La reforma de la Ley de Glaciares en 2026 reabre una discusión histórica sobre territorio, Estado y exclusión en Argentina. Más de 7 millones de personas dependen de esos reservorios de agua, mientras comunidades indígenas denuncian falta de consulta y vulneración de derechos. En este contexto, Martín Fierro deja de ser una referencia literaria para convertirse en una clave de lectura que permite comprender cómo se organiza el despojo.
Abordar hoy ese texto implica abandonar su interpretación como mito fundacional y asumirlo como una escritura atravesada por la violencia que estructuró la formación del Estado argentino, no como accidente ni desvío, sino como condición constitutiva de ese proceso. La crítica ha señalado que la obra de José Hernández no puede desligarse de su contexto político e ideológico, en tanto su trama articula lo histórico, lo social y lo simbólico como núcleo del relato, mostrando no solo la vida de un gaucho, sino el modo en que el Estado produce sujetos desplazados, disciplinados y expulsados, inscribiendo en la literatura una experiencia de exclusión que no pertenece únicamente al siglo XIX, sino que continúa reconfigurándose en el presente.

El gaucho, en ese entramado, no es una figura romántica ni un símbolo inocente de la identidad nacional, sino un sujeto político construido en tensión con un orden que lo necesita como fuerza de trabajo y como cuerpo disponible para la guerra, pero que al mismo tiempo lo excluye de la ciudadanía plena, negándole derechos y sometiéndolo a un régimen de violencia institucional que se naturaliza como parte del proceso civilizatorio. La crítica ha señalado que Martín Fierro intenta articular la voz del sujeto subalterno, pero también muestra los límites de esa operación, en tanto el personaje no logra alterar las estructuras que lo oprimen y termina siendo reabsorbido por el sistema que lo margina , y esta imposibilidad de transformación no es un fracaso narrativo, sino la evidencia de una estructura histórica que excede al individuo y que define las condiciones mismas de su existencia.
Ese núcleo de violencia estructural, que en el texto aparece ligado a la leva forzada, a la persecución y a la expulsión territorial, puede leerse hoy como una matriz que no ha desaparecido, sino que ha mutado en sus formas de expresión, adaptándose a un contexto donde la disputa ya no se organiza en torno a la frontera militar, sino a la frontera económica y extractiva. La reforma de la Ley de Glaciares en 2026, en este sentido, no constituye un episodio aislado ni una simple modificación normativa, sino una actualización de esa misma lógica de apropiación territorial, donde el Estado redefine las condiciones de acceso y uso de los recursos naturales en función de intereses económicos que no necesariamente contemplan las formas de vida que dependen de ellos, y donde el territorio vuelve a ser pensado como superficie disponible antes que como entramado de relaciones sociales, culturales y ambientales.
Martín Fierro y la Argentina 2026
| Eje de análisis | Martín Fierro (siglo XIX) | Argentina 2026 (actualidad) | Lectura crítica |
|---|---|---|---|
| Estructura narrativa | Relato en primera persona, voz gaucha que canta su propia historia; mezcla de testimonio, denuncia y autobiografía poética. | Narrativas mediáticas fragmentadas y discursos oficiales tecnocráticos que despersonalizan el conflicto. | Se evidencia un desplazamiento desde una narración experiencial hacia una mediación institucional del conflicto. |
| Tipo de narrador | Sujeto subalterno que intenta representarse a sí mismo, condicionado por la estructura que lo oprime. | Comunidades afectadas que denuncian sin incidir directamente en la toma de decisiones; predominio del discurso estatal. | Persisten asimetrías en la producción de discurso y en la capacidad de incidencia política. |
| Conflicto central | Violencia estatal: leva forzada, expulsión del territorio, disciplinamiento del gaucho. | Conflictos vinculados al extractivismo, reformas ambientales y disputas territoriales. | Se observa una transformación de la forma del conflicto, manteniendo una lógica estructural de exclusión. |
| Estructura de poder | Estado en formación que organiza el territorio y regula cuerpos. | Estado que redefine el uso de recursos naturales en función de políticas económicas. | Continuidad en el rol del Estado como organizador del territorio y las relaciones sociales. |
| Territorio | Espacio de vida del gaucho, sujeto a control y desplazamiento. | Territorios en disputa por explotación de recursos (agua, glaciares, minería). | El territorio continúa siendo objeto de intervención y disputa. |
| Dimensión cultural | Cultura gauchesca como forma de identidad y resistencia simbólica. | Cosmovisiones indígenas que entienden el territorio como sistema integral de vida. | Coexistencia de distintas concepciones del territorio en tensión con el modelo dominante. |
| Violencia | Directa y visible: castigo físico, persecución, guerra. | Indirecta o mediada: legal, económica, ambiental e institucional. | La violencia adopta formas menos visibles pero igualmente estructurales. |
| Advertencia del texto | El sistema no integra al gaucho: lo utiliza y lo excluye. | Modelos de desarrollo que no integran plenamente a las comunidades afectadas. | Persistencia de dinámicas de exclusión en distintos contextos históricos. |
| Resultado del conflicto | El protagonista no modifica la estructura y es reabsorbido por el sistema. | Las comunidades denuncian, pero las decisiones se mantienen centralizadas. | Limitaciones estructurales en la capacidad de transformación de los sujetos afectados. |
| Relación con la ley | La ley opera como mecanismo de control social. | Reformas legales que regulan el uso de recursos y redefinen derechos territoriales. | La normativa refleja relaciones de poder y disputas por el control del territorio. |
| Construcción de identidad | El gaucho se transforma en símbolo nacional. | Reconocimiento formal de pueblos originarios con persistencia de desigualdades materiales. | Desfase entre reconocimiento simbólico y condiciones reales de existencia. |
| Frases clave (reinterpretadas) | “Aquí me pongo a cantar…” como afirmación de la voz propia. | Expresiones de denuncia y reclamo territorial en comunicados actuales. | La palabra funciona como herramienta de visibilización y resistencia. |
| Otra frase clave | “Mi gloria es vivir tan libre…” como ideal de autonomía. | Defensa del territorio como condición de vida. | La noción de libertad se vincula con el control del territorio. |
| Dimensión ideológica | Crítica implícita al proyecto de organización estatal excluyente. | Cuestionamientos a modelos extractivos contemporáneos. | Continuidades en las tensiones entre desarrollo, territorio y derechos. |
| Función del texto | Intervención política a través de la literatura. | Denuncia política mediante comunicados, informes y acciones colectivas. | Persistencia de la escritura como forma de intervención social. |
| Importancia histórica | Obra central de la literatura argentina y registro de conflictos sociales. | Contexto de redefinición de políticas territoriales y económicas. | La lectura histórica permite interpretar problemáticas actuales. |
| Conclusión estructural | Formación estatal atravesada por exclusión. | Reconfiguración contemporánea de desigualdades territoriales. | Continuidades y transformaciones en las formas de organización social. |
La literatura, en este contexto, no funciona como un refugio ni como una representación distante, sino como un archivo que permite reconocer la persistencia de ciertas formas de violencia y su capacidad de adaptarse a distintos momentos históricos, y Martín Fierro, leído desde esta perspectiva, deja de ser un texto cerrado sobre el pasado para convertirse en una herramienta crítica que ilumina el presente, mostrando que las lógicas de exclusión que organizaban la vida del gaucho no han sido superadas, sino reconfiguradas en un escenario donde el despojo se articula a través de dispositivos legales, económicos y políticos que operan con mayor sofisticación, pero con efectos igualmente concretos sobre los cuerpos y los territorios.

En ese sentido, la relación entre literatura y política no es externa ni contingente, sino constitutiva, en tanto ambos campos participan en la producción de sentidos que definen qué vidas son consideradas valiosas, qué territorios son protegidos y cuáles pueden ser intervenidos en nombre del progreso, y la violencia que la crítica identifica como dispositivo central en la literatura argentina del siglo XIX encuentra hoy nuevas formas de expresión en políticas que reorganizan el territorio sin garantizar condiciones de justicia social ni ambiental.
El problema no es que la historia se repita, sino que se administre con mayor sofisticación. Porque si en el siglo XIX el Estado argentino necesitó avanzar sobre los territorios indígenas para consolidarse, hoy parece dispuesto a retroceder en su capacidad de protegerlos, habilitando condiciones para su explotación en nombre de un desarrollo que no incluye a quienes los habitan. La violencia ya no se nombra como conquista, pero sigue operando; ya no se ejecuta con campañas militares, pero se materializa en decisiones que excluyen, silencian y desplazan.
En Martín Fierro, el canto no es celebración: es advertencia. Es la voz de un sujeto que entiende que el problema no es su destino individual, sino la estructura que lo produce como descartable. “Aquí me pongo a cantar”, dice, y en ese gesto no hay folklore, hay denuncia; no hay identidad, hay desgarro. Porque lo que el poema revela —y que la tradición intentó domesticar— es que la patria no se construyó integrando, sino excluyendo, y que el orden que se presenta como civilización necesitó siempre de cuerpos sacrificables para sostenerse.
Hoy, en 2026, ese canto vuelve a escucharse, pero ya no en la figura del gaucho, sino en las voces de comunidades como el Pueblo Nación Diaguita, que denuncian no haber sido consultadas mientras se decide sobre territorios que no son recursos, sino vida. Y ahí la incomodidad es total, porque obliga a reconocer que aquello que el Estado alguna vez arrebató para hacerse más grande, hoy puede ser cedido, intervenido o expuesto sin que ese mismo Estado garantice los derechos de quienes lo sostienen desde hace generaciones.
Por eso, la discusión sobre la reforma de la Ley de Glaciares no puede reducirse a un problema técnico ni a una cuestión de gestión de recursos, sino que debe leerse como parte de una disputa más amplia por el sentido del territorio y por las formas de vida que en él se sostienen, en un contexto donde el desarrollo aparece como argumento para justificar intervenciones que profundizan desigualdades históricas. Leer Martín Fierro hoy, entonces, no es un gesto nostálgico ni académico, sino una forma de reconocer que el país que ese texto denunció no desapareció, sino que se transformó, y que la violencia que lo fundó sigue operando, con otros lenguajes y otros dispositivos, en las decisiones que definen quién puede habitar, quién puede decidir y quién queda, una vez más, fuera de la historia.
La pregunta, entonces, no es si aprendimos algo de nuestra historia, sino si estamos dispuestos a reconocer que nunca dejamos de escribirla del mismo modo. Porque si el país de Martín Fierro se fundó sobre el despojo, el país de hoy corre el riesgo de perfeccionarlo: ya no necesita conquistar el territorio, le alcanza con habilitar su entrega. Y en ese gesto, silencioso pero decisivo, no solo se juega el destino de los glaciares o de las comunidades que los habitan, sino el sentido mismo de una nación que, entre la memoria y el mercado, parece seguir eligiendo olvidar.





























