El Gobierno designó a Esteban Mahiques en un cargo clave del Ministerio de Justicia que conduce su propio hermano.
Con padre en la Casación y familia en puestos estratégicos, el apellido suma casilleros en el tablero judicial.
La motosierra sigue, pero parece que no pasa por todos lados.
En la Argentina donde la “casta” era el enemigo a derrotar, el Gobierno acaba de demostrar que, en realidad, el problema nunca fue la casta… sino quién la integra. Porque mientras el discurso sigue hablando de meritocracia, eficiencia y motosierra, los cargos clave empiezan a poblarse de apellidos conocidos. Muy conocidos.
El Ejecutivo de Javier Milei oficializó la designación de Esteban Mahiques como jefe de Gabinete del Ministerio de Justicia. Nada raro… salvo por un pequeño detalle: el ministro de Justicia es su hermano, Juan Bautista Mahiques.
Pero no termina ahí. Porque si uno sigue tirando del hilo, aparece el padre: Carlos Mahiques, integrante de la Cámara Federal de Casación Penal. Es decir, si la Justicia fuera un tablero, el apellido ya ocupa varias casillas importantes.
El Gobierno aclara rápido: el cargo es “ad honorem”. Como si eso alcanzara para disipar cualquier incomodidad. Total, no cobra sueldo… solo maneja una de las oficinas más sensibles del ministerio que articula con jueces, fiscales y causas calientes. Un detalle.
En los papeles, todo está en regla. Nadie violó ninguna ley. Nadie firmó algo ilegal. Pero en política, a veces, el problema no es lo que está prohibido, sino lo que resulta demasiado evidente.
Porque el Ministerio de Justicia no es un área cualquiera. Es donde se cruzan intereses, expedientes, tensiones con el Congreso y, sobre todo, decisiones que pueden impactar directamente en la estabilidad del propio Gobierno. Ahí no se improvisa. Ahí se pone gente de confianza. O mejor dicho: de máxima confianza.
Y ahí aparece la clave. Este no es un error. No es un descuido. Es un método.
En un contexto donde el oficialismo enfrenta causas judiciales, disputas institucionales y una oposición que no afloja en el Congreso, la prioridad parece clara: cerrar filas. Asegurar que en los lugares sensibles no haya fisuras. Y si para eso hay que confiar en la familia, mejor.
Desde el oficialismo lo leen como eficiencia. Desde afuera, suena a otra cosa. A ese viejo reflejo de la política argentina que decía combatir: el poder concentrado, los círculos cerrados, los apellidos que se repiten.
La ironía es difícil de esquivar. Porque mientras se cuestiona a la “vieja política”, el armado empieza a parecerse bastante a ella. Con la diferencia de que ahora viene envuelto en un discurso de renovación.
Al final, la motosierra no corta todo.
Algunas ramas —las más cercanas— parecen quedar intactas.


























