Tras días de tensión, el massismo cedió Asuntos Constitucionales y La Cámpora conservará el control sobre los pliegos judiciales. Magario quedó golpeada después de intentar mover el tablero sin consenso interno. En el Senado bonaerense nadie discute ideas: se pelean por quién administra el poder antes de 2027.
El peronismo bonaerense pasó la semana haciendo lo que mejor sabe hacer cuando se acerca una elección importante: simular unidad mientras se amenaza internamente con romper todo, incendiar la Legislatura y tirarse expedientes judiciales por la cabeza como si fueran platos en casamiento italiano.
Y la pelea era hermosa porque no discutían salarios, inseguridad ni cómo resolver la vida de diecisiete millones de bonaerenses destruidos por años de ajuste, inflación y caos económico. No, compañeros. El corazón del conflicto era mucho más profundo y mucho más argentino quién se queda con la comisión que maneja los jueces. Ahí aparece la verdadera política.
La comisión de Asuntos Constitucionales del Senado bonaerense no es una oficina legislativa más. Es una escribanía premium de poder. Por ahí pasan jueces, fiscales, cargos judiciales y, sobre todo, los futuros integrantes de la Suprema Corte provincial. O sea: el aparato que define buena parte del poder real en la provincia más importante del país.

Y Verónica Magario decidió meter mano. La vicegobernadora intentó desplazar a La Cámpora de ese sillón estratégico para entregárselo al massismo con Malena Galmarini al frente. Una jugada quirúrgica, pesada y completamente imposible de vender como simple “reorganización institucional”. Porque en el peronismo nadie mueve una comisión judicial por casualidad. Eso es cirugía mayor entre tribus que ya están pensando en 2027 como hienas mirando una presa herida.
La reacción camporista fue inmediata. Bronca. Operaciones. Amenazas de ruptura. Reuniones eternas. Llamados cruzados. Y ese clima tan característico del peronismo donde todos dicen “compañero” mientras fantasean con destruir políticamente al compañero antes del desayuno.
Durante varios días el bloque estuvo literalmente al borde del quiebre. No por ideología. No por diferencias programáticas. Por caja institucional y control territorial del Poder Judicial. Argentina en estado puro.

Lo fascinante es cómo terminó la negociación. Porque el massismo finalmente retrocedió y entregó Asuntos Constitucionales nuevamente a Emmanuel González Santalla, hombre de La Cámpora. A cambio, Malena se quedaría con Reforma Política, una comisión que parece aburrida hasta que recordás que por ahí va a pasar el reglamento electoral de 2027.
O sea: cambiaron jueces por elecciones.
Una belleza.
El acuerdo parece salida de reunión mafiosa en parrilla de Puerto Madero: “quedate con los tribunales y dame el tablero electoral”. Todo mientras afuera la provincia se cae a pedazos y el Senado bonaerense acumula meses paralizado porque las distintas facciones del peronismo no consiguen repartirse el poder sin amenazas de implosión.
Y en el medio quedó Magario.
Golpeada.
Porque la vicegobernadora jugó fuerte y perdió parcialmente. Intentó avanzar sin consenso, quiso correr a La Cámpora de una caja institucional histórica y terminó generando un nivel de tensión tan alto que varios dirigentes empezaron a hablar abiertamente de ruptura.
No ocurrió solamente porque todos entendieron algo básico: si el Senado explotaba, explotaba todo lo demás detrás. Diputados. Concejos deliberantes. Armados locales. Acuerdos municipales. Una reacción en cadena digna de central nuclear peronista mal mantenida.
Entonces apareció el instinto de supervivencia.
Y el peronismo hizo lo que siempre hace cuando está al borde del abismo:
negociar más cargos.
Encima la pelea tiene capas todavía más jugosas. Porque detrás de todo aparece la vieja guerra entre Axel Kicillof y Cristina Kirchner. Magario venía de quedar herida cuando Cristina logró imponer a Mario Ishii como vicepresidente primero del Senado, un lugar clave en la línea sucesoria provincial. Axel quería otro nombre. Cristina ganó esa pulseada. Y ahora la tensión vuelve a explotar alrededor de las comisiones.
Todo conectado.
Todo venenoso.
Todo muy peronismo bonaerense 2026: una federación de tribus armadas con expedientes, operadores y ambiciones presidenciales prematuras mientras hablan de unidad popular con sonrisa de afiche.
Y mientras los libertarios se destruyen entre custodias, countries y carpetazos, el peronismo demuestra que sigue dominando un arte político mucho más sofisticado:
pelearse salvajemente… sin romper del todo.
Porque romper cuesta caro.
Pero administrar el rencor también es poder.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.


























