Un hombre armado asesinó a Pengo Bossio Wangi, un deportista negro de 26 años, e hirió a otras cinco personas cerca de París. Según Le Monde, el sospechoso reconoció ante policías que había elegido atacar a negros y árabes; en su vivienda encontraron un ejemplar de Mein Kampf. Los asesinatos de José Delfín Acosta Martínez, Marcelina Meneses y su hijo Josua, y Fernando Báez Sosa recuerdan que Argentina también conoce las consecuencias mortales del racismo y la xenofobia.
Pengo Bossio Wangi tenía 26 años, practicaba artes marciales mixtas y soñaba con convertirse en luchador profesional. El viernes 23 de octubre fue asesinado a tiros en Trappes, al oeste de París, durante una secuencia de disparos que dejó otras cinco personas heridas, entre ellas una niña de doce años. El sospechoso, Kevin T., de 39 años, fue detenido después de recorrer las localidades de Trappes y La Verrière disparando desde un automóvil.
La investigación incorporó este sábado un elemento estremecedor. Según los periodistas Soren Seelow y Jérémie Pham-Lê, de Le Monde, el detenido habría manifestado ante los primeros policías que pretendía vengar los saqueos ocurridos durante las manifestaciones del 17 de octubre atacando a personas negras y árabes. Durante el allanamiento de su vivienda se encontró un ejemplar de Mein Kampf, de Adolf Hitler, y un dispositivo compuesto por tres garrafas de gas conectadas mediante cables a un temporizador. La Fiscalía Nacional Antiterrorista investiga el asesinato y las tentativas de asesinato con una posible motivación racial o religiosa.
La selección de las víctimas constituye el aspecto más grave del caso. Pengo no había participado de los saqueos que el atacante decía querer vengar. Su identidad racial habría bastado para convertirlo en destinatario de una violencia destinada a castigar colectivamente a personas desconocidas. Ese es uno de los mecanismos centrales del racismo: reemplazar la responsabilidad individual por una condena basada en el color de piel, el origen o la religión.
El alcalde de Trappes, Ali Rabeh, advirtió sobre los discursos que responsabilizan sistemáticamente a musulmanes y personas de origen africano de los problemas de Francia. Su preocupación refleja un debate que trasciende las fronteras europeas: qué ocurre cuando una sociedad se acostumbra a representar a determinados grupos humanos como amenazas.
Argentina tiene sus propias víctimas: del racismo policial a los asesinatos xenófobos
La Argentina no necesita mirar únicamente hacia Francia para comprender que el racismo puede matar. Sus antecedentes incluyen víctimas afrodescendientes, migrantes y jóvenes atacados mediante expresiones de desprecio racial.
El 5 de abril de 1996, José Delfín Acosta Martínez, activista afrodescendiente uruguayo radicado en Buenos Aires, fue detenido por la Policía Federal después de denunciar el trato racista que recibían dos ciudadanos brasileños negros. Murió bajo custodia policial. En 2020, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado argentino por su detención ilegal, arbitraria y discriminatoria, por su muerte bajo custodia y por las deficiencias de la investigación. La sentencia reconoció la existencia de prácticas de perfilamiento racial y violencia institucional.
El 10 de enero de 2001, Marcelina Meneses, migrante boliviana, y su pequeño hijo Josua murieron junto a las vías del ferrocarril Roca. Según el testimonio que impulsó la denuncia, Marcelina había sufrido insultos xenófobos y fue empujada desde un tren con su bebé en brazos. La causa terminó sin condenados. Veinticinco años después, su historia permanece como uno de los símbolos más dolorosos de la violencia contra la población migrante en Argentina.
El 18 de enero de 2020, Fernando Báez Sosa, un joven de 18 años, hijo de migrantes paraguayos, fue asesinado a golpes en Villa Gesell. Durante el ataque, testigos escucharon insultos racistas dirigidos contra él. El entonces Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) señaló expresamente esa dimensión del crimen. Los responsables fueron condenados por homicidio, aunque la sentencia no lo calificó jurídicamente como un crimen de odio racial.
Estos casos presentan circunstancias y responsabilidades distintas. Uno terminó con una condena internacional al Estado argentino; otro continúa marcado por la impunidad; el tercero obtuvo condenas penales por homicidio. Los une la presencia de prejuicios raciales o xenófobos en hechos que terminaron con vidas humanas.
También muestran que el racismo argentino no se limita a las agresiones explícitas contra afrodescendientes. Atraviesa la estigmatización de migrantes latinoamericanos, el desprecio hacia sectores populares y prácticas institucionales que históricamente han tratado de manera desigual a determinadas poblaciones.
De la superioridad libertaria al napalm: cuando el desprecio se convierte en espectáculo
En agosto de 2026, el abogado e influencer libertario Alejandro Sarubbi Benítez, conocido como GordoLeyes, propuso durante una transmisión del canal Carajo esterilizar habitantes del conurbano bonaerense, construir un muro vigilado por francotiradores y bombardear la región con napalm. Sus declaraciones provocaron risas y aplausos entre los participantes del programa y un amplio repudio público.
La esterilización forzada constituye un antecedente de las políticas eugenésicas del siglo XX. El napalm es un arma incendiaria que produjo devastación y graves daños a poblaciones civiles durante distintos conflictos bélicos. Convertir semejantes prácticas en bromas políticas plantea una cuestión que ninguna discusión partidaria debería eludir: ¿cuándo comenzamos a considerar entretenida la eliminación de seres humanos?
Javier Milei también ha utilizado expresiones de superioridad moral y estética para caracterizar a su espacio político frente a sus adversarios. Aquellas declaraciones no constituyen una afirmación de supremacía racial, pero forman parte de una retórica que merece examinarse junto con la creciente descalificación de quienes piensan distinto.
La cuestión no es atribuir al Presidente argentino responsabilidades por el atentado francés, ni equiparar una provocación verbal con un asesinato. El problema es la normalización de un lenguaje que presenta a grupos enteros como inferiores, peligrosos o prescindibles.
Byung-Chul Han y la guerra civil molecular: una sociedad que se destruye desde adentro
El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han permite interpretar ese deterioro mediante el concepto de guerra civil molecular: una hostilidad cotidiana y fragmentada que erosiona los vínculos sociales sin convertirse necesariamente en una guerra abierta.
En ese escenario, las frustraciones económicas y sociales pueden desplazarse hacia personas que comparten las mismas dificultades. El trabajador público se convierte en enemigo del empleado privado; el migrante, en supuesto responsable del desempleo; el beneficiario de asistencia social, en sospechoso permanente; el habitante de un barrio popular, en alguien a quien se considera legítimo despreciar.
Han también analiza la fragmentación del precariado y las dificultades para transformar el malestar individual en acción colectiva. Su interpretación es una hipótesis filosófica, no una explicación universal de la violencia. La existencia de sindicatos, organizaciones afrodescendientes y movimientos territoriales demuestra que la precariedad también puede generar solidaridad.
La noción de guerra civil molecular ayuda, sin embargo, a reconocer el instante en que el conflicto deja de dirigirse contra decisiones políticas y comienza a atacar la identidad o la dignidad de las personas.
En Francia, según la investigación, un hombre habría seleccionado víctimas negras y árabes para vengarse de hechos que ellas no cometieron. En Argentina, los antecedentes de José Delfín Acosta Martínez, Marcelina Meneses y Fernando Báez Sosa muestran las consecuencias de distintas formas de violencia racial, xenófoba e institucional.
El mecanismo de deshumanización encuentra allí su expresión más peligrosa: el otro deja de tener una historia individual y pasa a representar una categoría contra la que alguien considera legítimo ejercer violencia.
El racismo mata: una advertencia que Argentina ya conoce
Los asesinatos recordados en esta editorial no demuestran que cualquier expresión discriminatoria conduzca inevitablemente a un homicidio. Sí muestran que los prejuicios raciales pueden participar de procesos de violencia extrema y que su naturalización merece una respuesta social e institucional.
También resulta indispensable reconocer a quienes históricamente han enfrentado esas prácticas. Las organizaciones afroargentinas, los movimientos de migrantes, los organismos de derechos humanos y las asociaciones comunitarias contribuyeron a visibilizar crímenes, exigir investigaciones y cuestionar las formas de discriminación que todavía persisten.
En Francia, la Justicia deberá reconstruir las motivaciones y responsabilidades del ataque de Trappes. En Argentina, la condena internacional por la muerte de Acosta Martínez y la impunidad del caso Meneses recuerdan que reconocer el racismo exige algo más que pronunciamientos públicos: requiere investigaciones eficaces, reparación y garantías de no repetición.
Pengo Bossio Wangi tenía 26 años. José Delfín Acosta Martínez defendió a otros jóvenes negros frente a una intervención policial. Marcelina Meneses viajaba con su hijo al médico. Fernando Báez Sosa tenía apenas 18 años. Ninguno debía morir por los prejuicios de otros.
La gravedad del atentado francés no reside solamente en el arma utilizada o en el número de víctimas. Reside en la posibilidad de que alguien haya decidido quién merecía vivir y quién podía morir a partir de su apariencia racial.
La advertencia alcanza a Europa y América Latina: una sociedad comienza a fracturarse cuando admite que algunos de sus integrantes valen menos que otros. La violencia no siempre empieza con un disparo. También puede alimentarse de la indiferencia, los estereotipos, las humillaciones y el desprecio convertido en espectáculo.
El racismo mata. Argentina tiene nombres, fechas y sentencias suficientes para saberlo. Y Francia acaba de sumar otra vida a esa historia que nunca debió repetirse.



























