La informalidad laboral alcanzó al 44,2% de los ocupados durante el primer trimestre de 2026 y marcó un récord histórico. Mientras el Gobierno celebra indicadores de actividad y desaceleración inflacionaria, crecen las changas, el empleo sin aportes y la búsqueda desesperada de ingresos extra para llegar a fin de mes.
La promesa libertaria de una economía más dinámica y generadora de empleo choca contra una realidad cada vez más difícil de ocultar. Durante el primer trimestre de 2026, la informalidad laboral alcanzó el 44,2% de los trabajadores ocupados, el nivel más alto desde que existen registros comparables. Detrás de ese porcentaje se esconden casi 10 millones de argentinos que trabajan sin estabilidad, sin aportes jubilatorios, sin cobertura adecuada y, en muchos casos, sin garantías mínimas de ingresos.
La cifra difundida por el INDEC expone una de las principales consecuencias del modelo económico impulsado por Javier Milei: la destrucción de empleo formal en sectores productivos y su reemplazo por ocupaciones precarias, cuentapropismo de subsistencia y plataformas digitales que trasladan todos los riesgos al trabajador.
La fotografía laboral actual muestra una paradoja inquietante. El desempleo se mantiene por debajo de los dos dígitos, pero esa aparente estabilidad se explica en buena medida por la expansión del trabajo informal. En otras palabras, miles de personas que antes tenían empleos registrados hoy sobreviven realizando changas, manejando para aplicaciones, repartiendo pedidos o encadenando múltiples actividades de bajos ingresos para sostenerse.
La precarización ya no es un fenómeno marginal. Se convirtió en una característica estructural del mercado laboral argentino. Según los datos oficiales, el 37,9% de los asalariados trabaja sin descuentos jubilatorios realizados por sus empleadores. Hace apenas un año la cifra era del 36,3%. La tendencia es clara: cada vez más trabajadores pierden derechos laborales básicos mientras el empleo registrado continúa debilitándose.
La situación es todavía más grave entre quienes ya se encuentran fuera de la formalidad. El 84,5% de los asalariados informales tampoco realiza aportes previsionales propios, lo que anticipa un problema social de enorme magnitud para los próximos años. La precarización actual es también una fábrica de futuros jubilados sin cobertura suficiente.
Los datos coinciden con lo que sucede en los barrios populares. Un relevamiento reciente realizado en Florencio Varela reveló que el 44% de los hogares necesita intensificar changas y trabajos ocasionales para complementar ingresos que ya no alcanzan para cubrir gastos básicos. El fenómeno se replica en gran parte del Conurbano bonaerense y en numerosas ciudades del interior.
La crisis no se limita a quienes están desocupados. Cada vez más personas tienen empleo y, aun así, buscan otro trabajo. La tasa de ocupados demandantes de empleo alcanzó el 15,8%, reflejando una realidad cada vez más frecuente: trabajadores que cumplen jornadas completas pero cuyos ingresos resultan insuficientes para sostener a sus familias.
A esto se suma una subocupación del 11,1%. Son personas que trabajan menos horas de las que necesitan y desean ampliar su jornada laboral para mejorar sus ingresos. La combinación de informalidad, subocupación y búsqueda permanente de empleo configura un mercado laboral fragmentado y crecientemente vulnerable.
La estructura productiva ayuda a explicar este deterioro. Mientras la industria, la construcción y buena parte de las actividades generadoras de empleo formal continúan golpeadas por la apertura importadora, la caída del consumo y el encarecimiento del crédito, crecen ocupaciones vinculadas a servicios de baja productividad, logística urbana y plataformas digitales.
El resultado es una economía que puede mostrar ciertos indicadores de estabilidad macroeconómica, pero que lo hace a costa de una degradación acelerada de las condiciones laborales. La recuperación que exhiben algunos sectores exportadores vinculados a la energía, la minería o el agro no alcanza para absorber el empleo perdido en actividades intensivas en mano de obra.
La informalidad récord también pone en cuestión uno de los argumentos centrales del oficialismo. Si la economía realmente estuviera generando empleo de calidad, los niveles de trabajo no registrado deberían descender. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: la precarización crece más rápido que la actividad económica.
Con la reforma laboral impulsada por el Gobierno ya en plena vigencia y sin señales de recuperación sostenida del empleo formal, el escenario plantea interrogantes profundos sobre el futuro del mercado de trabajo argentino. Porque detrás de cada estadística hay millones de personas que trabajan más, ganan menos y viven con menos derechos que hace apenas unos años.
La verdadera herencia que está dejando este modelo económico no es solamente una caída del salario real o del consumo. Es la consolidación de una Argentina donde cada vez más trabajadores tienen empleo, pero cada vez menos tienen trabajo digno.


























