La mujer afrodescendiente participó en las campañas independentistas de 1820 y 1821, empuñó armas y recibió una bandera del general Juan Gregorio de Las Heras. Después reclamó su emancipación ante José de San Martín. Su historia, estudiada también por la historiadora Lea Geler, expone una contradicción de la independencia: quienes combatían por la libertad de los pueblos no siempre podían conquistar la propia.
Mientras los ejércitos independentistas combatían contra la dominación española, una mujer negra llamada Josefa Tenorio participaba de aquellas campañas pese a permanecer sometida a la esclavitud. Su nombre no figura entre los grandes protagonistas de los manuales escolares, pero una petición dirigida a las autoridades revolucionarias conserva el testimonio de sus servicios militares y de su lucha por obtener el reconocimiento de sus derechos.
Josefa estaba esclavizada por una mujer llamada Gregoria Aguilar. Se desconocen su lugar y fecha de nacimiento, su edad y buena parte de su vida. Según el relato que presentó a las autoridades, cuando recibió noticias de una nueva amenaza de las fuerzas realistas decidió vestirse de hombre, presentarse ante los mandos patriotas y solicitar un fusil. Fue incorporada a tareas militares, recibió sable y pistola, realizó patrullajes y salió a campaña montando su propio caballo.
Su testimonio señala que el general Juan Gregorio de Las Heras le confió una bandera para custodiarla y defenderla. Posteriormente, quedó incorporada a las fuerzas de Toribio Dávalos, con las que afirmó haber participado en el sitio de los castillos del Callao y en las acciones de San Borja, Chacra Alta, Copacabana y Puruchuca, durante las campañas peruanas de 1820 y 1821. Esas declaraciones constituyen la base de su reconocimiento posterior como abanderada de la independencia.
Su participación desafiaba las jerarquías de una sociedad que subordinaba a las mujeres y mantenía la esclavitud. Las personas esclavizadas incorporadas a los ejércitos patriotas podían obtener la emancipación mediante disposiciones militares, años de servicio o decisiones administrativas, aunque esas posibilidades estaban sujetas a condiciones que no siempre se cumplían.
La carta que puso a prueba la libertad de la Patria
Después de los servicios que declaró haber prestado, Josefa presentó una petición dirigida a José de San Martín. El documento, reproducido en un cuadernillo del Museo Histórico Nacional argentino y atribuido a un expediente de comienzos de la década de 1820, describe sus tareas militares y contiene una afirmación excepcional para una mujer de su época:
«Mi sexo no ha sido impedimento para ser útil a la patria».
La frase evidencia su conciencia de las barreras que enfrentaba y su determinación de hacerse reconocer como combatiente. No solicitaba un homenaje ni una distinción militar. Al finalizar su exposición, formuló una exigencia concreta:
«Y se sirva declarar mi libertad que es lo único que apetezco».
La respuesta atribuida a San Martín, reproducida por el Instituto Nacional Sanmartiniano y el portal educativo oficial Educ.ar, dispuso que se la tuviera presente en el primer sorteo destinado a conceder la emancipación a personas esclavizadas. Sin embargo, esa resolución no equivalía a una concesión inmediata y su situación jurídica continuaba dependiendo de un procedimiento posterior.
La documentación conocida no permite establecer qué ocurrió finalmente con Josefa. Tampoco se han podido reconstruir las circunstancias de sus últimos años. Su trayectoria permanece vinculada a un expediente cuyo desenlace todavía no ha sido esclarecido.
Lea Geler y la memoria de una historia silenciada
La historiadora y antropóloga Lea Geler, investigadora especializada en la población afroargentina abordó la figura de Josefa Tenorio en su trabajo «¡Pobres negros! Algunos apuntes sobre la desaparición de los negros argentinos». Su investigación permite comprender tanto la participación afrodescendiente en la construcción nacional como los mecanismos mediante los cuales sus protagonistas fueron desplazados de la memoria colectiva.
Geler recupera el tratamiento que el escritor Alfredo Taullard hizo de Josefa en Nuestro antiguo Buenos Aires, publicado en 1927. Taullard afirmaba haber encontrado un expediente que documentaba su actuación militar y llegó a sostener que había conseguido la emancipación. Sin embargo, la historiadora advierte que el autor no proporcionó datos que permitieran identificar ese documento, una limitación importante para verificar el desenlace de su historia.
La investigadora también examina una contradicción de la memoria nacional: los afrodescendientes podían aparecer como soldados heroicos, trabajadores fieles o servidores de la Patria, mientras sus experiencias, organizaciones y reivindicaciones quedaban subordinadas a un relato que terminaría presentando a la Argentina como una nación esencialmente blanca y europea.
En su artículo «Afrolatinoamericanas. Una experiencia de subversión estereotípica», publicado en 2012, Geler volvió sobre la figura de Josefa al estudiar una representación teatral que recuperaba testimonios históricos de mujeres afrodescendientes. La carta de la combatiente formó parte de aquella experiencia destinada a devolver presencia y voz a protagonistas cuyas trayectorias habían sido relegadas.
El problema excede esta biografía. La participación afrodescendiente en las guerras de independencia obliga a revisar una narrativa concentrada durante generaciones en generales, gobernantes y grandes familias, que prestó considerablemente menos atención a quienes sostuvieron con su trabajo y sus cuerpos las campañas militares.
La Asamblea del Año XIII había aprobado la libertad de vientres, pero esa medida no significó la abolición inmediata de la esclavitud. Miles de personas continuaron jurídicamente sometidas a sus propietarios, mientras los ejércitos revolucionarios incorporaban afrodescendientes libres y esclavizados, en ocasiones mediante promesas de emancipación sujetas a determinadas condiciones. La abolición definitiva en el territorio de la Confederación Argentina llegaría décadas después, con la Constitución de 1853, y en Buenos Aires tras su incorporación al orden constitucional nacional.

En ese contexto, Josefa Tenorio representa mucho más que una figura militar olvidada. Su petición muestra a una mujer capaz de invocar sus propios méritos, cuestionar las limitaciones impuestas a su sexo y exigir una respuesta jurídica a las autoridades que encabezaban la revolución.
Dos siglos después, todavía desconocemos buena parte de su vida. La ausencia de documentos sobre su destino contrasta con la precisión con la que la historia nacional ha conservado las biografías de los grandes jefes militares.
Josefa Tenorio no pidió un lugar en la historia: reclamó un derecho. La historia argentina todavía le debe el reconocimiento que merece.


























