En República Checa, el 15 % de los alumnos romaníes estaba fuera de la educación común en 2022, frente al 2,5 % del alumnado general. La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia denuncia la persistencia de la segregación escolar. Europa, que lleva siglos exportando civilización, todavía tiene dificultades para sentar a todos sus niños en el mismo salón.
En 2007, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a República Checa por discriminar a niños romaníes mediante su escolarización desproporcionada en centros de educación especial. Diecinueve años después, el Consejo de Europa vuelve a señalar el mismo problema. La civilización europea inventó universidades, produjo filósofos extraordinarios y desarrolló sistemas educativos admirados internacionalmente, pero parece necesitar varias generaciones para comprender que pertenecer a una minoría étnica no constituye una discapacidad intelectual.
El informe publicado el 27 de octubre de 2026 por la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI), organismo del Consejo de Europa, recoge cifras de 2022 que deberían avergonzar a cualquier Ministerio de Educación: el 15 % del alumnado romaní estaba escolarizado fuera del programa educativo común, frente al 2,5 % del conjunto de estudiantes. Seis veces más. Una diferencia que la Comisión vincula con evaluaciones psicológicas inadecuadas y prácticas persistentes de segregación.

El maravilloso mundo de las discapacidades étnicas
Me interesa especialmente este asunto porque estudio Psicología Educativa y todavía no encontré, entre las teorías del desarrollo humano, ninguna que establezca que las dificultades intelectuales se heredan junto con la pertenencia a un pueblo.
Jean Piaget estudió el desarrollo cognitivo infantil. Lev Vygotsky explicó la importancia del entorno sociocultural en el aprendizaje. Howard Gardner propuso su teoría de las inteligencias múltiples. Pero algunos sistemas escolares parecen haber elaborado una cuarta corriente: la inteligencia depende del apellido, el origen étnico y la comodidad administrativa del director.
El informe resulta todavía más escandaloso cuando examina las evaluaciones utilizadas para determinar qué estudiantes necesitan educación especial. Las propias autoridades checas reconocieron problemas en los procedimientos diagnósticos, entre ellos la utilización de herramientas desactualizadas y la confusión entre desventajas sociales y dificultades de aprendizaje.
Extraordinario. Un niño puede vivir en condiciones de pobreza, enfrentar prejuicios, tener menos recursos educativos y recibir una evaluación inadecuada. Después, alguien interpreta sus dificultades como prueba de que necesita un programa reducido. El sistema contribuye a producir la desigualdad y, cuando encuentra sus consecuencias, las registra como si fueran características del estudiante.
Con semejante metodología, si me hubieran evaluado por las veces que llegué a fin de mes comiendo arroz con huevo, probablemente habrían diagnosticado una discapacidad económica hereditaria.

Los padres preocupados por la pureza del aula
La ECRI documentó otro detalle encantador: algunos padres no romaníes presionan a los directores para impedir que los niños romaníes sean admitidos en determinadas escuelas. También recibió denuncias de prejuicios y comportamientos discriminatorios entre docentes.
Imagino esas reuniones familiares donde alguien explica que simplemente desea lo mejor para sus hijos. Una educación excelente, instalaciones modernas, idiomas extranjeros y, de ser posible, ningún compañero perteneciente a la comunidad romaní.
Porque la xenofobia educada jamás se presenta diciendo que detesta a una minoría. Prefiere hablar de calidad educativa, convivencia, seguridad y preocupación por el nivel académico. Tiene un vocabulario impecable para explicar por qué determinadas personas deberían permanecer lejos.
Algunas familias romaníes, por su parte, terminan eligiendo escuelas donde sus hijos están rodeados de otros estudiantes de la misma comunidad porque temen que sufran discriminación en establecimientos mayoritariamente no romaníes.
Es decir, una familia busca proteger a su hijo de la hostilidad y el resultado es otra forma de separación. Después aparecen los especialistas preguntándose por qué las comunidades no se integran. Misterio comparable al de cerrar una puerta con llave y sorprenderse porque nadie consigue entrar.

La educación inclusiva y el apartheid con papelería administrativa
Los datos del informe revelan que en 2022 existían al menos 77 escuelas primarias checas donde los alumnos romaníes constituían la mayoría. Durante su visita de 2025, la ECRI recibió información de que unas veinte escuelas tenían una matrícula romaní igual o superior al 75 %.
Una segregación que puede consolidarse mediante decisiones escolares, desigualdades residenciales y prejuicios familiares, sin necesidad de colocar un cartel que diga «prohibida la entrada».
El racismo institucional tiene esa particularidad: puede funcionar perfectamente sin que ningún funcionario pronuncie una sola palabra ofensiva. Le alcanza con formularios, criterios de admisión, evaluaciones defectuosas y presupuestos insuficientes.
Y así se construye una desigualdad que acompaña a las personas durante toda su vida. Si desde la infancia reciben una educación limitada, sus oportunidades académicas y laborales también pueden reducirse. Luego algún economista descubre que determinadas comunidades tienen menores ingresos y propone un seminario sobre la cultura del esfuerzo.

Europa, la maestra que todavía debe rendir la materia
La República Checa ha desarrollado medidas para combatir la discriminación, incorporado mediadores y asistentes educativos romaníes y fortalecido mecanismos contra los delitos de odio. El propio informe reconoce avances y señala que algunas de esas iniciativas redujeron el abandono escolar.
Pero la distancia entre adoptar políticas y transformar las prácticas sigue siendo enorme.
En 2024, la Comisión Europea ya había vuelto a reclamar a las autoridades checas medidas contra la segregación escolar romaní. Ahora la ECRI recomienda revisar los métodos de evaluación psicológica, ampliar la presencia de asistentes educativos de la comunidad y financiar a las escuelas comprometidas con la inclusión.
Las instituciones internacionales llevan años repitiendo recomendaciones mientras generaciones de niños atraviesan un sistema que continúa ofreciendo oportunidades desiguales.
A veces me pregunto cuántos informes necesita un Estado para descubrir que tiene un problema. Porque si un estudiante repite diecinueve veces el mismo examen, probablemente termine interviniendo el gabinete psicopedagógico. Cuando quien repite es un gobierno, lo llaman seguimiento institucional.

Lo que aprendimos del colonialismo
Como mujer negra, dominicana y argentina por naturalización, conozco esa fascinante contradicción de sociedades que celebran la diversidad mientras establecen condiciones para aceptar a quienes somos diferentes.
Durante siglos, Europa clasificó poblaciones, inventó jerarquías raciales y justificó dominaciones políticas mediante supuestas diferencias naturales. Buena parte de esas teorías fue desacreditada científicamente, pero sus consecuencias siguen apareciendo donde se decide quién merece reconocimiento, protección y oportunidades.
La discriminación contra el pueblo romaní tiene una historia particular de persecución y exclusión en Europa. No necesita confundirse con la experiencia afrodescendiente para reconocer mecanismos comunes: prejuicios convertidos en decisiones administrativas, desigualdades sociales interpretadas como defectos personales y minorías obligadas a demostrar permanentemente su capacidad.
En América Latina tampoco podemos mirar el asunto con superioridad. Con frecuencia celebramos nuestra mezcla cultural mientras reproducimos jerarquías raciales, territoriales y económicas en las escuelas. Nos gusta la diversidad hasta que se convierte en una demanda de igualdad material.

El verdadero examen de inteligencia
Hay algo profundamente perverso en que una institución destinada a desarrollar capacidades infantiles termine utilizando procedimientos cuestionados para restringir las oportunidades de quienes debería acompañar.
La educación especial debe ofrecer apoyos adecuados a quienes realmente los necesitan. Convertirla en un destino desproporcionado para estudiantes de una minoría étnica distorsiona su propósito y perjudica tanto a la inclusión como a la justicia educativa.
La escuela debería ampliar horizontes. Un niño necesita aprender matemáticas, literatura, ciencias y pensamiento crítico, no descubrir que sus posibilidades académicas dependen de los prejuicios que circulan sobre su comunidad.
Por eso, cuando leo que el 15 % de los alumnos romaníes estaba fuera del programa educativo común frente al 2,5 % del alumnado general, pienso en todos los talentos que pueden quedar enterrados bajo diagnósticos inadecuados, expectativas reducidas y decisiones burocráticas.
Quizás entre esos estudiantes haya futuros médicos, docentes, matemáticos, músicos o investigadores. Quizás algunos necesiten apoyos específicos y otros simplemente una oportunidad de aprender en igualdad de condiciones. Para averiguarlo hacen falta evaluaciones rigurosas, recursos y escuelas que no confundan las diferencias culturales con incapacidades.
Y si después de diecinueve años de condenas, advertencias y recomendaciones internacionales las autoridades todavía no consiguen resolver semejante desigualdad, quisiera proponer una evaluación psicopedagógica extraordinaria.
Esta vez, para los adultos que administran el sistema.
Porque los niños romaníes tienen derecho a aprender.
Y los que llevan casi dos décadas sin aprender la lección son quienes gobiernan su educación.
Verificación documental: El dato del 15 % frente al 2,5 % corresponde a 2022, según el párrafo 47 del séptimo informe de la ECRI, publicado el 27 de octubre de 2026. El documento también confirma los problemas en las evaluaciones, la segregación entre escuelas y las recomendaciones mencionadas.
Crédito fotográfico: Las fotografías que ilustran este artículo pertenecen a Humanium, organización internacional dedicada a la defensa de los derechos de la infancia. Fuente: «La discriminación de la infancia romaní en la educación».

























