Mauricio Macri y Martín Llaryora mantuvieron una reunión reservada donde hablaron del futuro electoral cordobés. El gobernador necesita que Rodrigo de Loredo juegue para dividir a la oposición y facilitar su reelección. Mientras los libertarios gritan contra la casta, el viejo sistema arma acuerdos en oficinas elegantes y whisky caro.
Córdoba siempre produce esa fantasía extraña donde todos los dirigentes se insultan públicamente durante el día pero terminan negociando de noche como socios de empresa familiar que discuten herencia sin intención real de separarse. Y la reunión entre Mauricio Macri y Martín Llaryora entra exactamente en esa categoría: dos hombres que representan tradiciones políticas distintas sentados tranquilamente hablando sobre cómo acomodar el tablero para que nadie pierda demasiado control.
El centro de la charla tenía nombre y apellido: Rodrigo de Loredo.
Porque en este momento el radical cordobés funciona más como pieza estratégica ajena que como dirigente autónomo. Todos lo quieren usar para algo. Llaryora para dividir votos opositores. Macri para conservar influencia sobre el armado de centroderecha. Los libertarios para evitar que termine completamente absorbido por Juez. Y el propio radicalismo para no desaparecer convertido en sucursal administrativa de La Libertad Avanza.
Un caos hermoso.
La lógica del gobernador es brutalmente simple. Si la oposición cordobesa logra ordenarse detrás de una fórmula unificada entre libertarios, juecismo y radicales, la elección se vuelve incómoda incluso para un oficialismo fuerte como el cordobesista. Entonces aparece la necesidad vital de multiplicar candidaturas, alimentar egos y garantizar que alguien rompa el frente opositor antes de que el experimento anti-Llaryora tome volumen real.
Ahí entra De Loredo como artefacto de fragmentación electoral premium.
Y Macri entiende perfectamente el valor de esa pieza. Porque aunque el PRO haya perdido centralidad nacional frente al show libertario, todavía conserva algo mucho más importante para el sistema político tradicional: capacidad de articulación territorial y vínculos históricos con sectores empresariales, radicales y peronistas moderados que desconfían profundamente de la inestabilidad emocional del mileísmo.
Por eso la reunión fue importante.
No porque definan candidaturas mañana.
Sino porque demuestra que el verdadero poder argentino sigue funcionando alrededor de conversaciones reservadas entre dirigentes profesionales que entienden el negocio político mucho más allá del algoritmo, las redes sociales y el griterío televisivo.
Mientras los libertarios siguen vendiendo fantasías épicas sobre “destruir la casta”, los actores con experiencia se dedican a hacer algo muchísimo más eficaz:
administrarla.
Y Córdoba es ideal para eso porque ahí la política todavía conserva códigos viejos. Nadie rompe del todo. Nadie dinamita puentes innecesariamente. Todos negocian incluso cuando se detestan. Schiaretti habla con Macri. Macri escucha a Llaryora. Radicales conversan con libertarios mientras los critican en medios. Los Menem tantean dirigentes opositores mientras Twitter oficialista los acusa de tibios.
Una gran cooperativa del pragmatismo.
Encima De Loredo aporta dramatismo propio porque lleva meses intentando instalar la idea de que esta vez no piensa bajarse de ninguna candidatura importante. El problema es que en política argentina decir “no me bajo” suele ser exactamente el primer paso previo a terminar negociando otra cosa.
Y todos alrededor lo saben.
Por eso aparecen rumores de fórmulas mixtas, intendencias compensatorias, acuerdos cruzados y armados nacionales donde Córdoba podría convertirse en pieza de intercambio dentro de una negociación mucho más grande entre sectores del PRO, radicalismo y libertarios moderados.
Es decir: la vieja política de siempre.
Solo que ahora maquillada con estética anti-casta y reels de TikTok.
Lo interesante es cómo empieza a dibujarse el miedo compartido al escenario 2027. Porque detrás de toda esta ingeniería aparece una preocupación común entre dirigentes tradicionales: Milei puede seguir siendo fuerte nacionalmente, pero el armado territorial libertario todavía parece demasiado improvisado para garantizar gobernabilidad provincial seria.
Entonces muchos empiezan a pensar en alianzas híbridas.
Conservadores clásicos. Radicales reciclados. Peronistas cordobesistas. Macristas nostálgicos. Libertarios pragmáticos. Todos tratando de construir una nueva criatura política suficientemente ordenada como para competir sin depender completamente de la montaña rusa emocional presidencial.
Y ahí vuelve Córdoba como laboratorio.
No de ideas.
De supervivencia.
Porque mientras el país se incendia entre internas libertarias, escándalos patrimoniales y funcionarios que se destruyen entre sí por Twitter, el viejo sistema político reaparece haciendo lo que mejor sabe hacer:
acomodarse antes de que cambie el viento.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.


























