Sergio Agüero quedó en el centro de la polémica tras calificar como «paros boludos» a las medidas de fuerza que se realizan en Argentina. El exfutbolista propuso detener el país cuando juega la Selección, pero terminó abriendo una discusión mucho más incómoda sobre trabajo, privilegios y realidad social.
Hay una vieja costumbre argentina que consiste en creer que todos los problemas del país desaparecen durante noventa minutos cuando juega la Selección.
La inflación se toma un descanso.
Los alquileres dejan de aumentar.
Los salarios recuperan poder de compra.
Los hospitales consiguen insumos.
Los jubilados llegan a fin de mes.
Y las tarifas vuelven mágicamente a 2015.
Todo gracias a un gol de Messi.
Al menos esa parece ser la teoría económica alternativa que descubrió Sergio Agüero durante una transmisión de ESPN.
El Kun propuso que cada vez que juegue Argentina haya paro nacional. Hasta ahí era una ocurrencia futbolera, una de esas frases que suelen perderse entre risas de estudio y comentarios de ocasión.
Pero después decidió explicar su idea.
Y ahí apareció el problema.
«Si ponemos cada paro boludo…», lanzó al aire, dejando congelados por unos segundos al resto de la mesa.
El Pollo Vignolo intentó rescatar la situación.
Gallardo eligió la diplomacia del silencio.
Tevez miró como quien acaba de escuchar a un amigo decir una barbaridad en un asado familiar.
Y las redes hicieron lo que hacen siempre: convertir diez segundos de televisión en una batalla campal.
Porque la frase tiene una dificultad evidente.
Los paros pueden gustar o no gustar.
Pueden ser efectivos o inútiles.
Pueden ser oportunos o desastrosos.
Pero suelen aparecer porque hay trabajadores que no llegan a fin de mes, docentes que reclaman salarios, médicos que denuncian recortes o sectores enteros que sienten que los están dejando afuera de la fiesta.
No nacen porque alguien se levantó aburrido un martes por la mañana.
El comentario del Kun expone algo que viene pasando cada vez más seguido entre ciertas celebridades argentinas.
Una desconexión sideral con la vida cotidiana.
Es fácil considerar exagerado un reclamo salarial cuando el problema más urgente del día consiste en decidir desde qué palco mirar un partido.
Es fácil burlarse de los conflictos laborales cuando el resumen bancario ya no entra en una sola pantalla.
Y es muy fácil minimizar el malestar social cuando hace años que el precio de un litro de leche dejó de ser una preocupación personal.
La paradoja es maravillosa.
Agüero quería homenajear a la Selección.
Terminó regalando una clase acelerada sobre privilegios.
Porque millones de argentinos ven los partidos mientras trabajan.
Manejan colectivos.
Atienden comercios.
Cubren guardias.
Cuidan pacientes.
Preparan pedidos.
Conducen taxis.
Trabajan en fábricas.
Y después llegan a sus casas para ver a Messi.
No porque no amen el fútbol.
Sino porque la heladera todavía no acepta goles como medio de pago.
Lo más curioso es que el propio Mundial demuestra exactamente lo contrario de lo que planteó el ex delantero.
La Selección emociona precisamente porque la gente sigue viviendo una vida normal.
Porque el albañil, la enfermera, el docente, el empleado de comercio y el jubilado encuentran un rato para festejar juntos.
Si todo fuera una fiesta permanente, los goles tendrían bastante menos valor.
Por eso la reacción fue tan intensa.
No porque el Kun haya insultado a nadie en particular.
Sino porque resumió en una sola frase una idea bastante extendida entre quienes observan la realidad desde una distancia cómoda: creer que los conflictos sociales son una molestia administrativa y no la consecuencia de problemas concretos.
Mientras tanto, Argentina le ganó a Austria, Messi volvió a romper récords y la Selección avanzó en el Mundial.
La alegría duró toda la noche.
Los salarios siguieron siendo los mismos al día siguiente.
Y los paros, para bien o para mal, siguieron existiendo.
Resulta que la realidad tiene una costumbre insoportable.
No se suspende porque haya partido.


























