Una cuenta atribuida al entorno de Martín Menem atacaba sistemáticamente a Bullrich, Pettovello, Toto Caputo y Santiago Caputo mientras elogiaba a Karina Milei. La cuenta desapareció después de que Santiago la expusiera públicamente y desatara una guerra interna feroz. El mileísmo ya no parece un gobierno: parece un grupo de adminstrada de Twitter peleándose por el control del apocalipsis.
La Argentina libertaria finalmente alcanzó su forma política definitiva: una interna palaciega administrada por trolls paranoicos, operadores sin sueño y funcionarios que se descubren mutuamente cuentas fake mientras el país entero mira como quien presencia una pelea de borrachos en un cumpleaños familiar donde ya se rompieron dos vasos y alguien amenaza con llamar a la policía.
La escena es extraordinaria incluso para los estándares de este gobierno emocionalmente radioactivo.

Santiago Caputo salió públicamente a denunciar que Martín Menem impulsaba una cuenta anónima de Twitter dedicada a destruirlo a él, a Toto Caputo, a Patricia Bullrich y a Sandra Pettovello mientras repartía elogios místicos hacia Karina Milei como si administrara un club de fans norcoreano de la hermana presidencial.
Y después pasó lo mejor.
La cuenta desapareció.
Se autodestruyó más rápido que funcionario libertario después de una auditoría patrimonial. Pero ya era tarde. Había capturas de sobra. Mensajes, operaciones, insultos, indirectas, campañas internas y toneladas de veneno digital que dejaron expuesto algo mucho más grande que una simple pelea entre dirigentes.
El gobierno nacional funciona hoy como una guerra de facciones online.
No como metáfora.
Literalmente.

Cada grupo tiene trolls propios, operadores propios, periodistas amigos, cuentas anónimas y circuitos internos de demolición política. Los Menem y Karina por un lado. Santiago y Las Fuerzas del Cielo por el otro. Bullrich sobreviviendo como animal político profesional. Toto Caputo intentando sostener mercados mientras alrededor suyo se desarrolla una guerra civil adolescente escrita completamente en Twitter.
Y en el medio aparece esta cuenta llamada “Rufus”, una especie de buzón de operaciones permanentes donde se destrozaba a cualquiera que incomodara al núcleo de poder karinista.
Lo fascinante es el nivel de detalle del odio.
No eran críticas políticas normales. Era algo mucho más tóxico, más personal y más revelador. Ataques permanentes contra Pettovello, burlas hacia Bullrich, operaciones contra Toto Caputo y obsesión enfermiza contra Santiago. Todo acompañado de mensajes casi devocionales hacia Karina Milei, presentada como líder iluminada rodeada de traidores y mediocres.
Un delirio cortesano maravilloso.
La cuenta funcionaba como panfleto interno de facción. Como órgano de inteligencia emocional del karinismo digital. Y lo más divertido es que nadie creyó demasiado la explicación implícita de que era “un simple usuario independiente”. Porque en política argentina hay algo peor que quedar pegado a una cuenta fake:
borrarla demasiado rápido.
Ahí explotó Santiago.
“Borrar la cuenta lo único que confirma es que es de ustedes, mogólicos”, escribió, en un posteo que tiene la sutileza institucional de una pelea entre barras bravas discutiendo estacionamiento.
Y ahí se terminó de romper todo.
Porque ya no estamos viendo internas normales de gobierno. Estamos viendo un ecosistema de poder completamente degradado por la lógica algorítmica. Funcionarios que piensan como trolls. Dirigentes que operan como streamers resentidos. Militancia convertida en ejército digital rentado donde cada facción usa cuentas falsas para disciplinar, humillar o destruir adversarios internos.
El mileísmo terminó gobernando exactamente como vive:
posteando.
Y el problema es que cuando un gobierno se organiza alrededor de redes sociales, tarde o temprano la paranoia digital se vuelve estructura política. Todos sospechan de todos. Todos creen que hay operaciones internas. Todos acumulan capturas. Todos tienen carpetas.
Entonces el oficialismo se transforma lentamente en un foro conspiranoico administrado desde Balcarce 50.
Encima las publicaciones rescatadas son una obra maestra del canibalismo libertario. Mientras el país atraviesa crisis económica, deterioro salarial y conflicto social permanente, los muchachos estaban ocupados acusándose entre sí de inútiles, fracasados, traidores o estorbos para Karina.
“Te queda poco”, le escribían a Santiago.
“Lo malo del gobierno es la economía”, decían mientras Toto Caputo intentaba convencer mercados de que todavía existía conducción política.
Una belleza.
Todo esto además ocurre mientras Milei intenta sostener la narrativa épica de revolución liberal heroica frente a la casta. Pero puertas adentro ya nadie discute ideología. Discuten supervivencia. Control. Influencia sobre Karina. Acceso presidencial. Lugares en listas. Manejo judicial. Operaciones mediáticas.
El gobierno libertario mutó finalmente en una corte digital de facciones enfrentadas donde el verdadero poder no se mide por ministerios sino por capacidad de daño online.
Y eso explica algo fundamental:
ya no gobiernan para ordenar el país.
Gobiernan para no ser el próximo sacrificado de Twitter libertario.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.


























