Hace 81 años, el pueblo italiano se levantó contra la ocupación nazi y el fascismo. Una insurrección que nació desde abajo, con obreros, mujeres y jóvenes como protagonistas. Hoy, esa memoria vuelve a estar en disputa.
El grito que cambió la historia
Eran las primeras luces del 25 de abril de 1945. El Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia (CLNAI), con sede en Milán, lanzó la orden: insurrección general en los territorios del norte aún ocupados por nazis y fascistas. Desde los micrófonos de Radio Milano Libera, la voz del futuro presidente Sandro Pertini retumbó: «Cittadini, lavoratori! Sciopero generale contro l’occupazione tedesca, contro la guerra fascista…».
En paralelo, y en el otro extremo de esa historia que se cerraba, Benito Mussolini intentaba huir hacia la frontera suiza disfrazado de soldado alemán. Sería capturado dos días después. El final del régimen estaba sellado.

La resistencia de los de abajo
La Liberación no fue una concesión de los poderosos. Fue una conquista del pueblo.
Los partisanos no eran soldados profesionales: eran obreros, campesinos, estudiantes, amas de casa. Combatían con lo que tenían, organizados en redes clandestinas que desafiaban tanto a la ocupación nazi como al aparato fascista. Los alemanes los llamaban «banditen». La historia, en cambio, los recuerda como quienes hicieron posible la caída del régimen.
Las mujeres tuvieron un rol central que durante décadas fue invisibilizado. Según registros históricos, más de 35 mil participaron activamente en la resistencia armada y alrededor de 70 mil integraron los Grupos de Defensa de la Mujer. Muchas actuaron como enlaces, mensajeras, combatientes.
Historias como las de Flora Monti —que a los 12 años escondía mensajes entre sus trenzas— o Carla Capponi —que logró arrebatarle un arma a un soldado fascista en un colectivo— dan cuenta de una participación que excedió cualquier rol secundario. De acuerdo con distintas investigaciones, miles de ellas fueron detenidas, torturadas o asesinadas.
Capponi recordaría años más tarde el momento en que, tras la liberación de Roma en 1944, pudo volver a usar su nombre real: «Fue entonces cuando me di cuenta de que finalmente podíamos hablar, decir quiénes éramos». La escena, íntima, condensa el sentido profundo de aquella lucha: no solo política, sino también personal.
Las ciudades que dijeron basta
Milán, Turín, Génova, Venecia, Bolonia. En cuestión de horas, el control de las principales ciudades del norte pasó de manos fascistas a la resistencia partisana.
El caso de Génova fue excepcional: la rendición de las tropas alemanas se produjo directamente ante los partisanos, sin mediación de las fuerzas aliadas.
El 28 de abril, Mussolini fue ejecutado en Giulino di Mezzegra. Sus restos, junto a los de Clara Petacci, fueron expuestos en la Piazzale Loreto de Milán. La escena marcó el final simbólico de más de dos décadas de dictadura.
La memoria en disputa en la Italia de hoy
A 81 años de aquellos hechos, el 25 de abril sigue siendo una fecha atravesada por tensiones. Y las recientes celebraciones no fueron la excepción.
En las calles de Milán y Roma, grupos que se autodenuncian como «antifascistas radicales» protagonizaron actos de violencia y censura. Impidieron a otros manifestantes desplegar banderas de Ucrania e Israel, insultaron a una delegación del partido +Europa y destruyeron sus pancartas. La Asociación Nacional de Partisanos Italianos (ANPI) tuvo que salir a despegarse de estos grupos, advirtiendo que intentan «secuestrar» una celebración que debería ser de unidad nacional.
Mientras tanto, Giorgia Meloni —cuya carrera política comenzó en el Movimiento Social Italiano, el partido que mantuvo viva la llama del fascismo después de la guerra— asistió a la ceremonia oficial con la banda presidencial y la mano en el pecho durante el himno. La foto es impecable. La contradicción, también.

Una memoria que interpela
El 25 de abril no es solo una fecha. Es una señal histórica: la de un pueblo que, en condiciones extremas, decidió intervenir sobre su propio destino. Los partisanos no esperaron una resolución externa. Tomaron las calles, las fábricas, los medios de comunicación. Construyeron, en medio de la guerra, una alternativa.
Hoy, en un escenario global donde resurgen discursos autoritarios y se reconfiguran las derechas, esa memoria vuelve a interpelar. No como nostalgia, sino como advertencia.
Porque si algo dejaron en claro quienes resistieron en 1945 es que la libertad no se concede. Se conquista. Y, sobre todo, se defiende.



























