El cantautor murió este miércoles 7 de octubre, a los 81 años. Su partida me encontró sentado frente al escritorio de mi padre, que también murió este año. Entre los recuerdos de San Telmo, los partidos de fútbol que ya no volverán, los amigos de toda la vida y una canción que ahora escucho de otra manera, comprendí que algunas despedidas despiertan otras que todavía no terminamos de aceptar.
Piero Antonio Franco De Benedictis murió este miércoles 7 de octubre, a los 81 años. El velatorio será este jueves, de 12:30 a 20:00, en la Sala Velatoria Lázaro Costa, ubicada en O’Higgins 2842, en la Ciudad de Buenos Aires. El viernes, a las 11:00, partirá el cortejo fúnebre hacia el Cementerio de la Recoleta. Son los datos de una despedida pública. Pero algunas ausencias no caben en una crónica ni terminan cuando se cierra la puerta de un cementerio.
Nacido en Italia en 1945 y criado en la Argentina desde los tres años, Piero construyó una obra que unió la canción popular con la conciencia social. Junto al poeta José Tcherkaski escribió Mi viejo, una de esas canciones que atraviesan generaciones porque hablan de algo universal: el amor hacia nuestros padres y la fragilidad que descubrimos en ellos cuando comenzamos a envejecer. También cantó a los olvidados en Pedro Nadie, a la dignidad colectiva en Para el pueblo lo que es del pueblo y a la esperanza en Soy pan, soy paz, soy más. Su música nunca necesitó grandes artificios para decir cosas profundas.
Cuando muere un cantante, suele decirse que se fue de gira. Es una manera piadosa de esquivar la palabra muerte, como si imaginarlo cantando en otro escenario pudiera aliviar su ausencia. Yo no creo que los artistas se vayan de esa manera. Permanecen en las canciones que, sin cambiar una sola palabra, empiezan a significar algo distinto porque fuimos nosotros quienes cambiamos.
Durante años viví en San Telmo. Para ir a jugar al fútbol pasaba por la puerta de la casa de Piero y lo saludaba como a cualquier vecino. Era el hombre cuyas canciones conocía medio continente, pero también alguien que formaba parte de mi vida cotidiana. Nunca imaginé que aquellos encuentros terminarían convirtiéndose en recuerdos tan entrañables.
Mi destino era la cancha de Chacabuco y San Juan, donde me reunía con mis amigos. Compartimos tanto fútbol y tantas cosas que no tenían nada que ver con una pelota. Las bromas, las conversaciones, las discusiones por alguna jugada y esa complicidad que no necesita explicaciones. Íbamos a jugar, pero lo verdaderamente importante era encontrarnos. Hay felicidades que solamente reconocemos cuando ya no podemos volver a vivirlas de la misma manera.
La artrosis degenerativa terminó imponiéndome un límite que mi voluntad se resistía a aceptar. Mis amigos me organizaron una despedida con asado y fútbol. No podía haber sido de otra manera. Fue un gesto de cariño que todavía me emociona, porque ellos entendían cuánto significaban para mí aquellas tardes. No hicieron falta grandes discursos: bastaron la mesa compartida, las bromas de siempre y una pelota.
Cuando dejé de jugar, también dejé de ir a la cancha. Perdí la excusa que nos reunía sin necesidad de organizar demasiado nuestras vidas. Mis amigos siguieron siendo mis amigos, pero nuestra manera de encontrarnos cambió. Y entre los recuerdos de aquellos últimos días aparece Piero, a quien saludé camino a uno de esos partidos sin saber que también aquellas pequeñas costumbres estaban llegando a su fin.
Este año murió mi papá. Su partida fue mucho más que una ausencia. Con él se fueron certezas, costumbres y una parte de la vida que conocía. A veces las pérdidas no llegan solas: se acumulan, transforman nuestros días y nos obligan a aprender a vivir de otra manera. Este último año perdí muchas cosas, algunas definitivamente, otras sin siquiera advertir cuándo habían comenzado a desaparecer.
Hoy estoy sentado en el escritorio que fue de mi padre, preparándome para escribir en el periódico que ayudé a fundar. Los objetos siguen en su lugar, pero ya nada significa exactamente lo mismo. Fue allí donde me encontró la noticia de la muerte de Piero. Y lo primero que vino a mi memoria no fueron sus premios ni sus conciertos. Fue Mi viejo.
Pensé en aquella primera frase, «Es un buen tipo mi viejo», y sentí que la canción me hablaba de una manera que nunca antes había experimentado. La había escuchado innumerables veces, pero hoy comprendí algo que quizá solamente puede comprenderse después de perder a un padre. José Tcherkaski escribió aquellos versos inspirándose en el suyo, y Piero les dio una voz que terminó perteneciendo a millones de hijos. Hablan de un hombre que envejece, de la distancia entre generaciones y de esa ternura que aparece cuando descubrimos que nuestros padres también tuvieron sueños, miedos y tristezas mientras nosotros estábamos ocupados creciendo.
Pero en medio de esta tristeza existe algo hermoso: mi hijo Gonzalo sigue yendo a jugar al fútbol. Mantiene viva una tradición que para mí fue mucho más que un deporte. Le pido a Dios que encuentre en esas tardes la misma felicidad que yo encontré, que construya amistades capaces de acompañarlo toda la vida y que algún día recuerde con cariño esos momentos que hoy quizá le parecen cotidianos.
También deseo que, cuando llegue el momento de mi ausencia, Gonzalo, Cholo y Sofia puedan escuchar Mi viejo y recordarme con el mismo amor con el que yo recuerdo a mi papá. Ojalá la canción no le traiga solamente tristeza, sino también alguna sonrisa, una anécdota compartida y la certeza de haber sido profundamente amado.
Quizá ese sea el verdadero milagro de la música: una canción escrita hace más de medio siglo puede terminar contando nuestra propia historia. Cada hijo que escucha Mi viejo le pone el rostro de su padre, sus recuerdos y las palabras que alguna vez quedaron sin decir.
Por eso, esta despedida no es solamente la de un artista. Es la de aquel vecino que saludaba camino al fútbol. Es la de una canción que hoy tiene otro significado. Y es, inevitablemente, otra manera de recordar a mi padre.
Piero no se fue de gira. Se quedó en quienes todavía lo cantan, en los recuerdos de quienes alguna vez lo cruzamos por la calle y en las generaciones que seguirán descubriendo su música.
Mi viejo también permanece. Está en este escritorio, en lo que aprendí de él y en aquello que intento transmitirle a mis hijos.
Porque mientras exista un hijo que recuerde a su padre al escuchar una canción, Piero seguirá cantando.



























