El 13 de abril se presentó en el Teatro Ítaca (CABA) el libro de Angú Vázquez, figura central del grabado argentino. Con más de cuatro décadas de trayectoria, su obra reafirma el grabado como un lenguaje autónomo, riguroso y en permanente tensión.

De izquierda a derecha. Sol Severi, Ezequiel Díaz Ortiz, (Gabriela Aberastury artista) Angu Vazquez, Ricardo Farias fotocopista
El grabado como insistencia
A contramano de la lógica contemporánea de la inmediatez, donde la imagen se consume y se descarta con la misma velocidad con la que se produce, la obra de Angú Vázquez se sostiene en otro tiempo: uno donde la imagen no aparece, sino que se construye, se trabaja, se insiste.
La reciente presentación de su libro en el Teatro Ítaca, lejos de ser un mero evento cultural, funciona como una condensación de esa trayectoria: una vida dedicada a un hacer que exige disciplina, precisión y una relación íntima con la materia.
Porque si algo atraviesa su obra es esa ética del trabajo gráfico: el grabado como territorio donde no hay lugar para la improvisación, donde cada decisión deja huella y cada error también.

Angú Vázquez: el grabado como disciplina y tensión
En el cruce entre tradición técnica y búsqueda experimental, la obra de Angú Vázquez se inscribe dentro de una genealogía del grabado argentino que, lejos de la improvisación, entiende la imagen como resultado de un proceso riguroso, sostenido y profundamente consciente. Formada en pintura con Leopoldo Torres Agüero y Horacio Butler, y en grabado con Alfredo de Vincenzo, su práctica articula la disciplina clásica del oficio con una voluntad constante de expansión de sus límites formales y materiales.

Su trayectoria —que incluye exposiciones en Argentina, América Latina, Europa, Estados Unidos y Asia, así como premios en el Salón Nacional y el Salón Manuel Belgrano— da cuenta no sólo de una inserción consolidada en el campo artístico, sino también de una persistencia en el trabajo gráfico como lenguaje autónomo, donde la imagen no se reduce a ilustración sino que construye tensiones entre valores, zonas y contrastes, en una lógica compositiva precisa.

En ese sentido, su producción puede leerse como una práctica que habita la paradoja del grabado: una técnica históricamente asociada a la reproducción, que en su caso se vuelve espacio de singularidad, de búsqueda y de experimentación, donde cada matriz no repite sino que desplaza, y cada serie insiste en una pregunta más que en una respuesta.
Como ha señalado la crítica, el trabajo de Angú Vázquez no sólo responde a exigencias técnicas, sino que incorpora un impulso experimental que busca “otra dimensión”, una expansión de los recursos gráficos hacia territorios donde la imagen se vuelve también pensamiento.

La imagen como campo de conflicto
Las obras que integran el libro —y que dialogaron con el público durante la presentación— no buscan representar, sino tensionar. Formas que se cruzan, líneas que se expanden, zonas que se oponen: todo en su trabajo parece organizado a partir de una lógica de conflicto, donde la imagen no se estabiliza sino que permanece en movimiento.
No hay aquí una abstracción decorativa, sino una investigación visual sostenida, donde cada composición es el resultado de un equilibrio inestable entre control y gesto, entre cálculo y apertura.

Un libro que no cierra nada
En un tiempo donde el arte muchas veces se vuelve superficie, espectáculo o consumo rápido, la práctica de Angú Vázquez aparece como una forma de resistencia silenciosa pero contundente: trabajar, insistir, profundizar.
Porque en su obra no hay atajo posible: sólo proceso, sólo tiempo, sólo esa tensión persistente entre la disciplina y la búsqueda que hace del grabado no una técnica del pasado, sino un lenguaje radicalmente contemporáneo.

Mirar hasta que la imagen resista
Hay algo en la obra de Angú Vázquez que no se deja consumir rápido, que obliga a detenerse incluso cuando una cree haber entendido lo que está viendo. Esas superficies trabajadas, erosionadas, casi como muros atravesados por el tiempo, no parecen construidas para agradar sino para resistir: capas que se superponen, líneas que no ordenan sino que tensan, manchas que parecen surgir más de un proceso que de una intención inmediata.
En las imágenes que circulan —esas donde el grabado se vuelve casi paisaje, casi arquitectura, casi ruina— aparece con claridad esa relación con la materia que no busca dominarla del todo, sino dialogar con su resistencia. Hay zonas donde el dibujo se abre, otras donde se densifica, otras donde parece deshacerse, como si la imagen estuviera siempre en el límite entre aparecer y desaparecer.

Y tal vez ahí está lo más potente de su trabajo: en no ofrecer una imagen cerrada, en no tranquilizar la mirada. En obligarnos a quedarnos un poco más, a mirar otra vez, a entender que lo que tenemos delante no es sólo una obra, sino un proceso que sigue ocurriendo incluso cuando ya está terminado.
En tiempos donde todo parece querer resolverse rápido, la obra de Angú Vázquez propone lo contrario: sostener la tensión, habitar la duda, dejar que la imagen no se termine nunca del todo.




























