Cristina Kirchner, Sergio Massa y Axel Kicillof celebraron la reelección del presidente brasileño, que derrotó a Flávio Bolsonaro con el 51,79% de los votos. Pero el resultado de Brasil también deja una pregunta incómoda para la oposición argentina: ¿de qué sirve festejar una victoria ajena si todavía no logra construir una alternativa política, económica y electoral capaz de disputar el poder en su propio país?
Lula da Silva consiguió lo que parecía muy difícil al comienzo de la segunda vuelta brasileña: revertir la ventaja electoral de Flávio Bolsonaro y obtener su cuarta presidencia. Según el Tribunal Superior Electoral, reunió 64.256.232 votos, el 51,79%, contra 59.826.041, el 48,21%, de su adversario. Una diferencia superior a 4,4 millones de sufragios.
En Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, Sergio Massa y Axel Kicillof celebraron el resultado. La expresidenta habló de un 17 de Octubre electoral; Massa reivindicó la trayectoria del dirigente brasileño y Kicillof destacó la capacidad de revertir una situación adversa.
El entusiasmo es comprensible. Lula representa una tradición política vinculada con el sindicalismo, el Partido de los Trabajadores (PT) y las políticas de inclusión social. Su reelección también modifica el escenario regional después del respaldo público de Javier Milei a Bolsonaro.
Pero una victoria del progresismo brasileño no constituye una victoria del peronismo argentino. Confundir ambas cosas sería otro síntoma de los problemas que atraviesa la oposición.

Tres años de oposición y demasiadas oportunidades desperdiciadas
Desde diciembre de 2023, el peronismo ha tenido dificultades para construir una estrategia nacional coherente frente al gobierno libertario. Sus principales dirigentes alternaron enfrentamientos internos, negociaciones parlamentarias, declaraciones públicas y disputas anticipadas por las candidaturas de 2027.
Hubo resistencia legislativa, movilizaciones sociales y acciones judiciales relevantes, especialmente en defensa de las universidades, las jubilaciones y los derechos de las personas con discapacidad. Desconocerlas sería injusto con los legisladores, sindicatos, estudiantes y organizaciones que protagonizaron esas luchas.
El problema es que esas resistencias no se transformaron en una propuesta política común.
La oposición ha conseguido denunciar medidas gubernamentales, pero no ha logrado explicar con suficiente claridad qué modelo económico ofrecería para recuperar salarios, combatir el endeudamiento familiar, desarrollar la industria y reducir la dependencia financiera externa.
Tampoco resolvió sus propias contradicciones. Mientras algunos sectores cuestionan el ajuste, otros mantienen acuerdos parlamentarios con el oficialismo. Mientras reclaman unidad, las conducciones siguen enfrentadas por el control partidario y las candidaturas.
El resultado es una oposición que aparece con frecuencia reaccionando a la agenda de Milei, en lugar de instalar una agenda propia.

La lección de Lula no está en la foto, sino en la organización
Lula no consiguió su victoria simplemente denunciando a Bolsonaro. Su campaña recuperó capacidad de movilización territorial, articuló sectores políticos y sociales y fortaleció su presencia digital.
Agência Brasil destacó el papel de las organizaciones estudiantiles, los movimientos sociales y las redes de comunicación que participaron de la remontada. El PT también consiguió coordinar una campaña que superó las fronteras de su propia estructura partidaria.
El peronismo debería estudiar esa experiencia sin idealizarla. Brasil también atraviesa problemas de seguridad, desigualdad y costo de vida, y el resultado ajustado demuestra que la polarización sigue vigente.
La enseñanza no es que la izquierda siempre vence a la derecha ni que alcanza con formar una coalición amplia. Es que una fuerza política necesita organización, liderazgo, propuestas reconocibles y capacidad de convencer a quienes todavía no comparten sus posiciones.
En Argentina, el peronismo conserva gobernaciones, intendencias, sindicatos, organizaciones sociales y representación parlamentaria. No parte de cero. Tiene una estructura que muchos partidos desearían.
Lo que todavía no ha conseguido es transformar ese capital territorial en una narrativa convincente sobre el futuro del país.
Basta de discutir candidaturas mientras la sociedad espera respuestas
Kicillof, Massa, Máximo Kirchner y los gobernadores volvieron a reunirse para hablar de unidad y defender las primarias. Es un paso político, pero insuficiente.
La sociedad necesita conocer qué harían ante problemas concretos: cómo recuperarían el poder adquisitivo, de dónde saldrían los recursos para financiar universidades y hospitales, cómo administrarían la deuda pública y qué estrategia productiva proponen frente a la apertura económica.
También corresponde una autocrítica sobre la gestión anterior. El peronismo no perdió las elecciones de 2023 exclusivamente por una campaña eficaz de Milei. Llegó a esa disputa después de una experiencia de gobierno marcada por inflación, caída de ingresos y conflictos internos. Recuperar credibilidad exige reconocer esos antecedentes, no esconderlos detrás de nuevas consignas.
Hay una diferencia entre construir unidad para distribuir lugares en las listas y construir unidad para gobernar. La primera requiere acuerdos entre dirigentes. La segunda demanda un programa, equipos, compromisos verificables y disposición a rendir cuentas.
El peronismo quiere aprender de Lula, debería comenzar por dejar de comportarse como una oposición que espera que el oficialismo se desgaste por sí solo.
El problema no es que Milei sea fuerte: es que la oposición todavía no convence
Milei ha conseguido imponer buena parte de los términos del debate público. Incluso cuando recibe críticas por sus políticas económicas o sus enfrentamientos institucionales, continúa ocupando el centro de la discusión.
Frente a eso, el peronismo suele responder con comunicados, fotografías de unidad y disputas sobre quién encabezará la próxima etapa.
La victoria brasileña no resuelve ninguna de esas dificultades. Tampoco garantiza que una estrategia exitosa en Brasil pueda reproducirse automáticamente en Argentina.
Lo que sí demuestra es que una situación electoral adversa puede modificarse mediante trabajo político sostenido.
El peronismo tiene derecho a celebrar el triunfo de Lula. Pero después del brindis debería hacerse una pregunta bastante menos cómoda: qué hizo durante estos casi tres años para que los argentinos vuelvan a confiar en él.
Porque los problemas económicos y sociales del país no se solucionan con la derrota de Bolsonaro, ni la reelección de Lula sustituye la construcción de una alternativa argentina.
Si Cristina, Massa, Kicillof y los gobernadores quieren ofrecer algo más que una foto, tienen que ponerse a trabajar en un programa compartido, asumir sus errores y demostrar para qué quieren volver al poder.
Brasil acaba de elegir a su presidente. En Argentina, el peronismo todavía tiene que demostrar que aprendió por qué perdió el Gobierno.
Y, sobre todo, que sabe qué haría distinto si lo recuperara.


























