Lizzeth era delgada y alta como una espiga. Tenía su piel del color del chocolate dulce, no del amargo, y su mirada amarga, que una vez fue dulce. La primera vez que la vi danzar, lo hacía entre los autos, con un vasito en la mano, que agitaba provocando una música de agua que la volvía más bailarina aún.
Imaginé la maravilla y el talento que regalaría en otros escenarios de majestuosas ciudades, sin embargo, allí muchas veces las bailarinas como Lizzeth solo brincan en el asfalto.
Cuando mi mirada se detuvo en ella, dejé de escuchar bocinazos o el murmullo de los transeúntes, y un vals acompañó sus pies ligeros y sus brazos extendidos, su cuello largo y su cabeza en alto… grácil, etérea.
Su falda se convirtió en el cuerpo de un cisne que se negaba a morir y solo necesitaba una vuelta más, un salto, una acrobacia que la deslizara sobre un lago imaginario, que deseaba verla flotar, así con sus alas juntas o desplegadas. Un demi plié perfecto la ayudó a levantar aquella moneda de oro que escapó del vasito-alcancía, y al hacerlo, con gracia y armonía se enderezó espléndida en su andar de prima ballerina y aplaudí tan fuerte que los taxistas, los acróbatas, los oficinistas y la señora del mandado se asustaron.
No podía dejar de aplaudir y vitorear su talento, su magia: tanta fue mi alegría que todos repararon en ella, vieron sus últimos movimientos y gozaron de su final triunfante al extender su cuerpo como gacela y esquivar al camión recolector de basura… ellos también se detuvieron, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras aplaudían su gran pas de deux mientras ella se sostenía del semáforo de la esquina.
Mi corazón se elevó por unos instantes en que perdí la noción de mi lugar en este mundo, no era fácil identificar si todos los que habíamos degustado el espectáculo salíamos de la Scala de Milán o era un mal sueño y rondábamos todos por las calles fronterizas del abismo.
Lizzeth siguió caminando con sus pies de bailarina por el mismo mal sueño fronterizo, sin embargo, algunas noches, dormida entre cartones, se coloca sus zapatillas de baile, su falda de raso y seda, sujeta su pelo en un rodete firme y escucha la música más hermosa, que le regala el mar de su Haití amado, y baila para taxistas, camioneros o señoras del mandado, los que saben sobre la verdadera magia de cisnes, bailarinas o migrantes.


























