Ante unas 30 mil personas, según los organizadores, el gobernador pidió que cuenten con él para construir una alternativa nacional. Reivindicó los gobiernos de Cristina Kirchner y sostuvo que está “injustamente presa”, pero defendió la necesidad de componer “nuevas canciones”. El mensaje fue doble: necesita el voto kirchnerista, aunque ya no acepta que su futuro sea decidido desde San José 1111.
Axel Kicillof evitó pronunciar la fórmula convencional “soy candidato a presidente”, pero hizo todo lo necesario para que nadie dudara de su decisión. Frente a una multitud reunida en la Universidad Tecnológica Nacional de Villa Domínico, en Avellaneda, cerró el primer encuentro nacional del Movimiento Derecho al Futuro con una frase que funcionó como lanzamiento: “Cuenten conmigo para que el año que viene la Argentina tenga una alternativa”.
No fue una declaración aislada. Llegó después de una jornada con representación de distintas provincias, intendentes, legisladores, sindicatos, organizaciones sociales y mesas de debate. El acto tuvo escenografía nacional, volumen militante y un discurso de una hora y cuarto estructurado alrededor de tres objetivos: presentarse como la contracara de Javier Milei, contener la relación con Cristina Kirchner y abrir el peronismo hacia sectores políticos que no se identifican con su núcleo tradicional.
Los organizadores estimaron la concurrencia en unas 30 mil personas. La cifra no cuenta con una medición independiente, pero la convocatoria permitió mostrar una capacidad de movilización considerable y confirmó que el Movimiento Derecho al Futuro dejó de funcionar únicamente como refugio bonaerense para convertirse en el instrumento nacional de Kicillof.
El gobernador no anunció una candidatura en términos administrativos. Realizó algo políticamente más importante: se ofreció como conductor.
Un lanzamiento sin decir “soy candidato”
La frase “cuenten conmigo” le permitió a Kicillof cruzar la frontera entre una construcción colectiva y una postulación personal sin cerrar anticipadamente las negociaciones internas.
La ambigüedad fue calculada. Si proclamaba formalmente su candidatura, podía acelerar la confrontación con Cristina Kirchner, Sergio Massa, los gobernadores y otros dirigentes que aspiran a discutir la fórmula presidencial. Si se limitaba a hablar de gestión provincial, el acto habría quedado por debajo de las expectativas generadas.
Eligió un punto intermedio: se puso a disposición de una alternativa nacional, aceptó los cánticos de “Axel presidente” y presentó al Movimiento Derecho al Futuro como una fuerza destinada a disputar el gobierno en 2027.
La candidatura ya existe como hecho político, aunque todavía no haya sido inscripta en el lenguaje formal de una campaña.
Kicillof necesita tiempo para ampliar su estructura, negociar con los gobernadores, incorporar sectores del radicalismo y ordenar las tensiones dentro del peronismo. También debe evitar que su proyecto sea interpretado como una pelea personal contra Cristina, porque una ruptura frontal podría partir el mismo electorado que necesita para llegar competitivo a la elección.
El gobernador decidió lanzarse sin romper el puente.
El gesto a Cristina no fue sumisión: fue necesidad electoral
Uno de los pasajes más relevantes del discurso llegó cuando Kicillof afirmó que “el pueblo vivía mejor con Cristina” y sostuvo que la expresidenta está “injustamente presa”.
La declaración fue una señal inequívoca hacia el kirchnerismo. También buscó bloquear la acusación de traición que algunos sectores comenzaron a construir desde que el gobernador impulsó su propia estructura, respaldó el desdoblamiento electoral bonaerense y dejó de aceptar que todas las decisiones estratégicas fueran tomadas por la conducción cristinista.
Kicillof sabe que no puede construir una candidatura viable expulsando al electorado de Cristina. Ambos comparten una base compuesta por votantes peronistas, trabajadores sindicalizados, sectores populares urbanos, empleados públicos, militancia juvenil y personas que identifican al gobernador como una continuidad ideológica de los gobiernos kirchneristas.
Esa superposición representa su mayor fortaleza y también su principal problema.
Le permite heredar una parte considerable del capital político de Cristina, pero lo obliga a disputar la conducción sin aparecer como responsable de su desplazamiento. Debe demostrar autonomía sin dinamitar la identidad de la que proviene.
La reivindicación de la expresidenta no significa que Kicillof haya renunciado a emanciparse. Significa que pretende realizar esa transición sin perder los votos que hacen posible su candidatura.
Su estrategia podría resumirse así: Cristina como parte fundamental de la historia, Kicillof como conductor de la etapa que viene.
“Nuevas canciones” para no repetir el pasado
El gobernador retomó deliberadamente una expresión que había generado malestar en La Cámpora. “Las nuevas canciones se componen colectivamente y de abajo para arriba”, afirmó antes de que la militancia volviera a cantar por su candidatura presidencial.
La frase contiene el núcleo de su disputa interna.
Kicillof sostuvo que construir algo nuevo no implica renegar de la historia ni de la identidad política. Reivindicó a Perón, Néstor Kirchner y Cristina, pero advirtió que “Argentina cambió” y que “no alcanza con repetir una experiencia”.
El mensaje resulta difícil de confundir. El gobernador reconoce el legado kirchnerista, pero rechaza la idea de que el próximo proyecto pueda reducirse a una restauración del pasado. Tampoco acepta que la nueva conducción surja de una negociación cerrada entre dirigentes o de decisiones tomadas desde una única jefatura política.
Cuando aseguró que la alternativa “no va a surgir por arte de magia, de una negociación secreta entre dirigentes, de un acuerdo de las cúpulas ni de una rosca a espaldas de la sociedad”, estaba hablando contra el método de conducción vertical que históricamente caracterizó al kirchnerismo.
Kicillof evitó nombrar a La Cámpora, pero no necesitó hacerlo.
Su propuesta es construir legitimidad desde gobernadores, intendentes, sindicatos, movimientos sociales, organizaciones territoriales y militancia. Esa idea de una organización “de abajo para arriba” cuestiona directamente la lógica en la que una conducción define las candidaturas y luego ordena al resto del espacio.
El abrazo discursivo a Cristina convivió así con un desafío político a su aparato.
La respuesta a Mayra Mendoza
El acto ocurrió después de una semana en la que volvió a crecer la tensión entre el gobernador y La Cámpora. La intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza, había acusado al gobierno bonaerense de dividir al peronismo y distribuir recursos provinciales de manera discrecional entre los municipios.
Kicillof respondió sin mencionarla. “No se construye contra nadie del campo popular, se construye para el pueblo y sus necesidades”, afirmó.
La frase buscó colocarlo por encima de la interna y presentar las críticas camporistas como una disputa de dirigentes, mientras su movimiento se exhibía como una construcción más amplia.
Sin embargo, la confrontación existe y difícilmente desaparezca por una declaración de unidad. El control de las listas, los recursos provinciales, la conducción del Partido Justicialista y la definición de la candidatura presidencial seguirán siendo puntos de conflicto.
La Cámpora observa que Kicillof utiliza su condición de gobernador para construir una estructura propia. El kicillofismo responde que el gobernador ganó dos elecciones, administra el principal distrito del país y no puede continuar esperando autorización para proyectarse nacionalmente.
En ese choque se discute mucho más que una candidatura. Se disputa quién administrará el capital político acumulado durante más de dos décadas por el kirchnerismo.
Milei como adversario y organizador involuntario
La mayor parte del discurso estuvo dirigida contra Javier Milei. Kicillof definió al gobierno como “entreguista e insensible” y sostuvo que el Presidente no está ordenando el país, sino “desintegrándolo”.
“No hay orden si los hogares están tapados de deuda, si los comercios están vacíos”, planteó. La frase apunta a uno de los cambios sociales más importantes de los últimos meses: la preocupación por la inflación comenzó a convivir con el miedo al desempleo, la caída de las ventas, la morosidad familiar y el cierre de empresas.
Kicillof intenta disputar el concepto de orden que utiliza el oficialismo. Milei asocia orden con equilibrio fiscal, reducción del Estado y control de la protesta. El gobernador procura resignificarlo desde las condiciones materiales: no puede existir estabilidad, sostiene, cuando las familias se endeudan para pagar alimentos y servicios, la industria se contrae y las provincias pierden recursos.
También acusó al Gobierno nacional de haberle quitado a Buenos Aires “28 millones de millones”, equivalentes a 28 billones de pesos. La cifra forma parte del cálculo político y administrativo del gobierno provincial sobre fondos reclamados, obras interrumpidas y transferencias eliminadas, por lo que debe ser presentada como una estimación de la administración bonaerense y no como una suma reconocida por Nación.
El ajuste nacional le ofrece a Kicillof un adversario claro. También le permite exhibir su gestión provincial como modelo alternativo: obra pública, salud y educación estatales, políticas productivas y presencia territorial.
El límite de esa estrategia es que gobernar Buenos Aires no equivale a presentar un programa nacional. Para convertirse en una alternativa presidencial deberá explicar cómo resolvería la inflación, la falta de divisas, el endeudamiento, el déficit de infraestructura y el deterioro de los ingresos sin repetir los problemas del último gobierno peronista.
Milei organiza a la oposición por rechazo. Kicillof todavía debe demostrar que puede organizarla alrededor de un proyecto.
El peronismo como columna, pero no como techo
La definición política más ambiciosa fue: “El peronismo tiene que ser la columna vertebral de la construcción que se viene, pero con el peronismo solo no nos va a alcanzar”.
Kicillof reconoció así que una candidatura apoyada exclusivamente en el voto peronista y kirchnerista podría alcanzar para liderar la oposición, pero no necesariamente para ganar una elección presidencial.
Su objetivo es construir un frente antimileísta capaz de incorporar sectores del radicalismo, el progresismo, el socialismo, movimientos provinciales, organizaciones sociales, pequeños empresarios, productores y clases medias afectadas por el programa económico.
La estrategia recuerda la lógica de los grandes frentes electorales, pero intenta evitar dos errores del pasado: una alianza basada únicamente en sumar dirigentes y una coalición que carezca de una conducción política definida.
Kicillof afirmó que la nueva mayoría no puede surgir de un acuerdo de cúpulas. Sin embargo, para ampliar el espacio deberá negociar precisamente con gobernadores, intendentes, partidos y referentes que administran estructuras.
La tensión entre construcción desde abajo y acuerdos desde arriba será inevitable. La diferencia estará en quién fija el programa y cómo se distribuye el poder.
Una señal para Massa y los gobernadores
El lanzamiento también modifica la relación con Sergio Massa. El Frente Renovador mantiene intendentes, legisladores, vínculos empresariales y una estructura nacional que podría resultar decisiva para cualquier coalición opositora.
Kicillof no puede prescindir de Massa, pero tampoco quiere depender de él. El acto de Avellaneda buscó demostrar que posee movilización, territorio y liderazgo suficientes para negociar desde una posición de fuerza.
Los gobernadores peronistas observarán el crecimiento del Movimiento Derecho al Futuro con una mezcla de interés y precaución. Algunos necesitan una candidatura capaz de enfrentar a Milei; otros rechazan que Buenos Aires vuelva a decidir la fórmula nacional; y varios conservarán abiertas sus negociaciones con la Casa Rosada hasta conocer el escenario electoral definitivo.
La presencia de dirigentes provinciales en Villa Domínico mostró un primer nivel de adhesión, pero todavía no equivale al respaldo orgánico de los gobernadores.
Kicillof comenzó a desplegar un armado federal. Ahora deberá demostrar que puede integrar las demandas del interior y no simplemente extender la estructura bonaerense hacia otras provincias.
Quién ganó con el acto
El principal ganador fue Kicillof. Consiguió una movilización importante, convirtió al Movimiento Derecho al Futuro en un actor nacional y pronunció una frase que lo instala definitivamente en la carrera presidencial.
También ganaron los intendentes que acompañan su proyecto, porque aumentaron su peso dentro de la negociación por las listas y la futura conducción del peronismo.
Cristina recibió un reconocimiento político y personal, pero el mismo discurso que la reivindicó confirmó que Kicillof ya construye por fuera de su conducción directa.
La Cámpora quedó ante una dificultad: si confronta abiertamente con el gobernador, corre el riesgo de aparecer dividiendo al principal espacio opositor; si acepta su crecimiento sin discutirlo, puede perder el control sobre una parte importante del electorado kirchnerista.
Massa conserva capacidad de negociación, aunque el acto elevó el precio político de una eventual competencia contra Kicillof.
Milei consiguió, a su vez, el adversario que probablemente más le convenga para polarizar: un gobernador identificado con el kirchnerismo, la intervención estatal y la provincia de Buenos Aires. Pero también enfrenta a un dirigente con territorio, gestión, recursos institucionales y una intención de voto competitiva.
Cristina libre, Axel presidente
Los carteles con la consigna “Axel presidente, Cristina libre”, aparecidos antes del acto y atribuidos al Movimiento Derecho al Futuro —aunque el entorno del gobernador negó haberlos colocado—, sintetizan el equilibrio que Kicillof intenta construir.
No necesita destruir a Cristina para sucederla. Necesita incorporarla a un relato en el que ella represente la historia, la persecución y el capital simbólico, mientras él encarna la posibilidad electoral futura.
El problema es que las sucesiones políticas rara vez se producen sin conflicto. Mucho menos cuando la dirigente que debe ceder centralidad continúa conservando votos, militancia y voluntad de conducción.
Kicillof lanzó su candidatura con un abrazo y una advertencia. Dijo que Cristina está injustamente presa, reivindicó sus gobiernos y prometió no construir contra nadie del campo popular. Pero también afirmó que no alcanza con repetir experiencias, cuestionó las negociaciones de cúpula y volvió a reclamar nuevas canciones.
La letra todavía menciona a Cristina. La voz principal, desde Avellaneda, comenzó a reclamarla Kicillof.



























