La consolidación del eje estratégico entre China y Rusia, junto con el progresivo reordenamiento del poder global, coloca a Argentina ante una disyuntiva que su propio gobierno ha definido en los hechos. Mientras el mundo se reorganiza en torno a bloques en pugna, la administración de Javier Milei ha optado por una inserción internacional explícita: el alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel, en el marco de los denominados «Acuerdos de Isaac».
La pregunta central ya no es ideológica. Es estratégica.
I. Los Acuerdos de Isaac: contenido y significado
El 19 de abril de 2026, en Jerusalén, los presidentes Javier Milei y Benjamín Netanyahu proclamaron los Acuerdos de Isaac. La elección del nombre no es casual. Los Acuerdos de Abraham (2020) normalizaron relaciones entre Israel y varios Estados árabes. Los Acuerdos de Isaac, por su parte, extienden esa lógica hacia el hemisferio occidental .
El contenido concreto de los acuerdos incluye tres instrumentos principales :
- Un memorándum antiterrorismo, con foco explícito en la presencia iraní en el hemisferio occidental.
- Un memorándum de cooperación en inteligencia artificial entre la Dirección Nacional de IA de Israel y la Secretaría argentina de Ciencia, Tecnología e Innovación.
- Un protocolo aéreo enmendado que habilita el vuelo directo Tel Aviv-Buenos Aires, operado por El Al.
Según informes internacionales, la iniciativa es impulsada por la organización «American Friends of the Isaac Accords» (AFOIA), presidida por el ex embajador estadounidense Stafford Fitzgerald, lo que evidencia el respaldo de Washington al proyecto . El objetivo declarado es construir un bloque de países «afines» en el hemisferio occidental, que incluya a Uruguay, Paraguay, Ecuador, Panamá y Costa Rica en una primera instancia, y potencialmente a Brasil, Colombia, Chile y El Salvador en una segunda ola .
II. La política exterior de Milei: alineamiento sin fisuras
El presidente Milei ha sido explícito en cuanto a su posicionamiento internacional. En marzo de 2026, durante una visita a la Universidad Yeshiva en Nueva York, se autodefinió como «el presidente más sionista del mundo» .
Al referirse al conflicto con Irán, Milei fue categórico: «No me gusta Irán. Metieron dos bombas en nuestro país. Por lo tanto, son nuestros enemigos» . En la misma línea, el presidente afirmó que «somos un aliado incondicional de Estados Unidos, es una cuestión de ordenamiento geopolítico» .
Esta no es una retórica ocasional. Es la doctrina oficial de la política exterior argentina.
En los hechos, la Argentina ha adoptado una posición de alineamiento total con la Casa Blanca y el gobierno de Netanyahu. El país es, junto con una decena de naves de la región, uno de los pocos en América Latina que respalda explícitamente la guerra contra Irán . Asimismo, ha votado en la ONU alineada con Estados Unidos e Israel en todas las resoluciones relacionadas con Medio Oriente, abandonando décadas de tradición multilateralista.
III. El bilateralismo pragmático con China: luces y sombras
Sin embargo, la realidad económica impone matices que el discurso oficial no siempre refleja. A pesar de la retórica alineada con Washington, el gobierno de Milei mantiene una relación pragmática con China, el principal socio comercial del país y un destino clave para las exportaciones argentinas, especialmente en el sector agroindustrial y minero .
En abril de 2026, el gobierno formalizó la asociación público-privada con la empresa china Zijin Mining Group para el desarrollo del proyecto de litio Tres Quebradas en Catamarca, una inversión millonaria que resulta clave para la transición energética global . Al mismo tiempo, el país asiático es un actor central en la financiación de infraestructura energética y portuaria en el país.
Esta dualidad estratégica de la administración libertaria —alineamiento geopolítico con Estados Unidos y pragmatismo económico con China— no es necesariamente contradictoria. Responde a la realidad de un mundo multipolar en el que ningún país de la región puede darse el lujo de prescindir del vínculo con el gigante asiático. Sin embargo, la falta de una narrativa clara que explique esta dualidad genera incertidumbre y expone al país a las tensiones propias de la disputa entre las dos grandes potencias.
La Argentina, en este contexto, corre el riesgo de quedar atrapada en una contradicción no resuelta: alineamiento ideológico con Washington, dependencia comercial de Beijing.
IV. El costo de la subordinación
El alineamiento con Estados Unidos e Israel tiene costos que el gobierno no ha evaluado públicamente. El más evidente es la pérdida de autonomía en materia de política exterior. La Argentina votó en la ONU alineada con Washington en todas las resoluciones relacionadas con Medio Oriente, abandonando décadas de tradición multilateralista.
El segundo costo es comercial. El alineamiento con Israel y Estados Unidos en la guerra contra Irán expone a la Argentina a posibles represalias o restricciones en sus relaciones con otros socios comerciales, incluyendo China. Uno de los principales destinos de las exportaciones argentinas no es Estados Unidos. Es China.
El tercer costo es diplomático. Mientras Brasil, Colombia y México mantienen posiciones más equilibradas, la Argentina queda aislada en América Latina. Es, junto con El Salvador y Ecuador, uno de los pocos países de la región que respalda explícitamente la política bélica de Washington y Tel Aviv.
V. La ecuación que nadie resuelve
La Argentina posee activos geopolíticos de enorme valor: alimentos, energía, agua dulce, litio, cobre, capacidad agroindustrial, conocimiento científico y posición antártica. En un mundo que se reorganiza en torno a bloques en pugna, estos recursos deberían ser moneda de cambio para negociar una inserción internacional ventajosa.
El gobierno de Milei, sin embargo, parece haber descartado esa posibilidad. No negocia. No exige contrapartidas. No condiciona su apoyo a cambio de inversiones, transferencia de tecnología o respaldo en el reclamo de Malvinas.
La única contraprestación visible es la gratitud personal de los poderosos. Netanyahu elogió a Milei por su «claridad moral». El embajador estadounidense Mike Huckabee afirmó que Milei y Netanyahu representan «valores fundamentales de la civilización occidental» . El presidente recibió distinciones honoríficas y abrazos en Jerusalén .
Eso es todo.
Los Acuerdos de Isaac son la institucionalización de una política exterior que privilegia el alineamiento ideológico por sobre la defensa de los intereses nacionales. La Argentina se ha subordinado voluntariamente a los intereses geopolíticos de Estados Unidos e Israel sin exigir nada a cambio.
El país tiene recursos estratégicos que podrían ser utilizados como moneda de cambio para negociar inversiones, tecnología y apoyo diplomático. En lugar de eso, el gobierno de Javier Milei ha decidido entregarlos sin pedir nada a cambio.
No es una alianza. Es una subordinación. No es pragmatismo. Es ideología. No es soberanía. Es vasallaje.
El nuevo orden mundial no admite neutralidades ingenuas, como ha señalado este medio. Pero la experiencia histórica demuestra que la subordinación incondicional a una potencia no garantiza desarrollo ni autonomía. La Argentina necesita una política exterior profesional, pragmática y diversificada, que negocie sus activos estratégicos a cambio de beneficios concretos para su población.
La pregunta que nuestra generación tiene que responder no es si la Argentina debe alinearse con Estados Unidos o con China. Es si debe hacerlo en condiciones de subordinación absoluta, sin obtener beneficios concretos, sin garantías de reciprocidad, sin control parlamentario.

























