El desempleo abierto llegó al 7,9%, pero el número no alcanza para describir el deterioro del mercado de trabajo. Al sumar desocupados, ocupados que buscan otro empleo y personas disponibles para trabajar más horas, la presión laboral alcanza al 30,8% de la PEA. Desde 2023 se agregaron unas 832.000 personas a alguna de estas situaciones, mientras el empleo asalariado registrado pierde terreno frente al cuentapropismo y la informalidad. El fenómeno revela una transformación más profunda: tener trabajo ya no garantiza tener trabajo suficiente.
La fotografía tradicional del mercado laboral argentino dice que la desocupación alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre de 2026. Es un dato grave, pero observado aisladamente cuenta apenas una parte de la historia.
Debajo de esa tasa existe una población mucho más grande que técnicamente figura como ocupada pero necesita trabajar más, busca otro empleo o permanece disponible para sumar horas porque el ingreso o la cantidad de trabajo que tiene no alcanza.
El informe La consolidación del modelo changa, elaborado por Walter González, Claudio Lozano y Ana Rameri, del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP), reconstruye esa zona gris a partir de los datos del INDEC.
El resultado modifica sustancialmente la lectura del mercado laboral.
La desocupación ampliada alcanza al 15,9% de la PEA cuando se suman los desocupados y los subocupados demandantes. Y cuando se incorpora el conjunto de personas que presionan sobre el mercado laboral, la proporción escala hasta el 30,8%.
Eso significa que prácticamente tres de cada diez personas económicamente activas están buscando trabajo, buscando otro trabajo o necesitando trabajar más.
No es solamente desempleo.
Es insuficiencia de trabajo.
Del 27,8% al 30,8%: 832.000 personas más
La comparación con 2023 permite medir el deterioro.
En el segundo trimestre de aquel año la presión laboral total representaba 27,8% de la PEA. Tres años después alcanza el 30,8%.
Son tres puntos porcentuales adicionales.
Traducidos a personas, según el IPyPP, representan aproximadamente 832.000 argentinos más sometidos a alguna forma de presión laboral.
También aumentó la denominada desocupación ampliada.
Era del 13,6% en 2023, pasó al 15,5% un año atrás y llegó al 15,9% en 2026.
La subutilización laboral —desocupación más subocupación— saltó, a su vez, del 16,8% al 19,4% de la PEA entre los segundos trimestres de 2023 y 2026.
Son alrededor de 669.000 personas adicionales en esas dos situaciones.
La diferencia importa porque muestra algo que la tasa convencional de desempleo no puede registrar: una persona puede estar estadísticamente ocupada y económicamente desesperada por conseguir más trabajo.
La transformación más fuerte está ocurriendo dentro del empleo
Pero posiblemente el dato más importante del informe no sea cuántas personas trabajan, sino qué clase de trabajo tienen.
Entre el segundo trimestre de 2023 y el mismo período de 2026 se destruyeron aproximadamente 485.000 puestos asalariados.
De ellos, unos 457.000 eran registrados.
Es decir, alrededor del 94% de los empleos asalariados destruidos correspondía precisamente al segmento con mayor protección laboral.
El asalariado registrado perdió así peso dentro de la estructura ocupacional.
En 2023 representaba el 46,9% del total de ocupados. En 2026 cayó al 43,8%.
Mientras tanto, la suma de asalariados no registrados y cuentapropistas avanzó desde 49,6% hasta 52,2%.
La relación se invirtió y profundizó.
Hace tres años había menos de tres puntos de distancia entre ambos universos. Ahora la diferencia supera los ocho.
Más de la mitad de los ocupados argentinos ya pertenece al universo combinado del trabajo asalariado no registrado y el cuentapropismo.
Ese es el verdadero corazón del denominado «modelo changa».
Menos asalariados, más cuentapropistas
La participación del empleo asalariado sobre el total cayó del 74,2% al 70,5%.
Simultáneamente, el cuentapropismo aumentó del 22,3% al 25,3%.
Eso no significa que todo trabajador independiente sea precario.
Argentina tiene profesionales, comerciantes, técnicos y empresarios individuales que eligen genuinamente trabajar por cuenta propia y pueden obtener buenos ingresos.
El problema aparece cuando el cuentapropismo crece al mismo tiempo que desaparece empleo asalariado registrado.
Entonces existe una hipótesis económica diferente: una parte de ese crecimiento no expresa espíritu emprendedor sino refugio laboral.
El trabajador que pierde un puesto formal no desaparece de la población económicamente activa.
Vende productos, realiza reparaciones, conduce para una aplicación, hace entregas, trabaja por encargo, presta servicios o encadena actividades para reconstruir el ingreso perdido.
Continúa apareciendo como «ocupado».
Pero cambió completamente su relación con el riesgo.
Del riesgo empresario al riesgo del trabajador
Ahí aparece una transformación económica profunda.
En una relación asalariada registrada, buena parte de los costos y riesgos asociados con la producción recaen sobre la empresa.
En muchas modalidades independientes, una porción creciente pasa al trabajador.
El vehículo es suyo.
El combustible es suyo.
El teléfono es suyo.
La conexión es suya.
El mantenimiento es suyo.
Si se enferma, el problema es suyo.
Si no hay demanda, puede no existir ingreso.
Si quiere vacaciones, deja de facturar.
Y debe financiar total o parcialmente su propia protección previsional y social.
Por eso el IPyPP plantea que el cuentapropismo puede significar una transferencia de costos y riesgos desde la organización empresarial hacia el trabajador.
La empresa compra un servicio.
El trabajador compra su propio puesto de trabajo.
La paradoja de las plataformas: trabajador independiente frente a empresas gigantes
La economía digital agregó una contradicción adicional.
Una persona puede ser jurídicamente independiente y, sin embargo, depender económicamente de una plataforma que determina buena parte de las condiciones bajo las cuales accede a clientes.
No existe necesariamente un jefe sentado enfrente.
Existe un algoritmo.
La plataforma puede determinar mecanismos de reputación, visibilidad, comisiones, incentivos, acceso a pedidos y condiciones comerciales.
El trabajador aporta capital y trabajo mientras una empresa de enorme escala controla la infraestructura que conecta oferta y demanda.
Por eso la proliferación de «independientes» no necesariamente significa una economía menos concentrada.
Puede ocurrir exactamente lo contrario: millones de trabajadores jurídicamente atomizados frente a unas pocas compañías tecnológicas enormemente concentradas.
La relación de dependencia desaparece del contrato sin que necesariamente desaparezca la dependencia económica.
Quién gana
Las empresas que pueden contratar servicios sin incorporar trabajadores permanentes reducen determinados costos laborales y transfieren parte del riesgo económico.
Las plataformas poseen una ventaja todavía mayor: pueden expandir la cantidad de personas disponibles para prestar servicios sin necesitar una estructura laboral tradicional equivalente.
También gana flexibilidad una parte de los consumidores, que accede rápidamente a transporte, reparto y múltiples servicios.
Y existe un grupo de trabajadores para quienes la autonomía genuinamente constituye una ventaja.
El problema comienza cuando esa modalidad deja de ser complementaria y empieza a sustituir masivamente empleo protegido.
Quién pierde
Pierde primero el trabajador desplazado desde un puesto registrado hacia una inserción laboral más inestable.
Puede seguir trabajando, pero pierde previsibilidad.
Pierde también el sistema previsional cuando disminuye la proporción de asalariados registrados que realizan aportes regularmente.
Pierde el sistema de seguridad social.
Pierde capacidad de negociación colectiva el trabajo cuando millones de personas negocian individualmente frente a empresas mucho mayores.
Y puede perder el propio mercado interno porque la inestabilidad de los ingresos modifica el consumo: una familia que desconoce cuánto ganará el mes próximo posterga compras, inversiones y compromisos de largo plazo.
La precarización laboral, por tanto, no constituye únicamente un problema social.
También puede convertirse en un problema macroeconómico.
El vínculo con los otros datos de la economía
La fotografía coincide con otras señales recientes.
La morosidad de las familias alcanzó niveles récord. El consumo de carne vacuna permanece deprimido. Sectores industriales destruyen empleo. Granja Tres Arroyos llegó a proponer pagar parte de los salarios con pollos mientras alrededor de 1.200 puestos quedaron involucrados en el conflicto.
Y los proyectos aprobados dentro del RIGI proyectan unos 95.158 empleos de distintas características, frente a más de 337.000 puestos registrados perdidos desde diciembre de 2023 según los datos del SIPA citados en informes recientes.
Son fenómenos diferentes y no corresponde establecer automáticamente causalidad entre ellos.
Pero juntos describen una transformación reconocible: una economía puede mejorar determinados indicadores macroeconómicos mientras deteriora simultáneamente la calidad de una parte importante del empleo.
El problema político para Milei
Para el Gobierno existe además una dificultad narrativa.
La promesa libertaria plantea que la reducción de regulaciones y costos debería estimular inversión, actividad y contratación privada.
Pero los datos laborales obligan a formular una pregunta más exigente que simplemente cuántas personas figuran como ocupadas.
¿Qué empleo está creando la economía que emerge del ajuste?
Porque un trabajador registrado y una persona que realiza tres actividades informales para llegar a fin de mes aparecen ambos como ocupados.
Socialmente no representan la misma realidad.
Fiscalmente tampoco.
Previsionalmente tampoco.
Y para construir una familia, alquilar una vivienda, solicitar un crédito o planificar los próximos cinco años, muchísimo menos.
El verdadero dato no es 7,9%
El desempleo del 7,9% sigue siendo una medida fundamental y metodológicamente precisa para aquello que pretende medir.
El error sería pedirle que mida otra cosa.
El problema argentino actual parece estar cada vez más dentro de la categoría de los ocupados.
El 30,8% de presión laboral, los 832.000 nuevos trabajadores bajo alguna forma de presión desde 2023, la caída del peso de los asalariados registrados del 46,9% al 43,8% del empleo, el avance del cuentapropismo del 22,3% al 25,3% y los 457.000 puestos asalariados registrados destruidos permiten observar esa segunda capa.
La economía no está produciendo únicamente desempleados.
También está produciendo trabajadores que trabajan y siguen buscando trabajo.
Personas ocupadas que necesitan más horas.
Asalariados que pasan al cuentapropismo.
Trabajadores formales que se convierten en prestadores.
Gente que conserva un ingreso, pero pierde estabilidad.
Por eso el deterioro laboral puede avanzar sin que el desempleo llegue a cifras explosivas.
El síntoma más profundo del mercado laboral argentino ya no es solamente quedarse sin trabajo. Es trabajar y que el trabajo no alcance.



























