La Justicia citó a indagatoria a Lilia Lemoine por sus ataques públicos contra Ian Moche y su madre. La causa investiga posibles conductas de hostigamiento y maltrato agravado contra un menor de edad. Después de meses de crueldad televisada y militancia del odio, el show libertario empieza a llegar a tribunales.
La Argentina libertaria logró una proeza política difícil de superar incluso para este zoológico nacional donde pasan cosas imposibles antes del desayuno: convertir a un chico autista de doce años en enemigo público del gobierno y terminar con una diputada oficialista citada por la Justicia después de semanas enteras de hostigamiento mediático y digital.
Todo completamente normal en el reino de la motosierra emocional.

Lilia Lemoine no tuvo un exabrupto aislado. No fue un mal día. No fue un error de interpretación. Fue una campaña obsesiva. Una especie de cacería política contra Ian Moche y su mamá donde la diputada mezcló teorías delirantes, crueldad televisiva y posteos dignos de administrador de grupo conspiranoico en Facebook a las tres de la mañana.
El resultado es fascinante.
Una legisladora nacional explicándole al país que un nene “actúa de autista” mientras intenta convencer a todos de que la verdadera víctima es ella.
Maravilloso.
La entrevista donde dijo semejante barbaridad parecía escrita por inteligencia artificial entrenada con comentarios de trolls libertarios y cadenas de WhatsApp de tíos alcohólicos. Porque ya ni siquiera se trataba de discutir ideas o políticas públicas. No. El oficialismo decidió que un menor con visibilidad pública sobre discapacidad también debía entrar en la guerra cultural.

Y entraron con todo.
Acusaron a la madre de “usar” al hijo, insinuaron intereses políticos, hablaron de manipulación, de negocio, de exposición. Todo con ese tonito moralista insoportable de gente que se autopercibe rebelde antisistema mientras vive obsesionada con destruir emocionalmente a cualquiera que les incomode.
Lo más grotesco es que nadie dentro del oficialismo frenó la locura.
Al contrario.
Muchos celebraban la escena como si fuera una batalla heroica contra el marxismo internacional y no una diputada adulta peleándose con un chico de doce años en redes sociales.
Porque el libertarismo argentino 2026 ya cruzó una frontera rarísima donde la crueldad dejó de ser consecuencia y pasó a ser identidad política. Necesitan humillar. Necesitan atacar. Necesitan convertir todo en una pelea. Jubilados, docentes, científicos, médicos, artistas, personas con discapacidad… siempre aparece alguien más débil al que señalar para mantener viva la maquinaria del odio.
Es un modelo político basado en el bullying.
Con fueros.
Y ahora la Justicia decidió intervenir porque incluso dentro de esta Argentina detonada empezó a resultar demasiado obsceno ver a una diputada nacional dedicando tiempo institucional a perseguir a un menor.
La causa investiga hostigamiento y maltrato agravado. Pero el verdadero expediente es otro: el estado mental del oficialismo.
Porque cuando un gobierno necesita convertir a un chico autista en enemigo narrativo, no estamos viendo fortaleza ideológica.
Estamos viendo fanatismo descompuesto.
Y la entrevista de Lemoine dejó algo todavía más inquietante: la absoluta incapacidad de registrar el límite humano más básico. No había culpa. No había incomodidad. No había un instante mínimo de vergüenza adulta. Solamente esa mezcla libertaria de soberbia digital y victimización permanente donde siempre creen estar librando una guerra épica aunque estén atacando a un nene.
El problema ya no es político.
El problema es moral.
Porque un país donde funcionarios públicos se sienten cómodos acosando chicos mientras hablan de libertad terminó construyendo algo bastante más oscuro que una fuerza política.
Construyó una secta con Wi-Fi.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.


























