europa, manifestó preocupación ante anuncios vinculados a una eventual ocupación de hasta el 70% del territorio gazatí.

Esta estrategia coincide con una transformación profunda del conflicto regional. La guerra ya no involucra únicamente a Israel y Hamás. Los enfrentamientos con Hezbolá en el Líbano, la confrontación con Irán, la participación directa de Estados Unidos y las tensiones en el estrecho de Ormuz convirtieron la crisis en un conflicto de alcance regional con consecuencias globales. En ese escenario, Gaza corre el riesgo de convertirse en un frente permanente de baja intensidad donde la violencia se normaliza y las víctimas civiles desaparecen de la agenda diplomática internacional.
Los números ayudan a comprender la magnitud del problema. Desde el inicio de la guerra, en octubre de 2023, decenas de miles de palestinos murieron en Gaza y gran parte de la infraestructura civil quedó destruida. Barrios enteros fueron reducidos a escombros, hospitales dejaron de funcionar y millones de personas fueron desplazadas. Lo que ocurre desde octubre de 2025 demuestra que la tregua no modificó sustancialmente esa realidad. La guerra dejó de ocupar titulares permanentes, pero continúa produciendo muertos.
Para los habitantes de Gaza, la diferencia entre guerra y paz parece haberse vuelto cada vez más difusa. Muchos sobreviven en campamentos improvisados, entre ruinas, dependiendo de ayuda humanitaria insuficiente y bajo la amenaza constante de nuevos ataques. La historia del bebé Mohammed al-Khatib, que perdió una pierna y fue sometido a múltiples cirugías después de que un ataque matara a su madre, resume una tragedia colectiva que ya atraviesa varias generaciones de palestinos.

El debate internacional comienza a desplazarse hacia una pregunta incómoda: ¿puede considerarse vigente un alto el fuego cuando continúan muriendo civiles de manera sistemática? Para Israel, la respuesta es afirmativa porque sostiene que sus operaciones son defensivas y selectivas. Para gran parte de la comunidad internacional, en cambio, los hechos muestran que la violencia estructural nunca se detuvo.
Mientras las potencias discuten acuerdos regionales, memorandos diplomáticos y nuevas rondas de negociación, Gaza sigue acumulando muertos. Y cada nuevo niño asesinado durante una supuesta tregua erosiona aún más la credibilidad de un proceso que prometía reducir la violencia y terminó convirtiéndose en una pausa administrativa dentro de una guerra que nunca terminó.


























