Las fintech aprovecharon los viajes gratis en colectivos y subtes para construir perfiles financieros detallados de millones de personas. Horarios, recorridos, consumos y hábitos cotidianos alimentan sistemas de scoring crediticio cada vez más invasivos. Especialistas advierten sobre discriminación algorítmica, sobreendeudamiento y falta total de transparencia.
La escena parecía tierna. Un país destruido económicamente, salarios hechos puré y, de pronto, las billeteras virtuales aparecían ofreciendo viajes gratis en bondi y subte como si fueran hermanitas solidarias del capitalismo digital. “Pagá con QR”, “te devolvemos el pasaje”, “movete gratis”. Todo muy simpático. Muy moderno. Muy startup cool con oficina llena de puff y CEO vestido de adolescente eterno.
Pero mientras vos pensabas que te estaban regalando un viaje a Constitución, ellos estaban comprando otra cosa muchísimo más valiosa:
tu rutina completa.
Porque el verdadero negocio nunca fue el boleto.
El negocio eras vos.
Tus horarios. Tus recorridos. Tus hábitos. Tus movimientos repetidos. Tus consumos pequeños. Tu nivel de saldo un martes a las 7:15 de la mañana mientras viajás apretado como fiambre humano rumbo al laburo.
Cada viaje se transformó en información financiera.
Y cada dato financiero en posibilidad de negocio.
Las fintech descubrieron algo extraordinario: el transporte público funciona como una radiografía social perfecta. Mucho más precisa que un recibo de sueldo. Mucho más íntima que una declaración bancaria. Porque el colectivo no miente. Ahí aparece dónde vivís, a qué hora salís, cuánto viajás, si tenés rutinas estables, si cargás saldo regularmente, si consumís siempre en los mismos lugares y hasta qué nivel de desorden económico atraviesa tu vida cotidiana.
Hermoso futuro cyberpunk tercermundista.
Te subís al 60 y el algoritmo empieza a preguntarse si sos solvente.
La lógica es brutalmente simple: si tus hábitos parecen “ordenados”, sos potencial cliente de crédito. Si tu comportamiento es irregular, cambiante o demasiado caótico, el sistema empieza a mirarte como riesgo financiero. Ya no importa solamente cuánto ganás. Importa cómo te movés, cómo consumís y cómo circulás por la ciudad.
O sea: la pobreza ya no se mide solamente en ingresos.
Ahora también se perfila digitalmente.
Y todo bajo estética amigable de aplicación color pastel que te manda emojis cuando pagás un café.
Las investigadoras que vienen siguiendo el fenómeno lo explican sin maquillaje: las billeteras construyen “biografías financieras conductuales”. Una expresión elegante para decir que transformaron la vida cotidiana en mercancía estadística.
Cada QR es un examen psicológico silencioso.
Cada recarga es un dato de comportamiento.
Cada viaje es una pequeña declaración involuntaria sobre tu estabilidad social.
Y lo más impresionante es que millones de personas entregan esa información felices porque el capitalismo digital entendió hace tiempo que la vigilancia funciona mucho mejor cuando viene acompañada de descuentos.
No necesitás imponer control si podés ofrecer promociones.
Entonces las apps te regalan dos boletos, una devolución de saldo o un café con reintegro mientras construyen sistemas gigantescos de perfilado económico capaces de inferir desde hábitos laborales hasta niveles potenciales de endeudamiento.
Y ahí aparece otro detalle espectacularmente argentino:
los algoritmos supuestamente inteligentes tampoco funcionan demasiado bien.
Porque mientras las fintech vendían humo sobre inteligencia artificial revolucionaria, créditos personalizados y evaluación moderna del riesgo, la mora explotó. Los préstamos incobrables se multiplicaron y la cartera irregular del crédito no bancario ya supera niveles alarmantes.
O sea: te espían, te perfilan, te analizan… y aun así terminan prestándole plata a gente que después no puede pagar.
Maravillosa eficiencia libertaria digital.
Las plataformas prometían reemplazar a los bancos dinosaurio con sistemas futuristas basados en big data y comportamiento humano. Pero cuanto más datos acumulan, más evidente queda que el problema económico argentino no se resuelve mirando cuántas veces tomaste el subte.
La gente no deja de pagar porque el algoritmo calculó mal.
Deja de pagar porque el país se cae a pedazos.
Encima aparece otro problema todavía más oscuro: la discriminación automatizada. Porque cuando un sistema financiero empieza a cruzar zonas geográficas, rutinas urbanas, hábitos de movilidad y patrones de consumo, termina reproduciendo desigualdades históricas disfrazadas de matemática neutral.
Entonces el algoritmo aprende rápidamente quién vive en barrios precarizados, quién tiene trabajos inestables, quién consume en zonas más pobres y quién circula fuera de los horarios considerados “normales”.
La exclusión social ahora viene programada.
Con interfaz minimalista.
Y casi nadie entiende realmente qué datos entregó, cómo se usan o qué perfil secreto construyeron sobre su vida diaria. Porque ese es el corazón del modelo: opacidad absoluta. Las empresas recolectan información gigantesca, generan inferencias privadas sobre millones de personas y después toman decisiones financieras basadas en criterios invisibles que nadie puede auditar seriamente.
La Argentina llegó finalmente a una etapa fascinante donde el viaje en colectivo dejó de ser solamente transporte público.
Ahora también es extracción de datos.
Te subís al bondi para ir a trabajar.
Ellos usan el trayecto para decidir cuánto valés financieramente.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.


























