En una escuela pública de Brasil, dos estudiantes habrían sujetado a un compañero negro de 12 años mientras un tercero le arrojaba bananas y lo llamaba mono. La Policía Civil investiga la denuncia. A cientos de kilómetros, otro joven fue imputado por dibujar la cara de un compañero negro sobre una banana. Parece que la humanidad consiguió llevar inteligencia artificial a las aulas, pero todavía no logró explicarle a ciertos imbéciles que las personas negras somos seres humanos.
En 1888, Brasil abolió oficialmente la esclavitud mediante la Ley Áurea. Ciento treinta y ocho años después, una familia tuvo que acudir a las autoridades porque su hijo negro habría sido inmovilizado y humillado con bananas en una escuela pública. El país consiguió eliminar jurídicamente la propiedad de seres humanos, pero ciertos descendientes de aquella civilización esclavista parecen conservar el manual de instrucciones. Ahora lo llaman broma escolar. Los esclavistas, por lo menos, no tenían la desfachatez de presentarse como humoristas.
El episodio denunciado ocurrió el 28 de octubre en la Escuela Municipal Vereador Benedito Batista, en Contagem, Minas Gerais. Según el relato presentado por la madre, dos estudiantes sujetaron a su hijo de 12 años por los brazos mientras otro le arrojaba bananas y pronunciaba insultos racistas. La familia formalizó la denuncia mediante la plataforma federal Fala.BR. La Municipalidad confirmó su recepción y anunció una investigación administrativa, mientras la Policía Civil comenzó a investigar el caso.
Imagino que alguien ya estará preparando la explicación habitual: son chicos, no entienden lo que hacen, estaban jugando. Extraordinario. A los doce años pueden comprender las reglas del fútbol, manejar teléfonos inteligentes y memorizar las contraseñas de cinco plataformas, pero aparentemente necesitan un doctorado en antropología para descubrir que sujetar a un compañero mientras lo comparan con un animal constituye una humillación racista.

La escuelita del pequeño supremacista
Hay una pregunta que no consigo sacarme de la cabeza: ¿quién les enseñó a esos chicos que una banana podía utilizarse para humillar a una persona negra?.
Porque nadie nace asociando la melanina con un primate. Un bebé puede distinguir rostros y colores, pero no sale del útero con un ejemplar de las teorías raciales del siglo XIX bajo el brazo. El desprecio se aprende, se escucha, se imita y se normaliza. A veces se transmite en la sobremesa familiar, entre un chiste sobre el color de piel y una observación sobre quién debería trabajar limpiando casas.
Después llegan las reuniones escolares, donde algunos adultos descubren horrorizados que sus hijos repiten determinadas expresiones. Qué misterio científico. El niño pasó doce años escuchando que los negros son inferiores y ahora resulta que no desarrolló espontáneamente una conciencia antirracista. Habrá que llamar a la NASA.
Tampoco hace falta imaginar una familia de supremacistas con retratos de Hitler en el comedor. El racismo cotidiano suele ser bastante menos cinematográfico: una risa cómplice, un comentario sobre el cabello afro, una comparación deshumanizante durante un partido de fútbol. Pequeñas lecciones que los adultos imparten sin reconocer que están enseñando.
Y la escuela recibe estudiantes que ya aprendieron muchas cosas antes de abrir un libro. Entre ellas, quién merece respeto y quién puede convertirse en entretenimiento.

La pedagogía de la banana
El 29 de octubre, mientras Brasil conocía nuevas denuncias de violencia racial, la Policía Civil de Porto Alegre imputó a un repartidor de 23 años por presuntos delitos de racismo e injuria racial. El hecho investigado había ocurrido el 25 de junio: según la investigación, el acusado dibujó el rostro de un compañero negro de 20 años sobre una banana y se la entregó. Testigos confirmaron el episodio y el investigado sostuvo que había actuado impulsivamente, sin intención racista.
Me intriga el proceso intelectual necesario para semejante genialidad. El hombre tenía una fruta, un compañero de trabajo y probablemente varias cosas útiles que hacer. Pero decidió dedicarse al retrato racial sobre cáscara comestible. Miguel Ángel necesitó años para pintar la Capilla Sixtina; este artista del racismo contemporáneo resolvió su contribución cultural en el sector de entregas de un centro comercial.
Lo interesante es que la defensa de estas conductas suele refugiarse en la intención. «Era una broma». «No quise ofender». «Fue impulsivo».
Claro. Uno puede tropezarse accidentalmente con una banana. Lo que exige cierto esfuerzo es dibujarle encima la cara de un compañero negro y entregársela. Es una desgracia que algunos adultos pierdan el control de sus impulsos justo cuando encuentran material para representar un estereotipo racista.
En el caso de Porto Alegre, el delegado Vinícius Nahan consideró que la asociación histórica entre personas negras y bananas permitía identificar la intencionalidad racista de la conducta. La defensa cuestiona esa interpretación.
Mientras tanto, una fruta rica en potasio continúa prestando servicios extraordinarios a personas pobres en humanidad.
La madre que tuvo que explicar lo inexplicable
Regresemos a Contagem.
El chico denunció lo ocurrido a su familia. Su madre hizo lo que ninguna madre debería verse obligada a hacer: transformar la humillación de su hijo en un expediente administrativo para que una institución pública reconociera la gravedad de lo sucedido.
La Municipalidad prometió escuchar a los estudiantes involucrados, dialogar con la familia, examinar si existieron episodios anteriores y revisar la actuación de la escuela. Son medidas necesarias. Estado de Minas+1
Pero me interesa especialmente esa última parte: ¿qué ocurrió dentro de la institución mientras presuntamente inmovilizaban al niño?
¿Había docentes cerca? ¿Otros estudiantes presenciaron la escena? ¿Alguien intervino? ¿Existían antecedentes de hostigamiento? Son preguntas que la investigación debe responder.
La educación pública tiene una responsabilidad que excede enseñar matemáticas, geografía y conjugaciones verbales. También debe impedir que un estudiante aprenda, mediante la violencia, que su cuerpo es considerado inferior al de sus compañeros.
Y cuando un chico negro termina necesitando protección frente a otros estudiantes, algo más profundo que la convivencia escolar está en discusión.
No alcanza con organizar una jornada de diversidad, repartir cartulinas de colores y pedir que cada alumno dibuje una mano para demostrar que todos somos iguales. Las manos quedan preciosas en la pared. El problema empieza cuando las mismas instituciones que celebran la diversidad no saben qué hacer frente a una agresión racista.

La herencia que nadie quiere incluir en el testamento
Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud. Durante siglos, millones de africanos fueron sometidos a un sistema económico y social que justificaba su explotación mediante la deshumanización racial.
Aquella estructura necesitó algo más que cadenas. Necesitó convencer a generaciones enteras de que determinados seres humanos valían menos que otros.
La abolición acabó con el régimen jurídico esclavista, pero los prejuicios sobrevivieron en instituciones, prácticas sociales y representaciones culturales. Cambiaron los códigos legales, las autoridades y las formas de discriminación. La vieja asociación racista entre personas negras y animales continuó circulando.
Por eso me parece tan miserable que todavía haya quienes minimicen estas humillaciones como travesuras infantiles.
Convertir a una persona negra en un mono no es una ocurrencia inocente. Es recuperar un repertorio de deshumanización utilizado históricamente para justificar la subordinación de poblaciones enteras.
Y resulta particularmente perverso cuando la víctima es un niño que todavía está construyendo su identidad, su autoestima y su relación con el mundo.
A los doce años uno debería preocuparse por aprobar matemáticas, conseguir figuritas o sobrevivir a la vergüenza de que su madre lo bese delante de sus compañeros. No por descubrir que hay personas capaces de reducirlo a un insulto zoológico.

La psicología educativa y el doctorado en pelotudeces
Estudio Psicología Educativa y hay algo que me interesa especialmente de estos episodios: el aprendizaje social.
Los niños observan comportamientos, interpretan las reacciones de los adultos y pueden incorporar prejuicios presentes en su entorno. También pueden aprender a cuestionarlos cuando encuentran modelos distintos y límites claros.
Por eso resulta insuficiente tratar el racismo escolar exclusivamente como un problema individual de conducta. Hay que examinar qué modelos están disponibles, qué comportamientos reciben aprobación y qué intervenciones realizan las instituciones.
Si un estudiante humilla a otro por su color de piel y sus compañeros celebran la escena, esa reacción también tiene consecuencias educativas. La risa funciona como recompensa social. El silencio puede ser interpretado como permiso.
No necesitamos convertir a todos los niños involucrados en monstruos irrecuperables. Necesitamos comprender cómo llegaron a reproducir semejante violencia y establecer responsabilidades acordes con su edad.
Lo verdaderamente monstruoso sería que los adultos continuaran enseñándoles que la discriminación puede resolverse con una disculpa pronunciada frente a la directora y una promesa de portarse mejor.
Porque una institución que se conforma con hacer repetir «todos somos iguales» sin trabajar sobre las causas del prejuicio está aplicando una pedagogía extraordinaria: pretende combatir siglos de racismo con una frase que cabe en la tapa de un cuaderno.

El racismo no necesita permiso para cruzar fronteras
Soy dominicana, afrodescendiente y argentina por naturalización. Conozco esa curiosa costumbre latinoamericana de celebrar la diversidad cultural mientras se examina con sospecha a quienes la encarnamos.
En nuestros países se bailan ritmos afro, se consumen expresiones culturales nacidas de comunidades negras y se reivindican herencias africanas durante las festividades. Después aparece una persona negra reclamando respeto y algunos descubren que su amor por África tenía condiciones de uso.
Quieren tambores, pero les incomodan las voces. Quieren carnaval, pero les molestan las denuncias. Quieren diversidad en las fotografías institucionales, preferentemente sin que los fotografiados exijan cambios.
Argentina tampoco está fuera de esta conversación. Todavía persisten representaciones que reducen la afrodescendencia a una curiosidad histórica o a una presencia extranjera. Y cuando alguien menciona el racismo, nunca falta el especialista espontáneo que asegura que aquí todos descendemos de europeos, como si el puerto de Buenos Aires hubiera funcionado desde 1810 como una fotocopiadora de pasaportes italianos.
La historia latinoamericana está atravesada por la esclavización africana, el colonialismo y las jerarquías raciales. Brasil tiene particularidades históricas y demográficas, pero el mecanismo de convertir características físicas en argumentos de inferioridad resulta reconocible en distintos países de nuestra región.
Por eso lo ocurrido en Contagem merece atención más allá de Brasil.

El examen que todavía debemos aprobar
Hay algo que quisiera saber sobre el niño de Contagem y que ningún comunicado institucional puede resolver por sí solo.
¿Con qué sentimientos regresará a la escuela? ¿Podrá volver a sentarse en su aula sin temor a otra humillación? ¿Encontrará adultos capaces de escucharlo, protegerlo y garantizar que su educación no quede condicionada por el color de su piel?
La investigación deberá establecer responsabilidades. La escuela tendrá que demostrar mediante acciones concretas cómo protege a sus estudiantes. Y las familias deberán preguntarse qué prejuicios transmiten cuando creen que sus hijos no están aprendiendo nada.
Mientras tanto, convendría abandonar la costumbre de llamar inocencia a cualquier conducta realizada por un menor. La infancia merece protección y educación, pero también necesita límites.
Hay un trabajo pedagógico enorme por delante. Incluye enseñar historia, desmontar estereotipos, reconocer la dignidad ajena y comprender que las palabras pueden convertirse en instrumentos de violencia.
Y para los adultos que todavía consideran gracioso comparar a una persona negra con un mono, tengo una recomendación.
Antes de volver a utilizar una banana para humillar a alguien, recuerden que es una fruta. Se pela, se come y aporta nutrientes.
Si quieren demostrar que tienen un cerebro más desarrollado que el de un primate, prueben utilizarlo.
Porque, a estas alturas, el problema ya no es que ciertos racistas nos comparen con monos.
Es que algunos llevan siglos intentando demostrar su superioridad intelectual y todavía no consiguen superar la banana.


























