En Sin respeto. Una crisis social, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han analiza cómo el neoliberalismo, la competencia permanente, las redes sociales y la pérdida del reconocimiento mutuo erosionan los vínculos humanos. Sus reflexiones permiten examinar la Argentina de 2026, donde el debate sobre la pobreza, las universidades, los jubilados y la confrontación política plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con una democracia cuando el adversario deja de ser una persona y se convierte en un enemigo?
La frase parece una provocación, pero encierra uno de los problemas centrales de nuestro tiempo: una sociedad puede conservar sus instituciones, celebrar elecciones, multiplicar sus medios de comunicación y disponer de tecnologías capaces de conectar a millones de personas sin que eso signifique que sus integrantes se respeten. Podemos hablar constantemente y, sin embargo, haber perdido la capacidad de escuchar. Podemos defender nuestra libertad mientras despreciamos la de quienes piensan diferente. Podemos exigir reconocimiento para nosotros mismos y negárselo a quienes consideramos fracasados, inútiles o enemigos.
En Sin respeto. Una crisis social, obra publicada en 2026, el filósofo surcoreano radicado en Alemania Byung-Chul Han aborda esa contradicción desde una perspectiva filosófica, social y política. Su tesis central es que el respeto no constituye una simple norma de cortesía ni una virtud privada, sino una condición necesaria para la convivencia, la cohesión social y la democracia.
El planteo resulta especialmente pertinente para analizar la Argentina de 2026. El país atraviesa debates intensos sobre el papel del Estado, el valor del trabajo, la distribución de los recursos, la educación pública y los derechos sociales. A esas controversias se suma un lenguaje político en el que las descalificaciones personales y las identidades enfrentadas ocupan un espacio cada vez más visible.
La cuestión no consiste en atribuirle a Han una opinión específica sobre el gobierno de Javier Milei, ni en sostener que toda discusión intensa representa una crisis democrática. Se trata de utilizar sus conceptos para interpretar situaciones concretas, comprender sus mecanismos y distinguir el conflicto político legítimo de la deshumanización del adversario.
El respeto no se gana con dinero ni con éxito
Para desarrollar su argumento, Han recupera al filósofo estadounidense John Rawls, quien consideraba el respeto por uno mismo uno de los bienes primarios más importantes para una sociedad justa.
La idea requiere una explicación. Para Rawls, respetarse a uno mismo no significa sentirse superior a los demás ni acumular reconocimiento público. Supone tener la convicción de que nuestro proyecto de vida merece ser realizado y confiar en que contamos con capacidades para llevarlo adelante. Pero esa confianza no se construye completamente en soledad: también necesita un entorno social en el que otras personas reconozcan el valor de nuestra existencia y nuestras aspiraciones.
Un trabajador que pierde su empleo, por ejemplo, no pierde por ese motivo su dignidad ni el valor de su experiencia. Sin embargo, cuando vive en una sociedad que identifica el éxito económico con el mérito personal, puede comenzar a interpretar su desempleo como una prueba de incapacidad individual. El fracaso material se convierte entonces en vergüenza moral.
Rawls permite distinguir dos cuestiones que con frecuencia se confunden: el valor de una persona y los resultados económicos de su actividad. No son equivalentes.
Esta distinción adquiere especial relevancia en la Argentina de 2026. El debate sobre jubilaciones, salarios, pobreza y asistencia social no se limita a cuánto dinero dispone el Estado ni a qué políticas pueden sostenerse fiscalmente. También involucra la manera en que una comunidad reconoce a quienes no pueden participar plenamente de la competencia económica.
Una persona jubilada que reclama ingresos suficientes para alimentarse y comprar medicamentos no está pidiendo que se premie su productividad actual. Está reclamando condiciones materiales para vivir con dignidad. Del mismo modo, una persona con discapacidad no necesita demostrar rentabilidad económica para que sus derechos sean respetados.
La crítica filosófica de Han permite identificar el peligro de una cultura que termina considerando valiosas únicamente a las personas capaces de producir, consumir o competir exitosamente.
La sociedad del rendimiento: cuando todos compiten contra todos
Uno de los conceptos más importantes de Byung-Chul Han es el de sociedad del rendimiento. A diferencia de los modelos disciplinarios tradicionales, donde una autoridad externa ordenaba qué hacer, el individuo contemporáneo se percibe a sí mismo como un proyecto empresarial que debe mejorar constantemente.
Ya no necesita que alguien le repita que tiene que trabajar más, producir más o superar a sus competidores. Ha incorporado esa exigencia como una obligación personal. Debe capacitarse, reinventarse, optimizar su tiempo, mejorar su imagen y transformar sus habilidades en oportunidades económicas.
Han denomina a esta figura el empresario de sí mismo.
El problema no reside en la iniciativa individual ni en el deseo legítimo de progresar. Aparece cuando el éxito se convierte en el criterio dominante para determinar cuánto vale una persona y cuando las condiciones estructurales desaparecen de la explicación de sus dificultades.
En la Argentina, pensemos en un repartidor de aplicaciones que trabaja durante largas jornadas, utiliza su propia motocicleta, afronta gastos de combustible y mantenimiento y depende de una plataforma que organiza la asignación de pedidos. Puede ser presentado como un trabajador completamente autónomo, pero su capacidad real de decidir sobre ingresos y condiciones laborales está limitada por factores que no controla.
Si gana poco, la explicación más sencilla consiste en decirle que debería esforzarse más. Quedan fuera del análisis las tarifas, la demanda, los costos y la organización del mercado.
Algo semejante ocurre cuando una persona que perdió su empleo escucha que debe convertirse en emprendedora, sin considerar si dispone de capital, conocimientos, redes de apoyo o clientes suficientes para sostener una actividad.
Han advierte que este modelo debilita los vínculos colectivos porque transforma dificultades compartidas en problemas individuales. En lugar de reconocerse como personas atravesadas por condiciones semejantes, los trabajadores pueden terminar viéndose como competidores.
La consecuencia es profundamente política: cuando cada individuo interpreta su situación exclusivamente como resultado de sus méritos o fracasos personales, resulta más difícil identificar problemas comunes y construir respuestas colectivas.
La guerra civil molecular: una sociedad que se destruye desde adentro
Han recupera una expresión del pensamiento alemán, la guerra civil molecular, para describir un proceso de hostilidad cotidiana que no necesita convertirse en una guerra abierta. Se manifiesta en pequeñas agresiones, destrucción de espacios comunes, indiferencia ante el sufrimiento ajeno y comportamientos que deterioran la convivencia.
La idea no supone que todos esos actos tengan una misma causa ni que toda persona empobrecida se vuelva violenta. Describe una hipótesis social: cuando los individuos pierden reconocimiento, vínculos y perspectivas de futuro, parte de esa frustración puede expresarse como hostilidad dispersa, sin una organización política capaz de transformarla en demandas colectivas.
Han distingue así entre el proletariado organizado alrededor de intereses compartidos y el precariado fragmentado, sometido a condiciones laborales inestables y con dificultades para reconocerse como sujeto colectivo. Su afirmación de que el precariado no puede producir una revolución debe leerse como una tesis filosófica discutible, no como una ley histórica. Las experiencias de organización de trabajadores de plataformas, movimientos territoriales y sindicatos muestran que la precariedad no elimina necesariamente la solidaridad.
En la Argentina, esa tensión resulta visible. Mientras algunos trabajadores buscan soluciones individuales mediante actividades simultáneas, aplicaciones y emprendimientos, otros participan de organizaciones gremiales o comunitarias para reclamar condiciones laborales, ingresos y derechos. La existencia de esas respuestas colectivas impide presentar a toda la sociedad como una suma de individuos aislados.
El concepto de guerra civil molecular permite, sin embargo, observar otro fenómeno: el deterioro de la consideración hacia los demás cuando la frustración se convierte en desprecio. El vecino pasa a ser un obstáculo, el trabajador público un enemigo, el beneficiario de una política social un sospechoso y quien piensa distinto una amenaza.
En ese punto, el conflicto deja de centrarse en decisiones verificables y comienza a dirigirse contra la identidad o la dignidad de las personas.
Milei, el fin de mes y la diferencia entre discutir un dato y despreciar a quien lo padece
Un episodio particularmente revelador ocurrió el 19 de octubre de 2026, durante una exposición del presidente Javier Milei en Neuquén. Al cuestionar las afirmaciones sobre las dificultades económicas de los argentinos, calificó la expresión de que la gente no llega a fin de mes como “una pelotudez del tamaño de una casa”. También preguntó cómo podían sobrevivir diez días sin comer ni beber quienes afirmaban quedarse sin dinero alrededor del día veinte. Posteriormente insistió en sus cuestionamientos a periodistas e investigadores que habían difundido esos datos.
El episodio permite distinguir dos cuestiones. La primera es legítima: cualquier presidente tiene derecho a discutir la metodología de una encuesta, cuestionar sus resultados o presentar estadísticas alternativas. La segunda pertenece a otro plano: desacreditar una dificultad social mediante la ridiculización de quienes la expresan.
La investigación de la consultora Zentrix señalaba que aproximadamente dos de cada tres personas encuestadas declaraban dificultades para sostener sus ingresos hasta fin de mes, con proporciones mayores entre jóvenes y sectores de menores recursos. Se trata de un resultado de encuesta, no de una medición directa que demuestre que todos los consultados pasan diez días sin alimentarse. La expresión “no llegar a fin de mes” describe habitualmente la insuficiencia del ingreso para cubrir gastos y la necesidad de recurrir a deudas, ayuda familiar o reducción del consumo.
Desde la perspectiva de Rawls, el problema aparece cuando la situación económica de una persona deja de ser considerada una experiencia que merece atención y pasa a convertirse en motivo de burla. Desde la mirada de Han, el otro desaparece como interlocutor y queda reducido a una afirmación que debe derrotarse.
El contraste resulta todavía más significativo porque los datos oficiales ubicaron la pobreza argentina en el 32,3 % durante el primer semestre de 2026. Ese indicador no demuestra por sí mismo la exactitud de la encuesta de Zentrix, pero confirma que las dificultades materiales constituyen un problema social real, independientemente de las controversias sobre su magnitud.
La pregunta filosófica, entonces, no es si el Gobierno debe aceptar sin discusión cualquier estadística adversa. Es si una autoridad pública puede discutirla sin negar el reconocimiento debido a las personas cuya experiencia está en juego.
Cuando el adversario político se convierte en enemigo
Otro eje fundamental de Sin respeto es la confrontación entre dos maneras de comprender la política. Han recupera el pensamiento de Carl Schmitt, para quien la distinción entre amigo y enemigo constituye una categoría central de lo político, y contrapone a esa lógica una convivencia fundada en el reconocimiento de la alteridad.
La diferencia es profunda. En una democracia, los adversarios pueden sostener proyectos incompatibles, disputar elecciones, movilizarse y cuestionar duramente las políticas del gobierno. Pero el reconocimiento democrático supone que ninguno pierde su condición de ciudadano ni sus derechos por encontrarse del otro lado de una controversia.
Cuando esa distinción desaparece, las posiciones políticas se transforman en identidades morales absolutas. Quien comparte nuestras ideas representa el bien; quien las cuestiona encarna el mal. Los argumentos pierden importancia porque el objetivo ya no consiste en persuadir, sino en desacreditar.
La Argentina de 2026 ofrece numerosos escenarios donde examinar esta tensión. La discusión sobre el financiamiento universitario es uno de ellos. El 6 de octubre, el Juzgado Contencioso Administrativo Federal N.º 11 ordenó al Poder Ejecutivo cumplir inmediatamente la Ley de Financiamiento Universitario y declaró inconstitucional el Decreto 759/2025, utilizado para suspender su aplicación. El Gobierno había sostenido que la norma presentaba problemas relacionados con la determinación de sus fuentes de financiamiento.
El conflicto reúne cuestiones jurídicas, presupuestarias y políticas que pueden discutirse racionalmente: las atribuciones del Congreso, las obligaciones del Ejecutivo, el financiamiento de las universidades y las prioridades del gasto público.
Sin embargo, cuando el debate se reduce a presentar a todos los estudiantes y docentes como privilegiados o a considerar que cualquier desacuerdo presupuestario constituye necesariamente una agresión deliberada contra la educación, se pierde la posibilidad de examinar los hechos y las responsabilidades concretas.
El respeto no exige moderar las conclusiones ni renunciar a denunciar una vulneración de derechos. Exige reconocer que una controversia debe poder resolverse mediante razones, pruebas, procedimientos e instituciones, no mediante la eliminación simbólica del adversario.
Redes sociales: cuando la indignación reemplaza al argumento
Han considera que la digitalización ha transformado profundamente la esfera pública. Las redes multiplicaron la capacidad de expresarse, pero también redujeron las distancias entre lo íntimo y lo público, favoreciendo formas de comunicación inmediata en las que la reacción emocional suele imponerse sobre la reflexión.
Su diagnóstico se comprende fácilmente al observar cómo circula una discusión política argentina. Una declaración presidencial, una intervención parlamentaria o una protesta pueden convertirse en pocos minutos en fragmentos audiovisuales que se comparten acompañados de insultos, memes y acusaciones. Muchas veces el contenido original desaparece detrás de la reacción que provoca.
No todos los memes ni las sátiras equivalen a una degradación del debate. El humor político tiene una tradición democrática fundamental y puede revelar contradicciones del poder que los discursos institucionales procuran ocultar. La diferencia está entre utilizar la ironía para examinar una conducta pública y convertir la identidad, el origen, el género o la condición social de una persona en objeto de humillación.
Han sostiene que las plataformas favorecen comunidades organizadas alrededor de la confirmación permanente de las propias convicciones. A ese proceso se lo suele llamar tribalización digital: grupos que consumen información semejante, interpretan los acontecimientos desde marcos compartidos y reciben las opiniones contrarias como amenazas a su identidad.
El problema se agrava cuando una opinión deja de ser algo que una persona sostiene y se convierte en aquello que cree ser. Cambiar de posición pasa entonces a vivirse como una derrota personal.
Por eso Han recupera una distinción decisiva: respetar a una persona no significa aceptar sus ideas. Se puede rechazar una afirmación, demostrar que es falsa o combatir políticamente una propuesta sin negar la dignidad de quien la sostiene.
La democracia necesita esa separación para que el desacuerdo no se transforme automáticamente en hostilidad personal.
El respeto también necesita distancia
Una de las reflexiones más originales del filósofo es su defensa del tacto y de la cortesía. En una época que identifica la autenticidad con decir inmediatamente todo lo que se piensa, Han recuerda que las formas sociales cumplen una función protectora.
La cortesía no consiste necesariamente en ocultar sentimientos ni en aceptar injusticias. Puede ser una manera de establecer una distancia prudente que permite convivir con personas diferentes sin invadirlas, humillarlas o exigirles que compartan nuestras convicciones.
En una oficina pública, una escuela, un hospital o un transporte colectivo, los ciudadanos interactúan constantemente con desconocidos. No necesitan coincidir políticamente ni establecer relaciones íntimas para tratarse con consideración. Necesitan reglas compartidas que hagan posible la convivencia.
El filósofo Martin Buber aporta a esta discusión la importancia de imaginar la experiencia del otro. Han recupera esa capacidad para explicar que el respeto requiere reconocer que las demás personas poseen deseos, necesidades y pensamientos que no se reducen a los nuestros.
Pensemos en una sala de espera de un hospital público argentino. Una persona puede sentirse frustrada por una demora, mientras el personal sanitario trabaja bajo presión y otros pacientes atraviesan situaciones graves. Reconocer esas experiencias simultáneas no significa renunciar a reclamar una atención adecuada. Significa comprender que los demás también existen como sujetos y no únicamente como obstáculos frente a nuestra necesidad inmediata.
Ese reconocimiento es el punto de partida del tacto.
Precio y dignidad: lo que el mercado no puede medir
Han también recupera a Immanuel Kant y su distinción entre precio y dignidad. Aquello que tiene precio puede intercambiarse por algo equivalente. La dignidad humana, en cambio, no admite sustitución: una persona no vale más o menos según su utilidad económica.
La distinción permite interrogar una tendencia contemporánea a medir todas las actividades mediante indicadores de rendimiento. Un hospital puede ser evaluado por sus costos, una universidad por sus resultados y una política pública por su eficacia. Esas evaluaciones son necesarias para administrar recursos, pero no agotan el valor social de las instituciones.
La educación pública, por ejemplo, no produce solamente graduados capaces de incorporarse al mercado laboral. También transmite conocimientos, permite la investigación científica, amplía oportunidades y participa en la formación de ciudadanos. Del mismo modo, el cuidado de una persona mayor o de un familiar enfermo puede no generar ingresos, aunque represente una actividad socialmente indispensable.
En la Argentina de 2026, donde la discusión sobre el equilibrio fiscal ocupa un lugar central, la distinción entre precio y dignidad plantea una exigencia importante: evaluar los costos de una política no debería significar que los derechos o las personas afectadas puedan reducirse a esos costos.
Esto no elimina los límites presupuestarios ni resuelve automáticamente cómo financiar las prestaciones públicas. Obliga, más bien, a incorporar una pregunta que las planillas económicas no pueden contestar por sí solas: qué obligaciones tiene una comunidad hacia quienes la integran.
La autoridad no es lo mismo que el autoritarismo
El último tramo del pensamiento de Han aborda la crisis de autoridad. El filósofo recuerda que la palabra procede del latín auctoritas, vinculada con la idea de autor, fundador y garante. La autoridad, en ese sentido, no depende exclusivamente de la capacidad de imponer órdenes, sino de la confianza que inspira y de la responsabilidad que asume.
Una autoridad legítima proporciona orientación, estabilidad y garantías. Cuando esa confianza se deteriora, las instituciones pueden conservar sus facultades formales y, sin embargo, perder capacidad para construir acuerdos sociales.
Han advierte sobre una paradoja: la pérdida de autoridad puede abrir camino a liderazgos autoritarios que prometen restaurar el orden mediante la simplificación de problemas complejos. En lugar de recuperar la confianza institucional, sustituyen el respeto por la obediencia personal o la adhesión incondicional.
Esta reflexión resulta pertinente para cualquier gobierno, independientemente de su orientación política. En la Argentina, el cumplimiento de las leyes, las decisiones judiciales, los procedimientos parlamentarios y la rendición de cuentas constituyen condiciones fundamentales de la autoridad democrática.
Un presidente no obtiene legitimidad únicamente por haber ganado una elección, aunque ese resultado le otorgue el mandato constitucional para gobernar. También debe ejercer sus atribuciones dentro del orden jurídico. De igual manera, los opositores tienen derecho a cuestionar sus decisiones, pero sus desacuerdos no los eximen de respetar los procedimientos institucionales.
La autoridad democrática se diferencia del autoritarismo precisamente porque está limitada por reglas que no dependen de la voluntad de una sola persona.
Inteligencia artificial: ¿una herramienta para comprender o una nueva forma de dominación?
Han concluye su reflexión examinando la influencia de los algoritmos y la inteligencia artificial. A diferencia de las formas tradicionales de poder, la dominación tecnológica puede funcionar sin órdenes visibles: organiza información, recomienda contenidos, condiciona decisiones y orienta comportamientos mediante sistemas que los usuarios no siempre comprenden.
El filósofo se pregunta qué ocurrirá si la inteligencia artificial llega a ocupar funciones que históricamente correspondían a maestros y otras figuras de autoridad.
La cuestión no es solamente si una máquina puede responder correctamente una pregunta. Es si puede asumir las responsabilidades humanas vinculadas con educar, cuidar, orientar y reconocer la singularidad de otra persona.
En la Argentina de 2026, donde estas herramientas ya forman parte de actividades educativas, laborales y comunicacionales, el interrogante tiene consecuencias concretas. Un sistema automatizado puede ayudar a comprender un texto, identificar errores o ampliar el acceso a determinados conocimientos. Pero también puede reproducir prejuicios, ofrecer información equivocada o fomentar una dependencia excesiva de respuestas que parecen incuestionables.
La alfabetización digital, la transparencia y la supervisión humana se vuelven entonces condiciones necesarias para que la tecnología amplíe capacidades sin reemplazar el juicio crítico.
El respeto también se juega allí: en no reducir a estudiantes, trabajadores o ciudadanos a perfiles de datos sobre los cuales otros sistemas deciden sin explicaciones suficientes.
Una democracia no se sostiene únicamente con votos
La lectura de Sin respeto permite llegar a una conclusión que excede la coyuntura argentina. La democracia necesita elecciones, instituciones y leyes, pero también requiere prácticas sociales capaces de sostener la convivencia entre personas que no piensan igual, no viven de la misma manera y no disponen de los mismos recursos.
Han propone recuperar una política de la amistad, entendida no como obligación de afecto entre todos los ciudadanos, sino como reconocimiento de que nuestra existencia está vinculada con la de los demás. La amistad, en esta perspectiva, no elimina las diferencias: permite que permanezcan sin convertirse necesariamente en enemistad.
Ese horizonte no debe confundirse con una exigencia de reconciliación superficial. Respetar a los demás no significa aceptar el racismo, la violencia, la discriminación ni las vulneraciones de derechos. Tampoco obliga a abandonar la crítica política o a tratar como equivalentes afirmaciones verdaderas y falsas.
El respeto democrático exige justamente lo contrario: discutir con rigor, identificar responsabilidades, reconocer los hechos y defender los derechos sin despojar a las personas de su humanidad.
La Argentina de 2026 enfrenta debates económicos e institucionales que no pueden resolverse mediante buenos modales. Requieren decisiones, recursos, políticas públicas y mecanismos efectivos de participación y control. Pero ninguna de esas herramientas funcionará plenamente si el lenguaje público convierte sistemáticamente a los ciudadanos en enemigos, sospechosos o fracasados.
Cuando una sociedad comienza a valorar a las personas exclusivamente por lo que producen, a interpretar toda discrepancia como una amenaza y a confundir la humillación con la fortaleza, el deterioro del respeto deja de ser un problema individual. Se convierte en una cuestión política.
La pregunta que plantea Byung-Chul Han no es cómo lograr que todos pensemos igual, sino cómo impedir que nuestras diferencias nos hagan olvidar que seguimos compartiendo una misma sociedad.
Y esa pregunta, en la Argentina actual, está lejos de ser abstracta.



























