La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán amenaza con entrar en una nueva fase. Una investigación del Financial Times reveló que Netanyahu preparó una ofensiva de gran escala contra instalaciones nucleares y centrales eléctricas iraníes, pero Trump frenó la operación antes de las elecciones legislativas estadounidenses. Mientras tanto, Teherán mantiene su presión sobre el estrecho de Ormuz, el petróleo se encarece y la Casa Blanca enfrenta una contradicción: tiene superioridad militar, pero no consigue imponer una salida política al conflicto.
Donald Trump y Benjamin Netanyahu, aliados en la ofensiva contra Irán, enfrentan diferencias sobre los tiempos y las consecuencias de una nueva escalada militar.
La guerra contra Irán empieza a convertirse en un problema político para quienes la iniciaron. Ocho meses después de los primeros bombardeos estadounidenses e israelíes, Teherán continúa resistiendo, las negociaciones permanecen estancadas y el mercado energético mundial sigue condicionado por una confrontación cuyo desenlace nadie puede garantizar.
Este miércoles 21 de octubre, el barril Brent alcanzó los 110,85 dólares, con una suba del 1,9%, mientras el petróleo estadounidense WTI llegó a los 99,95 dólares. Según Reuters, el aumento respondió al deterioro de las perspectivas diplomáticas, las amenazas sobre el transporte marítimo y la caída de las reservas estadounidenses de crudo.
Pero detrás de las cotizaciones aparece una disputa mucho más importante: Estados Unidos e Israel disponen de una enorme superioridad militar, aunque hasta ahora no han conseguido neutralizar la capacidad iraní de condicionar la seguridad energética internacional.
Netanyahu quería una nueva ofensiva, pero Trump dijo que no
La revelación más importante de la jornada llegó del Financial Times. Según tres fuentes familiarizadas con los preparativos militares israelíes, Benjamin Netanyahu había ordenado planificar una campaña de bombardeos contra Irán para el fin de semana del 10 de octubre.
Los objetivos previstos incluían instalaciones nucleares, dependencias vinculadas al gobierno iraní y centrales eléctricas. La operación habría sido más intensa que los ataques conjuntos de febrero.
Sin embargo, Trump se opuso a reanudar los bombardeos antes de las elecciones legislativas estadounidenses del próximo 3 de noviembre. La ofensiva quedó suspendida, aunque la posibilidad de nuevos ataques continúa abierta.
El dato revela una diferencia de prioridades entre ambos aliados. Netanyahu busca mantener la presión militar sobre Teherán, mientras Trump enfrenta el costo político de una guerra que encarece los combustibles y amenaza con perjudicar a su partido en las urnas.
La suspensión de la operación tampoco significa un abandono de la alternativa militar. La Casa Blanca descartó nuevos ataques estadounidenses antes de las elecciones, pero no ofreció garantías equivalentes para el período posterior.
Irán apuesta al desgaste político de Washington
Teherán comprende que su principal herramienta no es derrotar militarmente a Estados Unidos, sino elevar el costo de sostener la confrontación.
Una investigación de Reuters publicada el 20 de octubre, basada en declaraciones de funcionarios iraníes, señala que sectores del gobierno consideran conveniente prolongar las negociaciones para debilitar políticamente a Trump antes de las elecciones legislativas.
La estrategia atribuida a esos funcionarios consiste en mantener la presión económica y evitar concesiones que permitan al presidente estadounidense presentar un triunfo diplomático.
En un artículo publicado este miércoles en el Financial Times, el canciller iraní, Abbas Araqchi, cuestionó la credibilidad de Washington y defendió una propuesta para restablecer la navegación por el estrecho de Ormuz en siete días, vinculada a compromisos estadounidenses.
Irán reclama el levantamiento del bloqueo naval y las sanciones, mientras Estados Unidos exige restricciones sustanciales al programa nuclear iraní.
El problema es que la desconfianza tiene fundamentos históricos. En 2018, Trump retiró unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado en 2015, pese a que el entendimiento había sido negociado con otras potencias y respaldado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Aquella decisión debilitó la credibilidad de los compromisos estadounidenses y constituye uno de los antecedentes centrales de la crisis actual.
Ormuz: el estrecho que puede encarecer la economía mundial

El estrecho de Ormuz es una de las principales rutas del comercio mundial de hidrocarburos y un punto estratégico de la confrontación.
El estrecho de Ormuz, situado entre Irán y Omán, es una de las rutas comerciales más estratégicas del planeta. Antes de la guerra, por sus aguas circulaba aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado.
La capacidad iraní para amenazar esa navegación se convirtió en un instrumento de presión internacional. Los ataques contra embarcaciones y el encarecimiento de los seguros marítimos aumentan los costos del comercio, incluso cuando parte del petróleo logra salir de la región mediante rutas alternativas.
La Agencia Internacional de la Energía advirtió sobre la fragilidad del abastecimiento global y, especialmente, sobre el aumento de los precios del diésel, un combustible fundamental para el transporte de mercancías y numerosas actividades productivas.
La paradoja es evidente: una guerra presentada como una operación destinada a mejorar la seguridad regional terminó aumentando la incertidumbre sobre uno de los principales corredores energéticos del mundo.
América Latina: beneficiarios petroleros y consumidores perjudicados
La crisis también está modificando el mapa internacional de inversiones energéticas.
Un análisis del Financial Times publicado el 20 de octubre señala que los productores de petróleo del continente americano están recibiendo nuevas inversiones a medida que compradores internacionales buscan alternativas al suministro de Medio Oriente.
Argentina figura entre los países que podrían beneficiarse de esta reorientación, especialmente por el potencial de Vaca Muerta. Brasil, Canadá y otros productores también aparecen favorecidos por la búsqueda de abastecimiento fuera de las zonas de conflicto.
Sin embargo, mayores ingresos petroleros no significan necesariamente mejores condiciones de vida.
En Argentina, el aumento del precio internacional del crudo puede fortalecer las exportaciones y generar divisas, pero también trasladarse a los combustibles, los costos logísticos y los precios internos.
El resultado dependerá de las decisiones económicas y de cómo se distribuyan los beneficios de una actividad estratégica. La riqueza energética de un país no garantiza, por sí sola, el bienestar de su población.
La soberanía y el derecho internacional no son cuestiones secundarias

Un bombero trabaja entre los escombros tras los ataques aéreos sobre Teherán en marzo de 2026.
La confrontación también plantea interrogantes jurídicos que no pueden quedar subordinados a los intereses militares o comerciales.
La Carta de las Naciones Unidas establece, como principio general, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de los Estados, salvo las excepciones reconocidas por el derecho internacional.
Por otra parte, una eventual ofensiva contra centrales eléctricas iraníes exigiría examinar su carácter civil, su posible utilización militar y las consecuencias previsibles sobre la población.
El derecho internacional humanitario prohíbe atacar deliberadamente bienes civiles y exige respetar los principios de distinción, proporcionalidad y precaución. La eventual importancia estratégica de una instalación no constituye, por sí sola, una autorización para bombardearla.
El mismo criterio debe aplicarse a las acciones iraníes contra embarcaciones comerciales y otras infraestructuras de la región.
Defender la soberanía de un Estado frente a una intervención extranjera no significa otorgarle inmunidad frente al derecho internacional. Y denunciar las acciones de un gobierno tampoco habilita a otra potencia a recurrir libremente a la fuerza.
Una guerra que no encuentra vencedores
La situación actual demuestra los límites de una política exterior que pretende resolver conflictos complejos mediante la superioridad militar.
Estados Unidos e Israel no han conseguido imponer una solución definitiva. Irán conserva instrumentos de presión, pero su población y su economía soportan consecuencias graves. Los países vecinos enfrentan riesgos crecientes y el resto del mundo recibe el impacto de la crisis energética.
La decisión de Trump de frenar temporalmente una nueva ofensiva israelí demuestra que incluso una potencia militar debe calcular los costos internos de sus intervenciones.
El interrogante es qué sucederá después del 3 de noviembre, cuando desaparezca el condicionamiento electoral inmediato que, según las fuentes consultadas por el Financial Times, contribuyó a detener los bombardeos previstos.
La verdadera medida del éxito de una política internacional no debería ser cuántos objetivos militares consigue destruir, sino qué condiciones de paz y seguridad logra construir. Hasta ahora, la guerra contra Irán no ofrece una respuesta satisfactoria a esa cuestión.



























